Independientemente de sus motivaciones, los grupos autodenominados “anarquistas” irrumpen en las manifestaciones de los movimientos sociales con mayor arraigo y capacidad de movilización y las aprovechan para realizar sus desmanes, agredir a las autoridades y causar destrozos, lo cual –salvo en el caso de los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación— los divide y debilita.
Esto se hizo evidente desde el 1 de diciembre del año pasado, con motivo de la toma de posesión de Enrique Peña Nieto como presidente de la República, cuando los hechos violentos con motivo de las protestas originalmente convocadas por el movimiento #YoSoy132 fueron atribuidos primero a los mismos organizadores de éste y, posteriormente, a infiltrados del mismo gobierno.
Posteriormente los anarquistas han irrumpido en prácticamente todos los movimientos que, debido a sus bases de apoyo, parecen representar una amenaza para el actual gobierno. Así sucedió con las movilizaciones de la UNAM, de la UAM-Iztapalapa y en los últimos días con la magisterial.
Salvo en este último caso, donde los líderes de los maestros supieron controlarlos y diferenciarse claramente de ellos, estos grupos radicales se confundieron con los manifestantes, se convirtieron en protagonistas, empezaron a influir en el rumbo de los movimientos y, desde luego, terminaron por realizar acciones violentas.
En el caso del #YoSoy132 las consecuencias fueron muy evidentes. Los mismos integrantes de dicho grupo reconocieron (Proceso 1907) la división que se generó entre los llamados radicales y pacifistas y las consecuencias de la misma. Aunque el debilitamiento de dicho movimiento no puede atribuirse exclusivamente a dicha intromisión, pues desde antes habían sufrido los embates de los grupos a los que cuestionaban –particularmente Televisa, que invitó a algunos de su líderes a ocupar un espacio en ForoTV–, lo cierto es que la acción de los llamados anarquistas sí tuvo consecuencias importantes.
En los otros eventos, aunque la presencia de los anarquistas ha sido evidente y los mismos medios de comunicación masiva la difundieron, las consecuencias de su intromisión no han sido discutidas abierta y claramente.
Por lo que respecta a la CNTE, la experiencia de los líderes y la estructura organizativa impidió que los anarquistas infiltraran sus movilizaciones con motivo del informe presidencial y la instalación del Congreso de la Unión el pasado 1 de septiembre. Ese domingo los grupos anarquistas ya se habían colocado en posiciones estratégicas para incorporarse a los contingentes magisteriales y, de hecho, iniciaron sus actos vandálicos incluso antes de que los maestros arribaran a las zonas en las que ellos se encontraban.
Los líderes de los maestros lograron detectarlos a tiempo, incluso se enfrentaron con ellos y, posteriormente, los ubicaron en la retaguardia y lograron diferenciarse claramente. Hasta hoy no hay un balance de por qué las acciones del magisterio se redujeron ese día, pero las dos explicaciones más viables pueden ser que fueron sorprendidos con la sesión inmediata de los diputados, el mismo domingo por la noche, o que la irrupción de los anarquistas los obligó a replegarse para reagruparse y evitar peores consecuencias.
Lo cierto es que los maestros retomaron sus movilizaciones en el Distrito Federal e, incluso, lograron extenderlas a varias entidades de la República, con lo cual la versión de una claudicación se esfumó tras unos días de baja intensidad.
Hasta el momento es una realidad que los anarquistas han debilitado a los movimientos en los que han irrumpido, aunque sólo sea temporalmente. El hecho es, por lo menos, muy sospechoso pues su presencia en las movilizaciones se hace evidente a partir de la toma de posesión de Peña Nieto. De hecho en su primera aparición se les llamó “infiltrados” y hay diversos videos que dan testimonio de su presencia indistinta entre los grupos de la autoridad y los manifestantes; en los eventos posteriores su modus operandi cambió, pero es una realidad –salvo en el caso del magisterio– que lograron integrarse en los movimientos.
Para efectos prácticos, los anarquistas lograron debilitar o desactivar todos los movimientos sociales o estudiantiles que representaban algún tipo de amenaza para el gobierno de Peña Nieto, es decir, al margen o en coordinación con la actuación de las autoridades responsables, estos grupos sirvieron a los intereses del régimen al que afirman combatir. Si, como ellos señalan, su intención es debilitar al gobierno de Peña Nieto, el resultado es exactamente el contrario: terminan por fortalecerlo al debilitar a sus opositores.
Nahúm Pérez, uno de los dirigentes del movimiento #YoSoy132, abiertamente declaró a Proceso (edición 1907): “El PRI es un partido que conoce muy bien cómo opera el movimiento estudiantil, que tiene mucha experiencia en el dominio de movimientos sociales y que sabe cómo infiltrarlos y controlarlos. Desde el 1 de diciembre vimos cómo el PRI operó una jugada magistral para tendernos una trampa. En ese sentido es peligroso lo que viene, porque saben cómo llevar a núcleos aislados de jóvenes a un enfrentamiento precipitado y a una situación de desgaste”.
Y aunque la presencia de los anarquistas ya era pública en México desde antes del cambio de gobierno, lo cierto es que fue a partir del 1 de diciembre de 2012 cuando iniciaron la irrupción en los actos públicos de los movimientos sociales. Y esto es precisamente lo que vuelve el hecho sospechoso, especialmente porque el pasado del actual partido en el gobierno sí muestra que una de sus prácticas comunes es precisamente la infiltración de los grupos disidentes y opositores para debilitarlos. Hasta hoy las acciones de los anarquistas, sin importar la motivación ni la retribución, apoyan la acción del gobierno de Peña Nieto.








