Egipto: futuro sin esperanza

Los acontecimientos de Egipto han conmovido a la opinión pública internacional. El autoritarismo, la intolerancia y la muerte se han instalado en un país donde no hace mucho se hablaba de la “primavera árabe”. Las perspectivas son muy sombrías; el ejemplo de Siria viene a la mente al pensar en su futuro.

La tragedia de Egipto se halla envuelta en circunstancias que reflejan bien los cambios ocurridos en la política internacional. Uno de los aspectos sobresalientes es la disminución de la influencia de Estados Unidos. Legítimo o no, el liderazgo estadunidense fijaba otrora el rumbo de los acontecimientos en aquella parte del mundo; hoy las cosas han cambiado.

Es conocido que la capacidad militar de Egipto depende, en gran medida, de la ayuda por mil 300 millones de dólares que cada año recibe de Estados Unidos. Se creería, entonces, que éste puede ejercer influencia sobre los destinatarios. No ha sido así. Personalidades de la élite política de Washington, como el senador McCain, visitaron el Cairo para convencer a los militares de contener la represión contra los Hermanos Musulmanes y proceder, cuanto antes, a la celebración de elecciones y a la instalación de un gobierno civil.

Fue un diálogo infructuoso. Demandas específicas, como la liberación de prisioneros, que podía contribuir a reducir tensiones, fueron ignoradas. No sólo no ocurrió tal liberación, sino que los prisioneros fueron asesinados.

El presidente Obama se ha resistido a referirse a un golpe, lo que, de acuerdo con las leyes de su país, obligaría a suspender la ayuda militar. Cierto que se cancelaron los ejercicios militares conjuntos planeados para septiembre y se ha retenido el envío de cuatro aviones de combate. También se está reconsiderando la forma en que se otorgará la ayuda militar en el futuro. Sin embargo, el franco  rompimiento con la actual dirigencia militar egipcia no ha tenido lugar hasta el momento de escribir estas líneas; muy posiblemente no ocurrirá.

Son varios los motivos que explican los desplantes de los golpistas egipcios y la actitud titubeante de Obama. Aquéllos se sienten arropados por Arabia Saudita y otras monarquías del golfo, como los Emiratos Árabes Unidos, los cuales se han apresurado a ofrecer su ayuda económica, que, por cierto, puede ser mucha. Por otra parte, Israel ha emprendido una campaña intensa en el mundo para convencer a los países occidentales de la necesidad de fortalecer al gobierno militar que, desde su punto de vista, es el único que puede garantizar los entendimientos con Israel y cierta estabilidad en el interior de Egipto.

Independientemente de la opinión de Israel, es un hecho que el distanciamiento entre Estados Unidos y los militares dejaría un vacío  peligroso en aquel país, que puede ser rápidamente ocupado por otros factores de poder. No se pierde de vista que Rusia, por ejemplo, ha sido tradicionalmente vendedora de armas a Egipto y ha tenido muy buena amistad con los militares. Otras alianzas, frágiles y coyunturales, pueden sustituir la presencia tradicional de Estados Unidos en la región.

A pesar de las fuertes críticas contra la indecisión de Obama, es justo admitir que resulta difícil de responder la pregunta: ¿Cómo mantener una presencia en Egipto sin tener interlocución con los militares? La respuesta  obliga a tomar en cuenta varios factores, empezando por la inexistencia de liderazgos y organizaciones alternativas que puedan conducir a Egipto por otros rumbos.

La naturaleza de los actores políticos en ese país, entre los que desempeñan un papel fundamental los grupos islámicos, nos habla de organizaciones que habían vivido tradicionalmente en la clandestinidad, poco entrenadas y poco dispuestas a poner en pie políticas inclusivas, ajenas a sus principios religiosos estrictos. La muy corta experiencia democrática con el gobierno electo de Mursi no arrojó buenos resultados. Por el contrario, puso en evidencia que la intolerancia también estaba muy arraigada, que el peligro de sectarismos religiosos estaba presente y que la capacidad de gestión administrativa era casi inexistente.

De ninguna manera podría deducirse de ello la incompatibilidad entre islamismo y democracia. Tenemos ejemplos de países islámicos con gobiernos laicos y vida democrática; allí están Indonesia o Turquía para probarlo. Sin embargo, por su historia y tradiciones, el islamismo en Egipto es otra cosa; al menos así lo indica la experiencia reciente.

Fuera de los grupos religiosos, existe una élite educada en Egipto en la que algunos han querido ver el germen de un liderazgo político alternativo a los militares. Allí está el caso de Mohamed El Baradei, muy conocido por su atinada conducción del Organismo Internacional de Energía Atómica, que lo llevó a obtener el Premio Nobel de la Paz. Su papel como vicepresidente del gobierno integrado por los militares duró unos cuantos días. Su renuncia al ocurrir las matanzas de agosto evidenció lo limitado de su poder para influir sobre decisiones que han llegado incluso a ordenar la liberación de Mubarak.

Es casi imposible para Estados Unidos la tarea de construir una relación con Egipto que contribuya tanto a contener las peores manifestaciones del autoritarismo como a responder a los llamados a favor de la modernización y la democracia que afloraron durante la primavera árabe. Hay un abismo entre los  cambios que anhela una juventud desesperada, actuando, entre otras cosas, dentro de las posibilidades que le ofrecen las  nuevas tecnologías de comunicación, y la situación objetiva de un país carente de institucionalidad democrática y con gravísimos problemas económicos. A corto plazo sólo se vislumbran la vuelta al pasado y el desconcierto estadunidense.