Salomé de Oscar Wilde es una propuesta atrevida en cuanto a la forma en que el autor plantea el amor obsesivo de la princesa de Judea, Salomé, por Jokannán y pide a Herodes su cabeza en charola de plata. A diferencia del pasaje bíblico en relación con Juan Bautista y las recurrentes versiones sobre Salomé, Wilde opta por dotar de autonomía a ésta y responder a sus propios instintos y no al pedido de su madre Herodías, quien busca vengarse del profeta por haberla insultado infinidad de veces desde su encierro.
En la Salomé de Wilde que se presenta en el Teatro Helénico, bajo la dirección de Mauricio García Lozano y protagonizada estupendamente por Irene Azuela, hay una exacerbación de la pasión de Salomé que raya en la perversión. La escena más sobresaliente del montaje es el cierre de la obra, cuando Salomé, con la cabeza de Jokanaán en sus manos, expresa su deseo por él. Si en vida se lo negó, ahora, extasiada, disfruta su revancha ante su rechazo. Ya puede besar su boca, mirar sus ojos cerrados y acariciar sus cabellos, aun cuando el silencio y la sangre manchen su cuerpo. A la blancura escenográfica y de la ropa interior de Salomé, contrasta el líquido rojo que fluye de la cabeza (muy bien realizada por Felipe Lara), corre por el cuerpo de la joven y se riega en el piso donde ella reposa.
El impacto mayor es el contraste de esta imagen con las palabras de amor y éxtasis que ella declara de una pluma como la de Oscar Wilde, donde su lírica poética maravilla: amar un cuerpo o una cabeza sin importar si el costo por obtenerla fue la vida del deseado, ni si la muerte le impide al otro corresponderle. La prosa poética de Wilde impregna todo el texto y puede disfrutarse a lo largo de la obra a través de las reiteraciones, las imágenes que genera y el ritmo sonoro de las palabras.
La obra, publicada en 1891, se prohibió para su escenificación en Londres supuestamente por la normativa de la época que impedía representar temas bíblicos, aunque la razón real fue lo escabroso del argumento. Se estrenó en París a finales del XIX y hasta 1931 en Londres. A principios del siglo XX siguió teniendo dificultades para su representación pero ahora el tema y la forma de abordaje ya no es cuestionado y puede montarse dentro de circuitos comerciales con facilidad.
La adaptación que Mauricio García Lozano realiza tiene que ver sobre todo en su adecuación a un tiempo no mayor de una hora y al espacio que él sugiere. Jorge Ballina, el escenógrafo, diseña no la terraza lateral de la gran fiesta del rey Herodes donde se reúnen los soldados, pajes y sirvientes, sino un mingitorio “de usos múltiples” con una pila de agua al centro.
Ingeniosamente resuelve el encierro de Juan Bautista, ya no en una cisterna, sino en un pasadizo inferior donde se arrastra el profeta. El espacio reducido, que asemeja la forma de una cripta, es excesivamente pequeño para el número de personajes que entran en juego, y así se siente la dificultad de tránsito y el emplastamiento de los actores . Además resultan forzadas las situaciones que se presentan en un lugar como ése y se trastocan los significados. La belleza del diseño escenográfico con mosaicos venecianos iría más acorde en un espacio abstracto donde sea posible presentar un lugar en el cual la gente se aísla de una fiesta y mira poéticamente la Luna, tal como Wilde la describe y le da múltiples significados según el personaje que la ve.
La puesta en escena de Mauricio García Lozano, tanto por su estética como por la actoralidad, hace resaltar los contenidos poéticos y la bella lírica de Oscar Wilde y así disfrutar la obra en su forma y en sus contenidos.








