Partidero

En un hecho inédito, pues su recia personalidad no va o no ha ido con la modestia, la humildad o siquiera la autocrítica, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez, se sincera no antes de asegurar que ha sido feliz como sacerdote “que trasciende hacia el destino final del hombre”, y afirma en tono penitencial: “… sin embargo, he luchado en forma terrible contra muchas cosas. He tenido, como todos, tentaciones de la carne, la soberbia, la envidia y la ira”. Dice que el sacerdocio “es sacrificio, pero sin exagerar; tiene sus privaciones, pero creo que el matrimonio es una cruz (…) El celibato es una privación de algo bueno que es el matrimonio”. Todo esto lo revela, casi de entrada, en el libro Servus (del latín, servidor), recién editado que se presenta como una biografía pero que en realidad es más una autobiografía que el autor-editor –Juan Manuel Reyes Brambila– presenta en primera persona para que los lectores “sientan que están platicando con don Juan”. El exarzobispo de Guadalajara va narrando, a grandes rasgos, sus pasos por la vida en la que, por obviedad o falta de habilidad del redactor, surge luego por ahí el ego, el yo y no el nosotros: “Hice, yo puse orden y disciplina, establecí, fundé, organicé, busqué y encontré, me dediqué, invité”. Concede crédito a otras personas, pero esencialmente a quienes son sus pares, y en pocas ocasiones a sus sacerdotes o su equipo de trabajo. Cuando habla de su llegada a Ciudad Juárez, Chihuahua, como obispo coadjutor (con derecho a sucesión) del titular, Manuel Talamás Camandari, después de ser rector durante 27 años del Seminario Conciliar de Guadalajara, refiere que su experiencia fue providencial “porque aprendí desde la barrera (…) estuve más de cuatro años mirando a la diócesis y la actuación del titular”, y que ya cuando lo nombraron “…me puse a trabajar a toda prisa, ya tenía un programa preparado para mejorar la diócesis (…) pues sabía de antemano que, tarde o temprano, iba a presidirla”. Añade que al ser designado arzobispo de Guadalajara, “dejé algunas iniciativas importantes”, y así sucesivamente.

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Más adelante habla de la muerte del cardenal Juan Jesús Posadas y reafirma, sin aportar detalles, que “fue un crimen de Estado”. Después vienen sus logros, desde sus primeros pasos como golfista –se había incrustado ya, como arzobispo y rápidamente cardenal, en las esferas del poder empresarial y hasta gubernamental en el apogeo del panismo–, como la construcción del Santuario de los Mártires, donde por cierto no habla de la famosa macrolimosna; del albergue Trinitario para sacerdotes ancianos o enfermos, del Centro Católico de Comunicaciones, del Congreso Eucarístico Internacional; de su nombramiento como relator del Sínodo de Obispos y luego como escrutador en el cónclave que eligió a Benedicto XVI, y es cuando platica: “No queríamos repetir el pontificado (de Juan Pablo II), porque ninguna imitación es buena”, y que fue entonces cuando fue electo Joseph Ratzinger “porque él era capaz de ser el nuevo pontífice”. Habla de la aceptación de su renuncia: “Que quede claro, uno no nombra al sucesor, es la Santa Sede quien decide (…) mi opinión no fue la única, hay un sistema muy efectivo y comprobado por cientos de años”. Apenas habla, en dos ocasiones, de quien se quedó al frente del arzobispado, el cardenal Francisco Robles Ortega, “que fue mi alumno en el Seminario”.

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A decir de estudiantes de nivel preparatoria y universidad, la entrega de los vales para el transporte público, llamados bienevales (por aquello de bienestar), es más campaña política y demagogia de los priistas que efectividad, pues apenas les entregan 200 vales, suficientes para dos o tres meses y no para todo el semestre, cual era la promesa, pues muchos tienen que abordar diariamente hasta cuatro veces el transporte para trasladarse de su casa a la escuela. Entretanto, padres de familia de alumnos de primarias y secundarias afirman que la entrega de útiles escolares y mochilas –todas rojas, por cierto, en honor al color preferido del PRI– no cumple las expectativas y que van por el mismo camino de la propaganda política. Pero, por si eso fuera poco, en el municipio de Tonalá les cobran 10 pesos por mochila “por aquello del costo de la transportación”. Lo que no saben es quién se queda con ese dinero, pues a todos lados esos artículos llegaron sin cargo alguno para el alumnado o para sus progenitores. ¿Quién estará haciendo el negocio?

 

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