Cuando la ciencia falla…

La crisis económica, la falta de opciones y la creciente inseguridad y violencia orilla a muchas familias a buscar apoyo en la medicina alternativa; algunos suelen consultar a yerberas y curanderas para que mitiguen sus males que la medicina alopática no puede solventar. La doctora Enriqueta Valdez Curiel, quien lleva años estudiando el tema, dice que debe atenderse este fenómeno asociado con la fe, cada vez más presente en la sociedad mexicana.

Ante la falta de dinero, la inseguridad, las amenazas a la libertad, mucha gente suele refugiarse en las creencias ancestrales para “librarla”; y cuando tienen problemas de salud y su economía es precaria suelen acudir a la medicina tradicional para salir adelante.

Las imágenes y estampitas religiosas, las plegarias y talismanes se mezclan con las pócimas de curanderas, yerberas y brujas en miles de hogares mexicanos donde las familias “le echan muchas ganas” para estar bien. En Jalisco este fenómeno tampoco es ajeno.

En 2001, la doctora Enriqueta Valdez Curiel escribió el libro Las curanderas de Zapotlán El Grande, en el cual condensa varios años de investigación sobre la práctica de la medicina tradicional y la llamada brujería y su presencia cada vez más creciente, sobre todo entre los  habitantes de las poblaciones rurales de Jalisco, dice al reportero.

A finales de julio, comenta, se reunieron más 200 curanderos a instancias de académicos de la Universidad de Nuevo México para intercambiar experiencias con los médicos tradicionales y discutir sobre el curanderismo, que está cobrando nuevos bríos. Al encuentro, coordinado por Eliseo Cheo Torres, acudieron médicos tradicionales y brujos de todo el mundo, sobre todo de África, informó la agencia de noticias Associated Press.

Según Valdez, debe darse más atención a ese tipo de prácticas ancestrales cada vez más vigentes, que desbordan el conocimiento de la medicina alopática y sustentan su éxito en la creencia y la fe. En las facultades de medicina deberá incluirse la medicina tradicional como una materia obligatoria. “Me parece que debería ser obligatorio eso, porque los mexicanos tenemos una cultura muy rica en ese aspecto”, recalca.

Las prácticas tradicionales llegaron a las ciudades del occidente del país, e incluso en algunas de Estados Unidos donde miles de migrantes logran desarrollar estados de fe para su desarrollo cotidiano. Algunos suelen pagar los boletos de avión de sus curanderas para que se desplacen allá y les ayuden a remediar sus males, expone Valdez Curiel en su estudio.

Ella lleva años investigando ese tema ligado con las creencias populares que ponen en el centro del escenario a las yerberas, las sobadoras y las que hacen limpias –las llamadas brujas–, cuyas enseñanzas están de regreso. Ese fenómeno, asegura, se percibe en el país y crece a causa de la crisis económica, la inseguridad y la mala atención a los derechohabientes en las instituciones del sector salud.

En la primera fase de su investigación, Valdez realizó trabajo de campo durante más de un año. Durante ese periodo platicó ampliamente con tres mujeres practicantes de la medicina tradicional en los municipios de Gómez Farías, Ciudad Guzmán y Tuxpan. Ellas la introdujeron al mundo del curanderismo y del análisis del conocimiento de personas que apenas habían cursado el tercer año de primaria o eran analfabetas y sabían curar.

Para Valdez, quien obtuvo la licenciatura de médico cirujano partero por la UdeG y realizó varios postgrados de desarrollo social y un doctorado en Estados Unidos, el país está lleno de historias por contarse y de ejemplos de trabajo de medicina tradicional.

México, dice, es rico en experiencias no contadas y una serie de temas ligados al análisis antropológico que conducen a las raíces de la identidad de un pueblo que lejos de perder esa línea de conocimiento popular, ahora resurge.

La investigación

 

El trabajo de las curanderas remite a las creencias, que se mantienen “arraigadas en el colectivo de nuestras poblaciones rurales, pero ahora también presentes en las zonas urbanas y hasta en el extranjero”. Así crecieron nuestros abuelos y nuestras familias, afirma la investigadora.

–¿Hasta dónde el trabajo de las curanderas ha dejado de ser solicitado por las nuevas generaciones –se le pregunta.

–Mire. Yo también tenía esa impresión pero me di cuenta de que es lo contrario. Es más, a medida que encarece el proceso de salud o de medicina institucional, así como la saturación en el Seguro Social, la escasez de la medicina y los altos costos de los fármacos, la gente opta por esta alternativa.

En su libro de 54 páginas –publicado por la Universidad de Guadalajara-CUSUR y que hoy se encuentra agotado, por lo que ya prepara una reedición– Valdez incluye el caso de una yerbera radicada en Ciudad Guzmán:

“Esa persona asegura que sólo cura con plantas medicinales; es capaz de atender en forma exitosa problemas de infertilidad en ocho de cada 10 mujeres que piden su ayuda. Ella –dice– no hace limpias, ni trabajos de magia.”

Sus otras dos entrevistadas, comenta, le aseguraron que ellas sí curan a partir de métodos tradicionales, aunque también pueden hacer trabajos de sanación, quitar y poner hechizos, a pesar de que este aspecto nunca se lo explican a sus clientes en el primer contacto.

Ellas también le mostraron sus habilidades para ayudar a encontrar personas extraviadas, localizar vacas y otros animales domésticos cuando se pierden en la sierra, de las jóvenes que se fugan con el novio, de los hijos arrebatados a la madre por su cónyuge, o advertir a las personas sobre los peligros que las rodean.

“La selección (de las entrevistadas) fue aleatoria. Yo estuve preguntando por curanderas, brujas o como se les conociera y fue así como obtuve las referencias y luego llegué con las tres. La gente me dijo que ellas eran muy buenas en su trabajo.”

No fue fácil abordarlas, admite, pues por lo general son desconfiadas. “Casi siempre indagan para saber quién te mandó”.

La labor de esas mujeres es tremendamente individual, asegura la autora del libro. Se disgustan cuando se enteran que una persona consulta a varias curanderas. Para realizar un trabajo, primero deben cerciorarse de que no hay riesgos para ellas mismas.

La inseguridad ha hecho que su clientela se incremente. Muchos acuden a ellas para pedirles protección porque temen un secuestro. Por eso actúan con discreción para no exponerse a la furia de las bandas del crimen organizado o del narco.

En la zona sur, por ejemplo, hay otra señora ampliamente conocida por sus dones. A ella la buscaban tanto los lugareños para ubicar su ganado extraviado en la sierra, así como por agentes de seguridad y militares para que les ayudara a resolver sus problemas; también la visitaban  personas presuntamente ligados al hampa para pedirle protegerlos de sus enemigos.

Valdez incluyó en su libro la historia de un uniformado de Sayula a quien su amante pretendía dejar. Él buscó a la curandera y le pidió ayudarle a retenerla. Al pagarle por sus servicios, le regaló un poco de mariguana, para ayudar a la mujer a realizar sus viajes astrales.

“La mariguana le permitía prestar otros servicios a diferentes clientes que demandaban ayuda para encontrar objetos perdidos o personas extraviadas –relata–. Ella me decía que extrañaba el uso de esa yerba, similar a la ayahuasca o el peyote, utilizada entre los indígenas para acrecentar su percepción de la realidad o su imaginación”, cuenta la investigadora en su libro.

También incluye el caso de un matrimonio radicado en Estados Unidos. La cliente se quejaba de que a su hijo lo había hechizado su expareja. Para conjurar el mal tenía una fotografía del afectado dentro de una botella llena de alcohol, debajo de su cama.

Tras varias sesiones,  la curandera le dijo a los parientes del enfermo: “Aquí no hay nada que hacer. Este hombre no está embrujado; él se la vive en el alcohol por puro gusto”.

La investigadora asegura que algunas curanderas realizan “trabajos especiales”: Admiten que realizan magia negra –“es la que más recursos le deja a quienes la practican”–, aunque las llamadas brujas también le confiaron que  evitan hacerlo cuando están menstruando o con luna llena por los riesgos que conlleva ese desprendimiento espiritual.

La falta de opciones

 

La crisis derivada de los problemas económicos, la depresión, la tristeza, el miedo y otras situaciones adversas afectan la salud de la población. Para Enriqueta Valdez,  “esos males”, en la medicina alopática no tienen solución”.

Cuenta que escribió su libro pensando sólo en recuperar los gastos de inversión y distribuirlo entre maestros y alumnos interesados en el tema. Hoy, Las curanderas de Zapotlán El Grande sólo se vende a través de Internet.

El 3 de diciembre de 2001, recién publicado el libro, la revista Investigación en Salud publicó una reseña de Juan Gil Flores, entonces director del Instituto Jalisciense de Antropología e Historia en la que decía que Valdez “presenta a la médico primitiva, popular o tradicional a la que se aplican despectivamente las expresiones de yerbera, bruja o curandera y muchas otras más que en todos los casos, tienen una carga emocional que hace ostensible el repudio que la sociedad manifiesta por ellas”.

Y añadió: “Tal vez el término más adecuado para designar a estas practicantes de la medicina popular sería el de chamán, pero en ocasiones los rasgos que las caracterizan no se dan en la práctica corriente”.

Según Gil Flores, el adiestramiento de esas mujeres se limita al conocimiento de la salud y sus trastornos; por eso el médico científico se siente autorizado para opinar y actuar sólo en lo que concierne a los conocimientos y habilidades adquiridas, y no en los restantes campos de actividad característicos de la sociedad en que vive.

Enriqueta Valdez nació en Ameca y es hija de un jornalero agrícola que hizo su vida entre Salinas, y otros lugares (de California) y la región Valles en Jalisco. Recuerda que su familia siempre estuvo conectada con la zona rural de Jalisco y los campos de cultivo de Estados Unidos.

Su abuela fue quien la crió, dice. Su infancia y gran parte de la adolescencia la vivió entre relatos del supuesto paso del “caballo del diablo” por las calles empedradas del municipio de Ameca y las fantasiosas advertencias de la existencia del Chavarín, un joven que por desobedecer a sus padres cayó al río del pueblo y se convirtió en un monstruo que luego acechaba a los pobladores de Ameca.

La sociedad mexicana se ha desarrollado en medio de relatos y leyendas que unen la fantasía con la realidad. En infinidad de ocasiones, cuenta, se comprueba la conexión entre asuntos que escapan al razonamiento común y la literatura, como en el caso de Juan Rulfo.

“Es el realismo mágico. Yo vengo de la zona rural y toda mi vida escuché hablar de las curanderas, de los brujos y los hechizos, de niños a los que sus padres llevaban a curar de susto, de empacho, de miedo o del mal de ojo. Y entendí su significado en las clases de antropología y en la universidad.”