Arte contra la violencia

Ante los estragos que la delincuencia organizada y la “guerra contra el narco” de Felipe Calderón causaron en la sociedad mexicana, el programa RedeseArte, prevé ser desarrollado en las comunidades y ayudar a generar una cultura de la paz entre niños y jóvenes en Guadalajara.

 

El programa RedeseArte: Cultura por la Paz, que hace tres años inició la organización no gubernamental ConArte en Ciudad Juárez, en plena guerra del entonces presidente Felipe Calderón contra el narcotráfico, tendrá su versión en las zonas más violentas de Guadalajara.

Se trata de uno de los tres proyectos ligados al Programa Nacional de Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia (Pronaprev) que anunció el jueves 5 la Secretaría de Cultura de Guadalajara, a fin de contribuir a “reparar el tejido social” en las comunidades más afectadas.

“Las periferias de todas las ciudades viven ya el desdibujamiento de lo público. Hay muchos vacíos que se van llenando con lo que sea, pero tienden a llenarse en muchos casos con violencia, conflictos e incluso con poderes fácticos que aprovechan esa ausencia”, dice la fundadora de ConArte, Lucina Jiménez.

Las zonas elegidas por el municipio para aplicar el programa son Lomas del Paraíso, Tetlán, El Sáuz, Oblatos y Santa Cecilia; esta última especialmente conocida por su alto nivel de pandillerismo.

Jiménez reconoce que las condiciones de Guadalajara son muy distintas a las de Ciudad Juárez, donde el programa se puso en marcha en una etapa “muy dura”; los artistas arriesgaban la vida, por lo que debían seguir protocolos de seguridad.

Sin embargo, la capital jalisciense necesita que se trabaje desde ahora con los niños de las comunidades en la prevención de la violencia. Jiménez, doctora en antropología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, de la Ciudad de México, refiere que el programa no pretende formar artistas, sino utilizar el arte como una herramienta de transformación social.

“Si hacemos el análisis comparativo entre cuánto cuesta un programa de educación artística con un niño a lo largo de un año, a cuánto cuesta sostener un preso en una cárcel nos podemos dar cuenta que cualquier cosa que hagamos por invertir en otra calidad de enseñanza y en otra calidad de enseñanza social es poco, pero eso no lo hacemos.”

Con una larga trayectoria en el estudio de la cultura, desde la aplicación de políticas hasta la publicación de libros, Jiménez relata que el año pasado vino a la Feria Internacional del Libro (FIL) a presentar su libro Gestión cultural y lectura en tiempos de diversidad.

Se entrevistó primero con el secretario de Cultura del municipio, Ricardo Duarte, y posteriormente con el alcalde, Ramiro Hernández. De esas reuniones surgió la idea de traer RedeseArte en Guadalajara.

Para hacerlo posible, el municipio hizo gestiones para bajar recursos del Pronaprev y le otorgaron 4.5 millones de pesos, de los cuales 3.5 se destinarán a la compra de instrumentos musicales, la realización de los talleres y el pago de los maestros que participen en el programa, y el millón restante se canalizará a realizar las propuestas audiovisuales Mi vida es de película y Acción poética.

Jiménez le dijo al presidente municipal que existen características comunes en las ciudades que cruza La Bestia, el ferrocarril al que se trepan migrantes centroamericanos para llegar a Estados Unidos.

“El tren va cargado de mercancía hacia Estados Unidos –comenta la especialista–, pero también va cargado de historias de vida, de sueños, de frustraciones y a veces de tragedias, y luego ¿qué deja a su paso en las zonas donde transita? La migración termina siendo una realidad permanente, pero su costo social, cultural y educativo muchas veces no se aborda.”

Después de esa charla con Hernández, Lucina Jiménez ofreció un taller de arte para la convivencia y cultura de paz en el que participaron burócratas de las Secretarías de Seguridad, Educación, Cultura, Desarrollo Social y el DIF. Entonces armó el programa para Guadalajara.

En entrevista, ella expone que RedeseArte tampoco aspira a crear espacios de convivencia, porque si se reduce al entretenimiento no habrá una estructura formativa ni parámetros que permitan calificarlo:

“No toda formación artística es capaz de producir eso; hay formaciones artísticas que pueden ser igual de colonizantes, igual de destructivas que cualquier otra. Las artes en sí mismas si no tienen un componente metodológico previamente pensado y diseñado, no tienen bandera blanca. El fascismo también utilizó las artes para crear cohesión. Entonces el tema es incluso la construcción de ciudadanía democrática, eso significa la posibilidad de que cada niño, joven o madre reconozca cuál es su derecho de participación y qué la compromete con los demás.”

Sanar de la violencia

 

La fundadora de ConArte explica que el programa comprende tres fases: la formación de los artistas de Guadalajara que impartirán los talleres, la incursión en los centros comunitarios, y un encuentro intercomunitario que consiste en el reconocimiento de todos los participantes.

Comenta que la tercera fase fue muy dura en Ciudad Juárez: “Empezamos a hacer un balance de la vida cotidiana y cómo se expresaba el miedo, el estrés que creaba en la ciudad esa vida cotidiana influida por el miedo. Muchos terminaron reconociendo que les angustiaba más que su mamá o su abuela los estuviera llamando cada cinco minutos para saber cómo estaban, que todos los medios de comunicación contando muertos. Con trabajos con danzaterapia y diálogo intercultural, terminaron haciendo su diagnóstico de dónde estaban los valores que le dan cohesión al Juárez profundo”.

El proyecto original, cuenta la doctora Jiménez, surgió para atender a la gente de la periferia de la Ciudad de México, pero en 2010 la Secretaría de Desarrollo Social federal llamó a ConArte para llevarlo a Ciudad Juárez en lo más crudo de la improvisada guerra contra el narcotráfico de Calderón.

Una de las disciplinas del programa se llama “Urbedanza”, con música y danza en vivo. No son clases de folclor, ballet ni danza contemporánea, aclara la antropóloga, se trata de una “alfabetización en movimiento corporal para la construcción coreográfica” de cualquier ritmo.

Otra es “¡Ah, que la canción!”, un movimiento coral con raíces en la música mexicana, y ensambles en que los niños aprenderán a tocar instrumentos de percusión, cuerda o aliento.

“En el encuentro intercomunitario vendrán los que están bailando con los que están tocando y armarán la fiesta en grande: será el aprendizaje y la convivencia, porque nos interesan la disciplina y la pertinencia artística”, dice la promotora de RedeseArte.

Señala que los niños de Ciudad Juárez y los de Guadalajara se parecen en que aprenden muy rápido y rebosan de energía que no ha sido canalizada. La diferencia, dice, es que los menores juarenses tienen otra noción del tiempo y el espacio, además de que no están muy familiarizados con las nuevas tecnologías y juegan con artefactos básicos como palos y botes de plástico.

La entrevistada admite que en la ciudad chihuahuense la violencia  afecta a los muchachos, que dejan ver sus miedos en los talleres: se ven callados y poco expresivos. Esto es porque, explica, “la violencia también se expresa en términos corporales. Cuando se trabaja con temas de  movimiento,  el  cuerpo  como territorio de memoria y como territorio de aprendizaje, cuando uno ve cómo se mueve el niño sabe si hay violencia”.

Jiménez tiene claras las condiciones sociales en que crecen los niños y acota que el objetivo del arte en el programa no es amplificar la violencia, sino para procesar historias y simbolizarlas.

“No nos interesa amplificarlas porque contribuimos a estetizar la violencia. Trabajamos en el espacio simbólico, que ya está lleno de todo eso, no importa si lo queremos estetizar.

“Hay una etapa primaria en la cual casi todas las historias son de violencia porque hay una necesidad de decirla, de sacarla, exorcizarla. Una vez que pasa esta etapa, las historias pueden ser muy diferentes, y entonces hablaremos del desarrollo del imaginario urbano, no del condicionado por la violencia.”

Refiere que en Ciudad Juárez los talleristas se atuvieron a protocolos de seguridad porque la violencia estaba sin control y hubo amenazas que se cumplieron. En una ocasión, cuando  Jiménez participaba en un foro de debate sobre violencia y pobreza en Tijuana, le llegaron a su teléfono celular fotos de unas narcomantas colgadas cerca de los centros comunitarios.

“Les dije: esto sí va en serio. Lamentablemente aprendes a distinguir cuando es en serio y cuando no. Yo dije eso es en serio: ‘Personalmente entreguen a los niños en las casas y después de eso, por favor, nadie sale solo’.”

RedeseArte se ha llevado a cabo también en San Luis Potosí. La antropóloga cuenta que ahí se dio cuenta de que en las colonias periféricas los niños platicaban sobre las rutas de los narcotraficantes. “Nos dimos cuenta que algo andaba mal, los niños no tienen por qué saber eso”, dice. Entonces surgió la idea de apartar a los menores de la violencia.

ConArte nació en 2006 y desde su creación han egresado siete generaciones, que suman 32 mil grupos de canto en el país.

De vuelta a la vida

 

Dos de los talleristas que vinieron a Guadalajara a capacitar a los artistas encargados de realizar el programa, confirman que había un clima inusitado de violencia. El pianista Ricardo Gutiérrez  y el bailarín Ismael Martínez recuerdan cuando su coordinador les ordenó que no se acercaran al centro comunitario donde se impartían las clases porque una persona fue asesinada justo en la puerta .

Gutiérrez añade que en el centro comunitario Anapra, 14 de los 15 niños que asistían confesaron haber tenido una experiencia cercana con la violencia. “Me dijeron: ‘Yo he visto cómo matan al policía a tres cuadras; vi al descuartizado que está en la calle; vi cuando golpearon a los chavos y los dejaron tirados.’ Lo malo es que lo asimilan como un fenómeno cotidiano de su colonia, como quien platica una película. Me gustaría decir que lo recuerdan llorando, pero te lo platican normal”, resalta.

Otra ventaja de RedeseArte es que ofrece un empleo remunerado a los egresados de  las  academias  de  arte.  Gutiérrez,  surgido de la licenciatura en música de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, comenta que justamente buscaba trabajo:

“El medio artístico no es la mejor carrera, no es la más prometedora y siempre andas, como músico, buscando recursos, gestionando trabajos o lo que se pueda. Esto (el programa) te da un ingreso fijo, una oportunidad de tener estabilidad.”

A su vez, la doctora Jiménez agrega que fue muy grato escuchar a un niño decir que los talleres le habían devuelto la vida. Trata de reconstruir sus palabras:

“Cuando ustedes llegaron a mi escuela los odié porque ustedes querían que yo bailara y estaba muy deprimido porque acababa de perder a mi padre, y yo sabía que tenía que ayudarle a mi madre a trabajar para sacar a mis hermanos adelante. Estaba a punto de irme de la escuela y ustedes llegan con que tengo que bailar. Era la cosa más ridícula, pero después me di cuenta que esa clase me estaba ayudando.”

La promotora está convencida de que nadie desea la violencia y cree que el mencionado programa es una manera para acabar con la espiral de tragedias. Al menos, dice, es un vehículo para que los niños, sus familias y las comunidades tengan otra lógica de expresión, en la cual cobren su verdadera dimensión las emociones y los sentimientos. Resume:

“Ni el peor de los sicarios quiere el mismo futuro para sus hijos. Entonces la palabra es arte para transformar la experiencia de vida desde la inclusión, el respeto, y en una postura que construye paz, pero en los hechos; no es una consigna verbal”.