Recuerdos que abren heridas

Durante los últimos tres meses del gobierno de José López Portillo, de septiembre a noviembre de 1982, convulsionado el país e irritados los empresarios como nunca por la nacionalización de los bancos y el control de cambios, el Banco de México –bajo el mando de Carlos Tello Macías– fue blanco de la furia de muchos, que lo presionaban de mil formas y le exigían dólares.

Entre los cientos de personas que lo hacían destacaban tres: Manuel de Jesús Clouthier, Vicente Fox Quesada y Jacobo Zabludovksy Kraveski.

Escribe Tello en Ahora recuerdo. Cuarenta años de historia política y económica en México (Random House Mondadori, Colección Debate):

“La gente y las empresas que demandaban y exigían divisas en muchos casos eran los mismos que los habían sacado del país con anterioridad.

“Recuerdo que en una ocasión Manuel Clouthier, líder empresarial que después fue candidato a la Presidencia de la República por el Partido Acción Nacional, pidió una cita, que atendí, y me exigió divisas para sus negocios en Sinaloa.

“Le tuve que comentar que el país no tenía las suficientes divisas para atender todas las solicitudes que le hacían al Banco de México. Le dije que si tenía urgencia por las divisas, podía utilizar las que había sacado a lo largo de los primeros meses del año.

“También solicitó un cita Vicente Fox, en ese entonces próspero agricultor de Guanajuato y después presidente de la República. Exportaba a Estados Unidos brócoli y necesitaba divisas para la importación de ciertos materiales indispensables para empacar el brócoli.

“Me comentó que las divisas que solicitaba eran para generar una cantidad mayor de divisas vía la exportación. Se le otorgaron con el compromiso de que las divisas que obtuviese con la exportación de brócoli las regresara al país.

“Dijo que sí. Nunca supe si en verdad lo hizo.

“Jacobo Zabludovsky también solicitó divisas –era el colmo pues tenía muchas en Estados Unidos– para hacer un viaje de turismo. Le comenté que no había problema alguno. Que tenía que hacer, como todo el mundo, su solicitud ante los bancos. La hizo. Se le entregó solamente el monto establecido en las disposiciones. Pidió más. Se le contestó que no. Que usara las suyas depositadas en bancos estadunidenses.”

–¿Por qué sólo menciona a esos tres, cuando fueron cientos o miles los que vaciaron las arcas públicas? Tanto que el propio presidente José López Portillo dijo: “¡Ya nos saquearon! ¡No nos volverán a saquear!” –se le pregunta a Carlos Tello en entrevista.

–En un libro uno escribe lo que quiere. Y esos tres me parecieron casos muy particulares. Clouthier, porque se le llegó a considerar símbolo de la democracia, que hasta monumento tiene en la avenida de los Insurgentes. Fox, porque después sería presidente de México. Y Zabludovsky, porque desde la televisión era el que más criticaba y atacaba todas las medidas del presidente.

–Dígame otros nombres, no sea tacaño. Le hace bien al país saberlo. Muchas de las grandes fortunas que hoy existen se hicieron al amparo de aquellos actos.

–No, no, no. Ni me presione. Esa información se quedó en el Banco de México –responde al tiempo que ríe, socarrón.

 

Un sueño en la URSS

 

En las 470 páginas de Ahora recuerdo…, Tello –profesor-investigador “C” de tiempo completo en la Facultad de Economía de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel III– cuenta lo que pasó en la política y en la economía del país (y del mundo, porque fue embajador en Portugal, la Unión Soviética y Cuba) desde finales de los años sesenta hasta las postrimerías de los noventa.

El servicio exterior es quizás una veta heredada de su padre, Manuel Tello Baurraud, quien fue cuatro años secretario de Relaciones Exteriores de Miguel Alemán, los seis de Adolfo López Mateos y embajador de México en Estados Unidos en toda la administración de Adolfo Ruiz Cortines. También fue representante de México ante la ONU, en la sede de Ginebra, Suiza, lugar donde Carlos nació (en 1938) y vivió sus primeros años.

Una muestra de la narrativa sencilla y pulcra de Tello es el episodio de la intentona de golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov, el entonces dirigente soviético, a manos del movimiento que encabezaba Boris Yeltsin, presidente de la Federación Rusa. Era agosto de 1991, él era embajador en Moscú y mes y medio antes el entonces presidente Carlos Salinas había hecho una visita de Estado a la URSS.

Al regresar de un paseo de fin de semana con su esposa Caty, por algunas ciudades, relata, “nos sorprendió la cantidad de tropa, artillería y tanques que circulaban en las carreteras cercanas a Moscú… Al llegar a la residencia, encendimos la televisión y tan sólo transmitía un ballet y en la radio música clásica. Nos fuimos a dormir.

“A eso de las tres de la mañana del 19 de agosto nos despertó el teléfono. Era Fernando Solana (el canciller mexicano) preguntándonos qué estaba sucediendo en Moscú. Le contesté que estaba durmiendo y que no tenía la menor idea. Le dije que en un par de horas le llamaría.

“Llamé a mi hijo Carlos y le pedí que tratara de averiguar, vía CNN, lo que estaba sucediendo en la URSS.”

En efecto, la URSS estaba convulsionada, Gorbachov detenido… y el embajador Tello durmiendo.

 

Llegan los tecnócratas

 

En el libro queda clara la empatía que desde un principio tuvo con José López Portillo desde que éste fue nombrado secretario de Hacienda por Echeverría, y que luego lo hizo subsecretario de Ingresos, aun con el disgusto de Miguel de la Madrid y Jesús Silva Herzog.

Era tal su entendimiento con López Portillo, que fue, a la sazón, su principal asesor y consejero cuando era secretario de Hacienda, después como candidato y más aun como presidente de la República.

Tello fue el primer titular de la recién creada Secretaría de Programación y Presupuesto. Pero también fue protagonista del primer gran cisma en el gabinete de López Portillo. Un frontal enfrentamiento con Julio Rodolfo Moctezuma Cid, el secretario de Hacienda, lo obligó a presentar su renuncia el 16 de noviembre de 1977. López Portillo se la aceptó, pero también despidió a Moctezuma Cid. Posturas encontradas hicieron imposible la coexistencia de Tello y Moctezuma. El primero quería, cuenta, que por la vía del gasto público se promoviera y expandiera la base del desarrollo nacional. Moctezuma y su equipo “buscaban a cualquier precio la estabilidad y las finanzas públicas ‘sanas’; actuar conforme los dictados del Fondo Monetario Internacional, que aceptaban hasta con gusto”.

No volvió Tello a ocupar cargo alguno en el gobierno de López Portillo, sino hasta el 1 de septiembre de 1982, cuando aquél, en lo que se consideró un golpe de timón –derrumbado el país por las continuas devaluaciones, el excesivo endeudamiento externo, la extraordinaria fuga de capitales y la parálisis de la economía, el desempleo abrumador y el desencanto de toda la sociedad–, decretó la nacionalización de los bancos y el control generalizado de cambios. Tello fue nombrado director general del Banco de México.

De hecho, Tello fue el cerebro de esa decisión, que se pergeñó durante meses, en el más completo sigilo, tanto que ni siquiera el candidato presidencial Miguel de la Madrid lo supo, pues se enteró hasta el 1de septiembre, en el último informe de gobierno de JLP.

No oculta el autor su animadversión hacia la Secretaría de Hacienda y el Banco de México, aun desde antes de que él fuera titular de SPP. Hacienda, a su juicio, siempre ha sido una especie de vicepresidencia de la República, que dice la última palabra, aun por encima del presidente.

Recuerda que López Portillo siempre consideró que “los banqueros eran poco solidarios con el país… No actuaban ni planteaban sus asuntos directamente, como lo hacían otras organizaciones empresariales. Más que actuar conjuntamente con el resto de la cúpula empresarial, a los banqueros les gustaba negociar y hacer sus planteamientos por separado, directa y discretamente en ‘los corredores de Palacio Nacional’, en donde estaban las oficinas de la Secretaría de Hacienda, ‘la curia del Vaticano’, esa especie de burocracia celeste, ‘hijos del cielo’, que también se piensan superiores a sus colegas en el gobierno.

“En ocasiones, los banqueros lo hacían por conducto de los funcionarios de la propia secretaría y de los del Banco de México, que eran afines –si no es que francamente aliados– a sus intereses.”

Igual, escribe que él le sugirió a JLP que no “destapara” a Miguel de la Madrid. Pero el presidente comisionó a Tello (sin cargo, pero eterno consejero) y a José Andrés de Oteyza, secretario de Patrimonio y Fomento Industrial, para que sondearan a los dos finalistas en la carrera por la sucesión (el otro era Javier García Paniagua), que se entrevistaran con ellos y le dieran su opinión. Narra:

“No nos gustó Javier García Paniagua… (Era) nada sofisticado, realmente con poca información y argumentos de detalle… Se desenvolvía con incertidumbre y sin planteamientos claros.

“Sobre Miguel de la Madrid hubo diferencias (con De Oteyza). José Andrés lo apoyó y dijo que, sin duda, era el mejor. Yo coincidí en el sentido de que era el mejor. Pero añadí: es el mejor de los dos, pero no conviene.

“Todos, menos Miguel, le dije al presidente. Hará todo lo posible para cambiar la política puesta en práctica durante su gobierno y se irá contra usted.”

Al final, López Portillo se decidió por De la Madrid “que, según él, era el candidato idóneo para enfrentar la crítica situación económica del país”.

Y así nos fue. Fue la época del inicio de las correcciones en las variables macroeconómicas, pero a costa de un ­crecimiento cero, de permanentes recortes al gasto público, de infaustas devaluaciones e ­hiperinflación, del desplome de los salarios, de desempleo rampante… del desencanto total de la sociedad.