LEÓN, GTO.- El estreno de Rigoletto (1951), nueva producción del Teatro del Bicentenario de esta ciudad, comandado por Alonso Escalante, se llevó a cabo el miércoles 7. Es tal vez el mejor teatro de ópera de México y había mucha expectativa por contemplar esta obra de Giuseppe Verdi (1813-1901) que se presentó como homenaje por el 200 aniversario de su natalicio.
El recinto, casi lleno; el elenco, espectacular.
George Peatán, rumano, uno de los mejores intérpretes de este rol principal, lo actuó de maravilla y lo cantó realmente bien. Ya lo habíamos escuchado hace meses en la Gala Verdi de Bellas Artes, de la que fue absoluto triunfador. Peatán no nos falló, el barítono verdiano superó nuestras expectativas.
El duque de Mantua, cínico noble mujeriego, fue interpretado por Arturo Chacón, joven tenor sonorense quien es una de nuestras cartas fuertes en todo el mundo; este personaje nada fácil vocalmente fue resuelto por Chacón con la aparente facilidad que sólo los grandes tienen.
María Alejandres cantó la Gilda, hija de Rigoletto que decide sacrificarse por su amado duque de Mantua. La voz de María suena cada vez mejor.
“Es el rol que más veces he cantado –declaró a Proceso– y me siento muy cómoda con él, en pocas semanas lo cantaré en Alla Scala de Milán y en Japón.”
El volumen de su voz es impresionante, pero también su belleza tímbrica, los agudos brillantes y su interpretación emotiva. Afincada en Europa, María es, sin duda, la mejor cantante mexicana de hoy.
Guillermo Ruiz, bajo-barítono, cantó con una voz contundente el personaje de Monterone, el padre que tras reclamar el honor de su hija es mandado al patíbulo. Ojalá que pronto lo podamos escuchar en el rol principal.
El regiomontano Rosendo Flores encarnó a Sparafucile, asesino a sueldo contratado por Rigoletto para ultimar al duque, quien por azares del destino a quien mata y entrega en un saco es a la propia hija del bufón. A Flores le hemos visto en ese papel decenas de veces, aunque sus notas graves ya se le escuchan descoloridas y planas. Es, sin duda, uno de los grandes bajos mexicanos.
Oralia Castro, de Guamúchil, Sonora, nos sorprendió en el personaje de Maddalena, la hermana y cómplice de Sparafucile, guapa, con buena presencia escénica y una voz oscura y hermosa, dúctil, musical, muy bien preparada, nos dio una muestra de las nuevas generaciones de cantantes, una verdadera mezzosoprano, no como pasa a veces que una soprano se quiere hacer pasar por mezzo.
La muy acertada dirección escénica fue del maestro Enrique Singer. Orquesta dirigida por el italiano Marzio Conti, a quien “se le fueron” de pronto algunos tiempos, sobre todo en los concertantes, pero magnífico en general. La escenografía y vestuario de Atenea Chávez y Auda Caraza, y Emilio de Michelis: una propuesta tradicional pero con toque modernos, de primer mundo. Funcional e imaginativa la iluminación de Víctor Zapatero, pero en general muy oscura, por lo que se perdían algunos rostros y su gesticulación








