“Cielos”

Con Cielos, el dramaturgo franco-canadiense-libanés Wajdi Mouawad concluye la tetralogía La sangre de las promesas, que bajo la dirección del joven director Hugo Arrevillaga ha tenido un éxito inusitado en la Ciudad de México.

Litoral, Incendios y Bosques precedieron a la obra que actualmente se presenta en el Teatro Benito Juárez: Cielos. Incendios y Bosques resultan ser las obras más complejas, dramatúrgicamente hablando, y con mayor impacto emotivo; en particular Incendios, en la cual los espectadores, en los diferentes teatros donde se presentó durante extensas temporadas, salían completamente maravillados por lo que les provocaba, además de admirar la actuación de Karina Gidi: la mujer que canta.

Cielos parte del recurrente problema del terrorismo, el cual afecta principalmente a los países árabes y a los estadunidenses, que siempre terminan culpando a los primeros para justificar su propia violencia. Los acontecimientos ocurren de manera lineal en el espacio cerrado de un centro de investigación secreto donde cinco científicos son aislados para intentar evitar un atentado terrorista del que están informados. Su contacto con el exterior se simplifica dramatúrgicamente haciéndolo por teléfono o videoconferencias colectivas e individuales.

Gran parte de la obra aborda un problema que va perdiendo interés, sobre todo porque está saturado de información, discursos, retórica y deducciones. Lo que la salva es la exposición intermitente de la tragedia de cada uno de los personajes. Tragedias que nos cuentan uno a uno o a través de otro: desde el que se suicidó (a la vez su mujer lo espiaba y su hijo lo traicionaba), hasta la mujer que mata a su esposo y a sus hijos y que además está embarazada del recién muerto. Pareciera una fórmula dramática donde presenta superdramas individuales, que más que suceder son narrados por los personajes. Al final el espectador y la obra amarran al involucrarse en la historia de la relación de un padre y su hijo que dialogan a través de una pantalla y cuyo final es dolorosísimo. El padre es interpretado con gran emotividad por Tomás Rojas y el hijo por Andrés Torres Orozco con naturalidad y empatía hacia el espectador.

Pese a la dificultad que representa el estilo dramatúrgico de esta obra, donde predominan monólogos casi estáticos, el trabajo de los actores en conjunto es armónico y un tanto monotonal. Sobresalen Violeta Sarmiento y Antón Araiza.

Al igual que en los anteriores montajes de las obras de La sangre de las promesas, el espacio escénico que plantea el director Hugo Arrevillaga es muy cercano al público, Al cual coloca sobre el escenario para tener una capacidad aproximada de 60 a 70 personas. En esta ocasión Auda Caraza y Atenea Chávez diseñan una escenografía con dos anchas pasarelas que se cruzan en forma de X, colocando a los espectadores en los cuatro triángulos. En cada extremo se mantiene un personaje y se intercambian el espacio central donde en la parte superior están colocadas las pantallas. El movimiento escénico no tiene mucho juego, ya que las posibilidades son fundamentalmente geométricas y regulares.

En Cielos el autor no busca en el pasado de los individuos para resolver o encontrar respuestas a los interrogantes de su vida, sino que los ubica en el presente y en la premura de la catástrofe para poner a prueba su capacidad de resolución y de decisión frente a la autoridad, el suicidio y la desesperanza. Cielos, con boletos agotados, concluye temporada el 28 de agosto.