La mano de Salinas

Peña Nieto ya había adelantado su intención de modificar la Constitución para permitir la entrada de los capitales extranjeros en las arcas de Pemex. Lo dijo en Londres en junio pasado. Lo había plasmado como acuerdo de campaña con los panistas y con el candidato del Panal. Quien se abstuvo en la campaña de estampar su firma en dicho “acuerdo” fue López Obrador. No deberían extrañarnos entonces las cabriolas que les vemos hacer para regresar nuestro petróleo a los tiburones trasnacionales.

Sorpresivo vino a ser sólo el desplante Peña Nieto al recargarse en la figura de Tata Lázaro para darle aire épico y sustento histórico a su entreguismo. Es un despropósito, un mamarracho, pérfida deformación de nuestros hechos históricos. Con la expropiación petrolera de manos de las trasnacionales que la esquilmaban, nuestros padres (si nos referimos a la generación adulta) o nuestros abuelos (si es el caso de la joven) quisieron estructurar en este suelo una patria para todos. Ellos realizaron entonces el hecho político más significativo en esa dirección. Fue toda una hazaña recuperar la riqueza del subsuelo de manos extranjeras, para ponerla a servir de pivote en la industrialización y desarrollo de la nación. La manipulación de extraer el oro negro de las entrañas de la tierra y transformarlo en productos cotidianos y en dinero metió a todos en la dinámica de la industrialización y el desarrollo del país. Es la historia de nuestras siete décadas pasadas.

Con el fatuo discurso de Peña Nieto, a la hora de la presentación de su propuesta desnacionalizadora se vio desplomarse al suelo la estatua virtual de la generación de nuestros padres o abuelos (según sea el caso) y hacerse añicos estrepitosamente. Hay otros elementos desafortunados de la jornada. El orador oficial habló siempre de una “reforma energética” y no de una mera iniciativa de ley, que es lo propio, en tanto no cruce la formalidad de su aprobación, en el Congreso de la Unión y en la mayoría de los congresos estatales. Y cuando sea aprobada, si va en los términos presentes, será una contrarreforma, no reforma. La diferencia es muy importante, pero ya la aclararemos en otro momento.

Lo inesperado de la jugada radicó en la utilización de la figura del general Cárdenas para sus aviesos fines. Con poco rascar en los eventos del pasado, se descubre la intrusión de Carlos Salinas en la manufactura de la farsa. El montaje lo denuncia. Es copia al carbón del alumbramiento de su contrarreforma ejidal. Propuso entonces modificar el artículo 27 constitucional para sepultar la propiedad ejidal de la tenencia de la tierra, que había permanecido intocada hasta ese momento. Los medios la propalaron con cajas y fanfarrias, tal cual está ocurriendo ahora con la de su marioneta actual en el asunto petrolero.

Véase la reseña que hizo de aquel infausto acontecimiento, ocurrido a las 11 horas del jueves 7 de noviembre de 1991, Guillermo Correa (Proceso 784):

En el salón Vicente Guerrero, el presidente Salinas de Gortari firmó el original de la iniciativa, teniendo a su espalda una escultura de Emiliano Zapata que, sobre un pedestal de mármol verde, mantiene la mirada al frente y el fusil descansando, apuntando hacia abajo. Presentes estaban José Córdoba Montoya, coordinador de asesores de la Presidencia, y Otto Granados Roldán, director de Comunicación Social. (Se justificó que) con la nueva ley los ejidatarios podrán convertirse cuando quieran en pequeños propietarios, y de esta forma vender su tierra o pedir créditos, dejándola como garantía de hipoteca… Se fortalece la capacidad de decisión de los ejidos y comunidades, garantizando su libertad de asociación y los derechos sobre su parcela; los ejidatarios tendrán libertad de transmitir su tierra a otros y se establecen las condiciones para que el núcleo ejidal pueda otorgar al ejidatario el dominio sobre su terreno. Se permitirá la participación de las sociedades civiles y mercantiles en el campo, ajustándose a los límites de la pequeña propiedad individual. “Y se va a permitir la entrada a empresas extranjeras dentro de los límites que establece la ley”.

¿Así o mandamos mejorar la copia? Dicen los conocedores que Carlos Salinas descubrió a un Zapata promotor de la pequeña propiedad “ejidal” a través de su maestro en Harvard, John Womack Jr. Se enamoró tanto y a tal grado de este gran mexicano que le puso el nombre de Emiliano a su primogénito, el que se acaba de casar con la actriz de Televisa, Ludwika Paleta. Otro numerito calcado al de Peña Nieto y su Gaviota. ¿Quién descarta a Salinas entonces como el autor de estos libretos de ópera bufa? Pero vayamos más a fondo.

Manipular, reinventar o falsificar la historia, es un riesgo complejo de evitar incluso para los profesionales, cuando la reescriben. Es tarea que tiene que afrontar cada generación, a pesar del riesgo. Pero reescribirla para ponerla a modo y adecuarla al contentillo es perder adrede. De nuestro pasado se conocen muchas reelaboraciones, afortunadas o falsificatorias. Los cronistas antiguos refieren que Tlacaelel fue un modificador de la historia azteca. La tribu azteca provenía de la mostrenca estirpe chichimeca, nómada y pendenciera. Tlacaélel falsificó los pasos para hacerla descender de los toltecas, que eran sedentarios y civilizados. No sólo era cuestión de prestigios, sino de otras notas de fondo.

Siguiendo tal tónica, Salinas no cortó la línea de identificación entre el ejido y Zapata porque no podía hacerlo. Pero, de la mano de Womack, metió al modelo ejidal en el túnel de la mercantilización y convirtió a Zapata en un líder agrario promotor de la mercantilización de la tierra y paladín del libre mercado. ¿Dónde está la diferencia con la falsificación que el peñismo actual propone del legado histórico de don Lázaro Cárdenas? Al no poder echarlo del pedestal de nuestro nacionalismo y de la hazaña de la expropiación petrolera, de la mano de Salinas nos lo deforma como entreguista y convencido de la “competitividad mercantil” a ultranza, uno de los dogmas neoliberales con los que están arrasando al planeta los tiburones financieros que padecemos.

Para los panistas es tibia la propuesta tricolor. Ellos sugieren abrir ya toda la caja registradora sin más contemplaciones. Proponen entregar todo: el tesorito de nuestras aguas profundas, el de las aguas someras, el del gas esquisto, el de la energía eléctrica y de una vez las arcas de hacienda. Hay que indexar a los tiburones financieros ya el inventario completo de la riqueza nacional, para que se la queden, sin más valladares de nota. ¿A dónde se irán los pobladores actuales de esto que una vez quiso llamarse país? Al fondo del mar, o a dos metros bajo tierra. ¿Todos? Sí, sin excepción, salvo los que acepten la flamante condición de gatos, a que nos han de reducir los nuevos dueños imperiales. Nos esperan días aciagos. ¿Quién osará ponerlo en duda? ¿O podremos evitarlo todavía?