En el Festival Noches de Poesía de Struga, Macedonia, del 24 al 27 de agosto, fue entregado el premio Corona de Oro por vez primera a un poeta mexicano, José Emilio Pacheco. Los organizadores editaron una antología bilingüe de sus poemas en traducción al macedonio por Marija Petrovska y Mateja Marevski, y en inglés por los profesores asociados del Kenyon College, Ohio, Katherinne Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez, autores de la selección. El siguiente es el texto de este último que sirvió como prólogo. Asimismo, acaba de anunciarse que Pacheco obtuvo, junto con el poeta catalán Joan Margarit, el premio del Festival de Poetas del Mundo Latino a efectuarse en noviembre en la ciudad de Aguascalientes.
José Emilio Pacheco es uno de los escritores mexicanos más leídos, influyentes y reconocidos. El interés por su obra rebasa las fronteras de su país, ya de por sí bastante amplias, y se manifiesta hasta en el último confín de la lengua española. Esta obra voluminosa y múltiple, que incluye la narrativa, el ensayo, el periodismo, la traducción, tiene significativamente su base en la poesía. Desde el inicial Los elementos de la noche, de 1963, hasta los más recientes Como la lluvia y La edad de las tinieblas, ambos de 2009, se materializan quince poemarios fundamentales.
Vale la pena leerlos uno por uno y varias veces, porque no sólo pueden enriquecer la vida del lector sino también orientarla e incluso cambiarla. Su obra ofrece al menos siete lecciones que fueron aprendidas por los poetas de lengua española que le hemos seguido, y que también pueden ser relevantes para los poetas de cualquier latitud y longitud.
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La primera lección de la poesía de Pacheco es que no parece influida por ninguna otra poesía. Y conste que estamos ante uno de los escritores de la lengua española que más ha leído dentro y fuera de esa lengua, acreedor de una verdadera erudición literaria, como lo demuestra en su sustancioso periodismo cultural y en su no menos relevante labor de traductor. Y que no es un poeta neo-romántico ni neo-vanguardista que busque a toda costa la originalidad, esa quimera del intelectual moderno. Así las cosas, es casi imperceptible la impronta en esta obra de los poetas mexicanos del siglo XX, como Ramón López Velarde, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz. Y para sólo referirnos a poetas destacados de su generación en América Latina, no es un continuador de César Vallejo como el argentino Juan Gelman, ni un seguidor de Apollinaire como el cubano Fallad Jamís, ni un entusiasta del surrealismo como el venezolano Juan Calzadilla, ni un discípulo de Brecht como el salvadoreño Roque Dalton. En la obra de Pacheco sólo hay Pacheco, es decir, lo que realmente necesita para expresarse –“Vidas de los poetas/ The Lives of Poets”, “La lengua de las cosas/ The Language of Things”, y “Como la lluvia/ Like the Rain”–. Ha sabido realizar una apropiación profunda de otras poéticas, ponerlas al servicio de sus intereses sociales y culturales, injertando en sí el mundo pero sin perder sus raíces.
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La segunda lección de Pacheco para un poeta de cualquier lengua es su lograda manera de hacer una poesía social sin renunciar en ningún momento a la individualidad –“La sal/ Salt”–. Su obra responde de múltiples maneras a la crisis de la sociedad mexicana que, desde la segunda mitad de la década de 1940, sufre el aburguesamiento de la Revolución de 1910. No es indiferente ante los estragos de las prácticas desarrollistas, que conllevan a la consolidación del capitalismo y la desnacionalización no sólo en el orden material sino también en el espiritual – “Crónica de Indias/ A Chronicle of the Indies” y “Malpaís/ Malpais”–. Toma distancia de la mayoría intelectual gobiernista y se alínea con el pueblo que, entre julio y octubre de 1968, se manifiesta por el respeto al carácter democrático de la Constitución de 1917 –“Los monstruos/ The Monsters”–. La matanza del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, Ciudad de México, va a intensificar el carácter crítico de esta poesía. En especial, asume una actitud de rechazo del nacionalismo y se revela consciente de los avances del neocolonialismo –“Alta traición/ High Treason”–. Sin estridencias, Pacheco enriquece la práctica de la poesía como una fuerza material que busca cambiar el mundo, re-humanizarlo. Pero al ser fiel a su propia experiencia, a su percepción de la realidad, expresa lo social mediante lo personal.
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La tercera lección que se desprende de la poesía de Pacheco, estrechamente relacionada con la anterior, es que el yo no es posible sin el otro. Esto implica, de entrada, cuestionar el concepto de yo que ha prevalecido desde los tiempos de la Ilustración, como entidad unitaria, autosuficiente y poderosa. En otras palabras, superar el solipsismo que está en la base de la sociedad moderna, el mundo a la medida de la propiedad privada y de la libre empresa. Esa modernidad que en el caso de nuestro poeta, por venir de la periferia del capitalismo, de un país que ha padecido el colonialismo y el neocolonialismo, resulta una modernidad deformada y dependiente. Por un lado, el sujeto poético se muestra consciente de su fragmentación, de su carencia de centro, de su poder restringido. Por otro lado, es consciente de que existe un mundo fuera de sí, la otredad, y que en ese mundo pululan seres semejantes a sí mismo, el otro –“Nupcias/ Weddings”, “El enemigo/ The Enemy”, y “La mirada del otro/ The Look of the Other”–. En vez de diferenciarse de esa otredad y de ese otro, como propone en abstracto el individualismo y en concreto el nacionalismo, la voz lírica de Pacheco se identifica. El resultado es una poesía dialógica, que afirma la individualidad pero niega el individualismo, solidaria hasta las últimas consecuencias, irreductible ante cualquier ideología, que alza la voz contra toda subordinación social.
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La cuarta lección que ofrece Pacheco con su poesía es que se debe escribir al mismo tiempo con el cerebro y con el corazón. Es decir, mantener en lo posible el equilibrio entre la expresión de las ideas y la expresión de los sentimientos. Ante una de las disyuntivas fundamentales de su época en México –de un lado, el riguroso intelectualismo de Alí Chumacero y Rubén Bonifaz Nuño, y del otro, el exuberante sentimentalismo de Jaime Sabines y Rosario Castellanos–, opta por la negación de la negación, por una obra de síntesis. Es obvio que, para nuestro poeta, no todo el proceso estético moderno se reduce a la tradición de ruptura, y que se puede y se debe ejercer también la continuidad. De esta manera, Pacheco puede ser el poeta de lengua española, al mismo tiempo, más sofisticado y más melodramático, exuberantemente intelectual y rigurosamente emocional –“Dichterliebe/ Dictherliebe”, “Otro homenaje a la cursilería/ One More Tribute to Tackiness”, y “El árbol del rencor/ The Tree of Malice”–. Lo importante en este orden es que, con semejante actitud, se aleja tanto del esteticismo como del populismo, que siguen haciendo mella en la poesía de nuestro tiempo. A su juicio, no hay dos culturas: la alta con raíces en Europa Occidental y Estados Unidos, y la popular con ramificaciones en América Latina y México, sino una sola cultura contradictoria, en lucha consigo misma.
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La quinta lección de Pacheco es no afiliarse en su práctica poética a ningún movimiento, escuela o tendencia. No es un neobarroco en la estela del cubano José Lezama Lima, ni un seguidor de la antipoesía del chileno Nicanor Parra, ni un exteriorista como el nicaragüense Ernesto Cardenal, para mencionar líneas maestras de la poesía hispanoamericana que le precedió. Tampoco es neovanguardiasta, ni coloquialista, ni neorrealista, como la mayoría de sus compañeros de generación. Sin embargo, puede encontrase en su obra logrados momentos neobarrocos –“Fray Antonio de Guevara reflexiona mientras espera a Carlos V/ Fray Antonio de Guevara Reflects while Waiting for Charles V”–, antipoéticos –“El cobrador/ The Bill Collector”–, exterioristas –“Los grillos (Defensa e ilustración de la poesía)/ Crickets (A Defense and Illustration of Poetry)”–, neovanguardistas –“Fisiología de la babosa/ Physiology of the Slug”–, coloquialistas –“ Cordero/ Lamb”– y neorrealistas –“Indeseable/ Undesirable”–. En definitiva, intenta una poesía que tome distancia de la retórica poética tradicional al mismo tiempo que no se aventure con la ruptura por la ruptura moderna. Se podría decir que opta por una expresión desnuda, sin ornamentación de ningún tipo, ajustada a lo que se quiere decir. Un lenguaje poético funcional, depurado en extremo, donde se alcanza un balance entre prosaísmo y densidad tropológica. El resultado de esta poética heterodoxa es una obra de estructura en apariencia simple pero en el fondo sumamente compleja, que experimenta con la forma lo necesario sin llegar a ser experimental. Una escritura que busca ser poesía y nada más que poesía.
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La sexta lección que se deriva de la obra de Pacheco es lo que podría llamarse su propuesta de democratización del lenguaje. No se trata solo de renovar el léxico poético mediante el abandono de las palabras y maneras de decir trilladas por la lírica tradicional y la aproximación a las de la vida cotidiana. Aquí también hay lugar para vocablos y giros que pertenecen a otras esferas de lo culto, como la crítica literaria, las ciencias sociales y la comunicación –“Conversación romana (1967)/ Roman Conversation (1967)”, “El pulpo/ The Octopus”, y “Literatura y realidad/ Literature and Reality”–. No se trata sólo de un intento de apropiación poética del lenguaje al uso en una esquina de la Ciudad de México, es decir, el viejo anhelo de la entrada triunfal de la calle en la poesía. Más que regionalizar la expresión, como intentó el criollismo ayer y el neorrealismo hoy, se busca traspasar fronteras, universalizar. Sobre todas las cosas, no se trata de una simplificación del lenguaje, para que todos entiendan, para llevar la poesía al pueblo, para reforzar la comunicación. Esa no sería una verdadera democratización del lenguaje porque habría exclusión, quedarían al margen zonas que tienen absoluta legitimidad social y cultural. Estamos ante un cambio más profundo, la búsqueda de un lenguaje poético amplio e inclusivo, que se sepa fuerza material, donde el autor y el lector converjan, interactúen.
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La séptima lección de Pacheco para los poetas de cualquier lengua es la incorporación del lector en el proceso de creación. Ese proceso no acaba cuando el autor pone punto final a la obra sino cuando el lector realiza su interpretación. O sea, es un proceso en que el acto de leer tiene la misma trascendencia que el de escribir. El poema deja de ser monólogo, como sucedía tradicionalmente e incluso en el caso de poetas de la trasformación como Pablo Neruda, para convertirse en diálogo. El poema deviene una creación de al menos dos personas, una obra colectiva, una ruptura del orden individualista, una alternativa al mundo moderno –“Crítica de la poesía/ A Critique of Poetry”, “El cero y el infinito/ Zero and the Infinite”, y “Ulan Bator/ Ulan Bator”–. Para que esto suceda, es necesario que el poeta le dé una oportunidad al mensaje implícito, que deje a un lado el viejo hábito de decir y aprenda el nuevo hábito de sugerir. También, que se libere el potencial cognoscitivo de la elipsis, tan relevante para la poesía como el de la metáfora. El poeta de la claridad es en definitiva un conductista, que aspira a tener control absoluto del sentido del texto, ejerce una violencia sobre el lector e intenta condenarlo a la pasividad. Esta actitud tiene implicaciones sociales y culturales, contribuye al mantenimiento del orden establecido, se opone radicalmente al cambio y el fin de la subordinación.
Por supuesto, este esquema de interpretación no agota una poesía de la dimensión y la riqueza de José Emilio Pacheco. Solo intenta subrayar rasgos de una obra que ha marcado profundamente otras, como en el caso de este comentarista. Nuestro autor ha sido, dentro de la lengua española, un maestro de la poesía dialógica, y ese magisterio puede extenderse mucho más allá. El recibimiento de la Corona Dorada de Struga, uno de los premios de poesía más prestigiosos del mundo, puede marcar el inicio de esa expansión. Con seguridad, sus nuevos lectores macedonios le sabrán hacer justicia, harán una lectura cómplice y participativa. No puede ser de otra manera, porque estos poemas están escritos con emoción e inteligencia, sin recurrir a la ornamentación, con un lenguaje abierto y preciso, y se desbordan en imágenes inolvidables. En fin, dignifican por la autenticidad de su belleza la condición humana.








