El petróleo como bien cultural

 

Más allá de ideologías, partidismos e intereses hay un debate intelectual en torno a la reforma petrolera: ¿Debe la nación abrirse a la participación privada? Para el economista del CIDE Carlos Elizondo Mayer-Serra, por supuesto, siempre y cuando esté bien hecha. Pero para el historiador del Ciesas Ricardo Pérez Montfort y el antropólogo y abogado del INAH Bolfy Cottom, de ninguna manera, pues existe una liga histórica real del petróleo con el patrimonio cultual y la soberanía.

 

En medio del jaloneo por la reforma petrolera, sus conceptos y el uso de la figura del presidente Lázaro Cárdenas, el historiador Lorenzo Meyer ha sostenido que el petróleo forma parte de la identidad y de un nacionalismo que en la globalización se considera trasnochado, pero que es fundamental para el pleno ejercicio de la soberanía.

Tres investigadores consultados por Proceso, el historiador Ricardo Pérez Montfort, el antropólogo y abogado Bolfy Cottom y el economista Carlos Elizondo Mayer-Serra, responden a la pregunta de si el petróleo es o no un elemento de la identidad nacional y si una vez que se permita la inversión privada, se abrirá más la puerta en espacios como el patrimonio cultural del país, en donde comienza a proliferar el uso turístico y comercial.

Ya en julio de 2011, los investigadores Iván y Jorge Franco expusieron en estas páginas (Proceso, 1813) el caso de Yucatán, donde los gobiernos estatal y federal han permitido a inversionistas privados y extranjeros desarrollar proyectos turísticos resort, aprovechando el patrimonio cultural y natural, y algunos otros con miras a explotar las riquezas naturales y minerales de los famosos “hoyos de dona”, donde hay reservas petroleras, así como los yacimientos de oro, iridio, platino y otros materiales de alto valor en la zona donde cayó el meteorito hace millones de años.

Existe el temor de que al modificarse el artículo 27 Constitucional se abra más la puerta a este tipo de proyectos, advierten Pérez Montfort y Cottom. No así Elizondo, quien se pronuncia en favor de la reforma y no encuentra de qué manera podría, por ejemplo, impactar una zona arqueológica.

 

Proyecto demagógico

 

Para Pérez Montfort, miembro del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas), especialista en temas de cultura y nacionalismo y estudioso del periodo cardenista, es importante no olvidar que el gobierno de Peña Nieto es continuidad del proyecto de privatización y adelgazamiento del Estado, iniciado en los años ochenta con el régimen de Miguel de la Madrid Hurtado.

Desde entonces hubo un “golpe de timón” y el Estado dejó de ser garante del bienestar social. Y asumiendo como obligatoria la globalización, la economía nacional se encadenó cada vez más a Estados Unidos. Luego, a partir del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el petróleo mexicano comenzó a ser eliminado del discurso nacionalista postrevolucionario.

El investigador considera que utilizar a Lázaro Cárdenas en el proyecto de reforma petrolera es no entender la historia ni reconocer que no se vive una situación parecida a la de 1938, cuando había una enorme agresión por parte de las empresas petroleras. Además Cárdenas creía en el Estado benefactor de las mayorías, algo ajeno a los intereses que empujan el régimen de Peña Nieto

A decir suyo, a partir de la inserción de México en el capitalismo internacional, cambiaron nociones fundamentales que estaban arraigadas en el nacionalismo postrevolucionario, entre ellas la de patrimonio nacional:

“Hoy tiene una noción suficientemente laxa como para que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) (encargado del patrimonio histórico y arqueológico) tenga una participación estrecha en la organización de eventos estilo Cumbre Tajín, Plácido Domingo cantando en Chichén Itzá o Elton John en el Castillo de Chapultepec. Antes había cierto prurito, cierta vergüenza –para decirlo moralmente–, hoy está lleno de sinvergüenzas.

“Ya les tiene sin cuidado si se ataca el patrimonio nacional o no, es más, ni siquiera lo ponen a consideración de la sociedad. Marx consideraba como una de las mejores definiciones del burócrata a alguien que considera el bien público como su bien privado. Así son quienes nos están gobernando. Los últimos gobiernos panistas y desde luego los priistas creen que el patrimonio nacional es un bien privado de ellos y pueden hacer lo que quieran con él.”

El petróleo, a su entender, forma parte de los bienes nacionales propiedad de todos los mexicanos, y si bien reconoce que esa idea tenía una dimensión discursiva, también tuvo un principio incluyente. Ahora, desde el momento en el cual se espera la inversión privada, se dice implícitamente que habrá exclusión. Y en su opinión eso va en contra de lo que se propusieron los actores del nacionalismo postrevolucionario.

–Lorenzo Meyer ha expresado que el petróleo ha sido parte importante en la construcción del nacionalismo, de la identidad, y si no se defiende se pierde soberanía. Otros consideran que es simplemente un recurso explotable.

–Lo mismo podríamos decir del oro, la plata, el estaño y prácticamente todas las riquezas del territorio nacional, del maíz o de la calabaza. Coincido con Lorenzo en el sentido de que son recursos particularmente sensibles a la construcción de lo que se llama identidad nacional.

Dice que hay materias asociadas a una identidad, que incluso generan orgullo, como el petróleo árabe, el estaño boliviano, la plata mexicana, el café de Costa Rica, y eso no debe perderse de vista en un “mundo tan trastornado como el que ahora vivimos”, pues al poner todo en venta “incluyendo el petróleo, la electricidad, el aire, la plata, el maíz –¡bueno, el precio del frijol se decide en mercados internacionales!– hay una sensación de orfandad con la pregunta ‘¿y qué nos quedó?’. Ya ni las playas son nuestras”.

Lamenta que no haya una resistencia organizada frente a este proyecto, y la izquierda no ha sabido encauzarla pues hay sectores “muy rolleros” que “la arman de jamón”, pero a la hora de la hora son acomodaticios. Y al final, la llamada transición democrática no ha tocado áreas medulares de la sociedad mexicana, se ha quedado en la superficie dejando desesperanza:

“Los dos regímenes del PAN que acabamos de padecer fueron una tragedia. El país está peor ahorita que al final del zedillismo, que ya estaba mal. Ahora tenemos 70 mil muertos más por una guerra completamente absurda, tenemos una clase media reaccionaria, competitiva, con un mínimo de educación. Realmente no hay de qué vanagloriarse.”

Mientras Carlos Elizondo no ve la relación entre el petróleo y una zona arqueológica o cómo podría ser afectada ésta con la modificación del artículo 27, Pérez Montfort explica cuál es la relación:

“El petróleo está asociado con el patrimonio y la soberanía nacional, se ha identificado como un recurso que debe beneficiar a todos los mexicanos, de la misma manera que se pensaba de la plata, los ríos, los mares, las playas… Bueno, todo el territorio nacional debería beneficiar a los mexicanos.”

Sin embargo, indica, “esta noción, que probablemente sea una visión trasnochada, no tiene que ver con el capitalismo contemporáneo, sino más bien con un Estado de  bienestar  que  no  va  de  salida, ¡salió ya de los proyectos nacionales! Pero algunos todavía creemos en ella, creemos que el Estado tiene responsabilidades: Debe de velar por nuestra seguridad, por la justicia social, por buenos salarios, seguridad social y proteger su patrimonio nacional”.

El Estado, dice, surge de un contrato social para beneficio de los ciudadanos, pero en la propuesta de reforma no ve ningún beneficio, sólo demagogia de que todo irá “maravillosamente”, pero lo han prometido igual los presidentes como López Portillo, Salinas de Gortari, Zedillo, Fox… Y ninguno se preocupó por un Estado que realmente beneficiara a la sociedad.

 

Pragmatismo

 

Exembajador ante la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), Carlos Elizondo admite que el petróleo es parte del nacionalismo y fue importante en la construcción del Estado mexicano pues el presidente Cárdenas demostró capacidad de imponer la voluntad de éste frente a las poderosas compañías petroleras, y ello contribuyó a fortalecer la visión nacionalista.

Sin embargo, indica, no está en la identidad nacional aunque sí en la historia oficial pues se enseña en los libros de texto. Una historia construida por el PRI para legitimarse frente a la población mexicana, que no es crítica, no habla de los costos de esa decisión, ni de otras políticas “más exitosas” de Cárdenas o del corporativismo que fue también creación suya.

Al economista, quien se ha pronunciado a favor de la reforma al artículo 27, le parece que relacionar a Pemex con la identidad nacional es equivocado. Juzga que se hace con fines políticos pues “México no sería menos México, ni los mexicanos menos mexicanos si de vez en cuando viéramos gasolineras que digan Shell o Petrobras o Petroturquía o lo que sea, como sucede en países más o tan nacionalistas como el nuestro, donde hay diversidad en la producción de gasolina”.

Pregunta si hay quien hoy tome decisiones con base en lo dicho por su abuelita o de acuerdo con las circunstancias actuales, “las necesidades de sus hijos, las tasas de interés, las oportunidades de inversión”, para subrayar que la política petrolera no debe estar atada a Cárdenas, sino buscar el mejor modelo “para organizar la industria”, como ya lo hizo Brasil y otros países.

–¿Realmente es la solución abrirlo a la inversión privada?

–Bien hecho sí, mal hecho no.

Aunque hay informes en el sentido de que Pemex es una de las empresas más rentables en el mundo, con ganancias de 49 mil millones de dólares (Proceso, 1920), el economista indica que asume pérdidas de “decenas de millones de pesos cada año” en materia de refinación. Por ello considera necesario un mejor marco regulatorio que “promueva más competencia, más control y una inversión más productiva”.

–¿Deberían abrirse también a las inversiones áreas consideradas importantes para la identidad nacional, como las zonas arqueológicas, los monumentos históricos, los museos?

–Yo creo que se puede administrar muchísimo mejor nuestro patrimonio cultural. Y hay cosas que ya están privatizadas de la peor forma: en Chichén Itzá los ambulantes están en la zona arqueológica, eso me parece mucho más terrible que muchas otras cosas de las que hemos hablado. ¿Podríamos administrar mejor nuestro patrimonio cultural? ¡Por supuesto! ¿Hay que vender Chichén Itzá? ¡Claro que no, no hay ninguna duda! No creo que tenga equivalente un tema con el otro, uno es cultural, otro es productivo.

“El petróleo no es un fin en sí mismo, es un instrumento para mover los coches, para generar energía, para generar recursos para el país y entonces hay que hacerlo de la mejor forma. La cultura es invaluable, hay que darle acceso a cuanta gente se pueda, pero se debe administrar mejor, muchísimo mejor. Pero no veo dónde están las similitudes.”

–En que el petróleo es un símbolo, parte del nacionalismo.

–Entiendo que es el punto, pero no veo la similitud. ‘Sin maíz no hay país’, ¡tampoco! El maíz lo producimos nosotros, pero si no hay suficiente, lo importamos pues ¿vamos a dejar de sembrar naranjas para ser autosuficientes en maíz?, es absurdo. Si el maíz en Iowa es más barato que en una ladera erosionada de la sierra de Oaxaca, pues hay que ser prácticos. No veo que ahí esté nuestra identidad cultural, sí está en todas las otras cosas, en Chichén Itzá o en Palacio Nacional, en la producción de libros y de películas. Eso lo defiendo sin problemas y con orgullo. Pero no creo que en la organización industrial del sector petrolero esté nuestra identidad nacional.

Agrega el exdirector del CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas) que debe verse el presente, no el momento en el cual Cárdenas nacionalizó el petróleo. Si él hubiese seguido los pasos de, por ejemplo, Benito Juárez, no lo habría expropiado, ya que Juárez era un liberal.

Se le comenta que la experiencia con otras empresas como Telmex es que al final los beneficios no son para la mayoría de mexicanos:

“Entiendo su punto, los mexicanos hemos tenido mala experiencia con reformas de años anteriores. Hay una suspicacia de que ésta vaya a salir mal. Lo que no se dan cuenta es que el arreglo actual es pésimo, estamos perdiendo miles de millones de pesos por ese mal arreglo que incluye exceso de personal, pensiones generosas, contratistas transas, obras que no se hicieron, inversiones mal hechas que no generan petróleo, litros de 900 mililitros. Corrijamos con los mecanismos que han resuelto en otros países.”

 

Apenas comienza

 

Investigador de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, el abogado Bolfy Cottom advierte que aunque no se ha descubierto del todo el potencial económico y comercial del patrimonio cultural (que le avalan organismos como la UNESCO), la reforma al artículo 27 tendrá incidencias en este sentido:

“Si es modificado, no tengo la menor duda que repercutirá sobre estos bienes. Pero además, ante la cuestión de la reforma energética, petrolera para ser más específicos, se piensa modificar el régimen fiscal, lo que implica darle un tratamiento no como subsidiario financiero del país sino como una empresa con contribuciones específicas.”

Habrá entonces un déficit y se buscarán alternativas que pueden afectar a las instituciones culturales, pues ya ha escuchado planteamientos en el sentido de que dichas instituciones pueden sobrevivir por sí mismas, ser autosustentables. Se pensará quizá en tarifas más altas, con lo cual se reducirá aún más el acceso de la gente a la cultura. Apenas se asoma “la punta del iceberg” de este asunto, pero “es muy desesperanzador que a estas instituciones se les meta en la carrera de la competitividad económica”.

–¿Cree que abriéndose el petróleo a la inversión privada haya más expoliación del patrimonio cultural?

–Creo que en alguna medida la facilitaría. No lo vería en automático. Evidentemente son bienes de distinto tipo, de distinta naturaleza. Por más que digan que el petróleo es un símbolo nacional, nadie se presenta en algún lugar del mundo haciendo referencia al petróleo mexicano sino refiriéndose a su historia, sus culturas, sus tradiciones, a toda esa riqueza.

“Sin embargo, en términos del ejercicio de la soberanía, evidentemente el petróleo ha jugado un papel fundamental.”

Aun así, piensa que no es lo mismo meterse con el petróleo que con símbolos como los de orden prehispánico, “por más que haya detractores que digan que es increíble cómo preservamos aquello que fue símbolo del poder y de la marginación. Desde mi punto de vista, esos son discursos muy abyectos porque en estricto sentido los bienes culturales pueden tener distintas significaciones, no necesariamente la que tuvieron en su origen.

“Y en este caso me parece que son de distinta naturaleza, juegan un papel distinto, aunque no tengo duda de que más allá del petróleo, es un proceso que viene desarrollándose en un sistema económico financiero mundial. Y que el sistema político, evidentemente, se está ajustando a ello.”

Para Cottom el petróleo es un símbolo, representa el ejercicio de la soberanía de un momento determinado, pero pide no caer en el juego de los “opinólogos” que se burlan diciendo que se convirtió en un símbolo nacional y debe ya convertirse en “un recurso para ser explotado y generar desarrollo”, eso “es un discurso falso”.

–¿Y no hay derecho al nacionalismo?

–¡Ah, pero por supuesto! Por eso le decía que es un falso discurso de quienes dicen que se debe acabar con eso. ¿Por qué habría que acabarse? Yo creo que al contrario: Es justamente en este momento donde se debe demostrar de qué es capaz una nación para resolver sus propios problemas, y si lo hace sobre la base de sus propios símbolos, tiene absoluta cabida. El desarrollo no está peleado con el nacionalismo, el problema es qué tipo de desarrollo queremos y en beneficio de quién.

Se hacen presentes en la conversación las famosas imágenes de cuando la gente llevó sus joyas, animales o lo que pudiera, al Palacio de Bellas Artes para cubrir la indemnización a las compañías petroleras, y la pregunta es si acaso la gente no acudió dispuesta justo por sentirse identificada con su nación y con derecho a defender su soberanía:

“Desde luego, porque era una defensa justamente de eso a lo que a veces no se da mucha importancia o no se logra entender: Las aspiraciones de la sociedad, y de alguien que en ese momento está ahí defendiendo el interés de la gente, el interés realmente público.”

Por eso, añade, cuando hay proyectos de infraestructura como presas o de desarrollo como las minerías, que atentan contra una comunidad, contra la memoria del país y contra los monumentos que representan su origen, el INAH debe asumir su responsabilidad, cumplir como contrapeso –aun siendo parte del propio Estado– y decir “no me opongo al desarrollo, pero no a costa de la vida de la gente o de la memoria del país”.

Hace unas décadas se le adicionó a la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos la protección al patrimonio paleontológico. Quien fuera miembro del Consejo de Arqueología y subdirector de Paleontología del INAH, el fallecido Joaquín García-Bárcena, comentó a esta reportera que el petróleo cabría ahí, pero por su valor económico y cuestiones políticas no se incluyó.

Cottom coincide en que entra en la categoría de restos fósiles:

“El maestro García-Bárcena tenía razón, pero evidentemente el valor económico es estratégico, por eso no puede entrar. Más bien sí puede, pero no dejarían nunca que entrara dentro de esa dimensión de patrimonio.”