El palestino Thaer Hamad mató a un grupo de soldados israelíes. Robi Damelin, madre de uno de ellos, no se encerró en el odio ni buscó venganza: encontró a cientos de israelíes y palestinos que habían perdido a sus familiares en el conflicto, pero dispuestos a entender las razones de sus tragedias. Juntos intentan ahora remendar el tejido social desgarrado por la violencia. La historia de Damelin –contada en el documental Un día después de la paz– revela algo esperanzador: Mientras los dirigentes de Israel y Palestina reinician conversaciones de paz, surgen iniciativas ciudadanas que trabajan por la reconciliación entre ambos pueblos.
PARÍS.- El cineasta israelí Erez Laufer confiesa: le es difícil describir el estado de ánimo de sus compatriotas en ese incipiente periodo de negociaciones de paz entre Israel y la Autoridad Palestina.
“Prevalece el escepticismo aun si la mayoría de los israelíes aspiran más que nunca a la paz”, dice. “Pero no me siento cómodo hablando en nombre de mis compatriotas. Me parece más honesto limitarme a decir lo que siento”.
–¿Qué siente?
–Una gran confusión. Oscilo entre un optimismo relativo y el pesimismo.
Vía telefónica desde Tel Aviv, donde radica, Laufer acepta comentar la situación actual de Israel antes de hablar de Un día después de la paz, su más reciente y apasionante documental, en el que entrelaza logros de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica con interrogantes esenciales planteadas por una pacifista israelí cuyo hijo –soldado– fue asesinado por un francotirador palestino.
Laufer es autor de 15 documentales, varios de ellos premiados en Israel, Estados Unidos, Italia, Singapur, Francia y los Países Bajos.
Un día después de la paz –que realizó junto con su hermana Miri– se estrenó en mayo del año pasado en Tel Aviv, donde causó impacto. Desde entonces recorre con éxito festivales de documentales. En febrero pasado fue galardonado como la mejor película del parisino Festival Internacional de los Filmes sobre Derechos Humanos.
–¿Qué le inspira optimismo?
–Creo que por fin el gobierno de Benjamín Netanyahu entendió que si estas negociaciones no desembocan en un acuerdo de paz, jamás lograremos tener dos Estados distintos: uno judío y uno palestino. El gobierno sabe que es su última oportunidad. Si la pierde, se impondrá a mediano o largo plazo la solución de un solo Estado no judío. Los sionistas rechazan en forma absoluta esa perspectiva de un solo Estado; es decir, renuncian al Estado judío. Espero que eso los lleve a hacer las concesiones necesarias para que tengamos dos Estados y que el palestino sea viable. Es por eso que me siento ligeramente optimista.
–¿Qué piensa de la perspectiva de un solo Estado?
–Hace algunos años sólo la izquierda radical abogaba a favor de un solo Estado en el cual convivan palestinos e israelíes con los mismos derechos. Era un tema tabú. Hoy ya no lo es y hay grandes debates al respecto en Israel. Pertenezco a la izquierda moderada, voto por la izquierda y comparto con ella la idea de un solo Estado incluyente y plural. Los sionistas están conscientes de que esa idea va ganando terreno en la sociedad israelí y se asustan. ¿Ese pavor los llevará a tomar las buenas decisiones y a ser honestos en las negociaciones con los palestinos?
–Y su pesimismo, ¿a qué se debe?
–A veces tengo la convicción de que ya perdimos el tren y que es muy tarde para pensar en dos Estados. Me asaltan esos pensamientos cuando miro el mapa: los territorios palestinos y las colonias judías se encuentran tan imbricadas que me parece totalmente absurda la noción misma de dos Estados. Entonces me entra el temor de que estas negociaciones que acaban de empezar y pueden durar meses, no desemboquen en nada. Me parecen una gigantesca pérdida de tiempo y me digo que sería muchísimo más inteligente arremangarnos y trabajar seriamente sobre la solución de un solo Estado.
Coexistencia
En cierta forma el cineasta se “arremangó” hace dos años cuando se lanzó a la realización de Un día después de la paz.
El documental cuenta la lucha existencial de Robi Damelin después de que su hijo fue asesinado por un francotirador palestino. El hecho ocurrió en 2002 en un puesto de control militar de Cisjordania y en él también perdieron la vida otros nueve soldados y un civil israelí.
Nacida en Sudáfrica, Damelin tiene casi cinco décadas viviendo en Israel. En ambos países abogó por la coexistencia, primero entre negros y blancos, luego entre israelíes y palestinos.
Tras la muerte de su hijo dejó su actividad profesional y se integró al Círculo de Padres-Foro de Familias. Esta ONG, que hoy preside, fue creada en 1995 y está formada por 650 familias israelíes y palestinas que perdieron a seres queridos en el conflicto y bregan juntos a favor de un proceso de reconciliación entre ambos pueblos.
Pero Damelin quiso avanzar más en su proceso personal. Buscó la forma de encontrar al asesino de su hijo: Thaer Hamad, quien fue condenado a cadena perpetua por la justicia israelí y celebrado como un héroe en Palestina.
Damelin escribió una carta sobria y estremecedora a la madre de Hamad.
Al principio del documental se oye su voz leyendo la carta mientras la cámara la filma sentada en un canapé de su casa o moviéndose de una habitación a otra.
“Es una de las cartas más difíciles que me tocará escribir en toda mi vida. Mi nombre es Robi Damelin, soy la madre de David, a quien su hijo mató. Sé que no mató a David porque era David. Si hubiera conocido a David nunca hubiera hecho semejante cosa…”, le dice Damelin a la madre de Hamad.
Luego le habla de las convicciones pacifistas de su hijo, de las suyas propias, de su actividad en el Círculo de Padres, del duro camino que la llevó a dedicar su vida entera a la causa de la reconciliación.
“Emprender ese camino no es fácil para nadie. Soy una persona común y corriente, no soy una santa”, le confiesa.
Pero también le confía que la única forma de ser coherente consigo misma y con su lucha diaria a favor de la paz es hablar con su hijo.
“No sé cuál va a ser su reacción. Es un riesgo que tomo, pero creo que usted me entenderá, porque le escribo desde lo más honesto de mí misma. Espero que le enseñará esta carta a su hijo y que quizá podamos encontrarnos en el futuro.”
En su carta, Damelin enfatiza que ese encuentro le es indispensable. Pero no explica por qué lo es. En realidad no lo hace porque se siente rebasada por esa necesidad imperiosa.
Uno de los hilos conductores de Un día después de la paz es precisamente esa búsqueda de Damelin: ¿Qué significa para ella encontrar a quien mató a su hijo? ¿Qué puede esperar de esa confrontación? ¿Busca sólo entender cómo Hamad llegó a cometer ese crimen? ¿Acaso no estaría deseando también echarle en cara todo su dolor? ¿Está dispuesta a perdonarlo? ¿Es indispensable perdonar para caminar hacia la reconciliación? ¿Qué significa realmente perdonar?
Estas preguntas que se repiten a lo largo de la película son fundamentales y muy difíciles de contestar. Están en el corazón mismo de todo proceso de paz, de todo intento de remendar un tejido social desgarrado por la violencia y dan una dimensión universal a Un día después de la paz.
Hamad le contesta. Damelin califica su carta de muy dura: el combatiente palestino justifica y revindica su acto. Rehúsa verla. Ella no renuncia. Viaja a su país de origen para dialogar con sudafricanos –víctimas y perpetradores de actos de violencia– que participaron en la Comisión para la Verdad y la Reconciliación. Confía en que sus experiencias la inspirarán a nivel personal y en su acción en el Círculo de Padres-Foro de Familias.
Reconciliación
A partir de ese momento el documental cambia de ritmo. Erez y Miri Laufer entretejen en forma muy inteligente las realidades palestino-israelí y la sudafricana; alternan imágenes de archivo, confesiones casi insostenibles de verdugos durante sesiones de trabajo de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, con escenas actuales de convivencia inédita entre víctimas y victimarios en el caso de Sudáfrica o entre víctimas israelíes y palestinos de la violencia provocada por el conflicto entre ambos pueblos.
Filman las conversaciones de Damelin con sus interlocutores sudafricanos e intercalan estas imágenes con las de reuniones del Círculo de Padres-Foro de Familias en modestas casas palestinas de Cisjordania.
A lo largo de una hora y media se suceden en la pantalla seres humanos que fueron o siguen siendo arrastrados por la violencia y que de su tragedia sacan fuerzas para escapar a la espiral de la venganza e inventar nuevos caminos para construir la paz.
Tal es el caso de Ginn Fourie, sudafricana blanca de origen británico cuya hija Lyndi murió en un atentado cometido en una taberna cerca de Ciudad del Cabo en 1993.
Damelin y Fourie hablan en la quietud de una casa. De pronto, la primera pregunta: “¿Para ti, qué significa perdonar?”. Contesta Fourie: “Perdonar es un proceso que te lleva a tomar una decisión de principios: renunciar a tu derecho totalmente justificado de revancha”.
Fourie perdonó sucesivamente a los autores materiales del crimen: jóvenes militantes negros de una organización armada, y a su comandante Letlapa Mphahlele.
Erez y Miri Laufer consiguieron imágenes de su testimonio ante la Comisión para la Verdad y la Reconciliación. Distinguida y habitada por una gran fuerza interior, Fourie habla con los tres asesinos de su hija. Impresiona ver cómo logra comunicarles su serenidad recobrada.
Otras imágenes la muestran en el estudio de una emisora radial. Está con Mphahlele. Ambos tienen las orejas tapadas por gruesos audífonos. Su conversación se transmite en vivo. Es un diálogo breve y contundente.
Dice Fourie: “Al principio quería estrangularte con mis propias manos. Pero lo que me conmovió fue tu deseo de asumir tu responsabilidad no sólo cuando hablamos a solas, sino públicamente. Comprendí que el hombre que había mandado matar a mi hija era una persona de una gran integridad… pues… es difícil explicar lo que intento decir… creo que me resultó más ‘fácil’ perdonar”.
Le contesta Mphahlele: “Fue gracias a tu perdón que pude liberarme de la cárcel de mi deshumanización”.
Hoy Mphahlele y Fourie dirigen juntos una fundación que lleva el nombre de Lyndi y brinda ayuda a excombatientes negros desamparados. Damelin confiesa que sus encuentros con Mphahlele y Fourie fueron los más impactantes que tuvo en Sudáfrica.
“Entendí el inmenso potencial de ese proceso de reconciliación”, enfatiza de cara a la cámara. Agrega: “Pero también entendí que disto de llegar a su nivel. No quiero tejer lazos de amistad con el francotirador que mató a David. No me interesa una amistad con ese hombre”.
No todo el mundo logró reconstruirse después de ofrecer su testimonio ante la Comisión para la Verdad y la Reconciliación. Shirley Gunn no pudo hacerlo. Se nota en su rostro, en su forma de hablar, en el odio que la sigue sofocando. Era una joven trabajadora social blanca cuando fue detenida el 31 de agosto de 1988. Se le acusó de haber participado en el sangriento atentado de Khotso House organizado en realidad por los servicios secretos sudafricanos para desacreditar al Congreso Nacional Africano. Sufrió tortura y encarcelamiento.
Adriaan Vlok, exministro de Justicia y Seguridad de Sudáfrica, explicó ante la Comisión para la Verdad y la Reconciliación que fue por casualidad que Gunn acabó siendo un chivo expiatorio ideal.
En las imágenes de archivo que incluyeron los Laufer en su documental se ve a Vlok imperturbable. Dice la verdad tal como se comprometió a hacerlo. Gunn se enardece cuando recuerda ese testimonio. Lo califica de hipócrita y oportunista. Está convencida de que el exministro confesó con el propósito de lograr una amnistía y evitar ser enjuiciado y condenado a una larga pena de cárcel.
En cambio las madres del poblado de Mamelodi, a las afueras de Pretoria, creen en el arrepentimiento de Vlok. Su caso también es famoso. Sus hijos viajaban en una combi cuando fueron detenidos. Los policías les inyectaron sedantes, los volvieron a encerrar en su vehículo y lo incendiaron, según cuenta uno de ellos, fríamente, ante la comisión.
Vlok admitió su responsabilidad en el crimen y acabó por reunirse con las madres de las víctimas. Los encuentros fueron catárticos. Vlok se arrepintió en privado y en público. Hoy es un hombre profundamente religioso que visita cada mes a las madres de Mamelodi para brindarles comida y ayuda material. La cámara de Erez filma una de esas visitas. Las imágenes de Vlok lavando los pies de las madres de las víctimas causaron fuerte impacto en Sudáfrica. En el documental se arrodilla ante una madre que no había logrado conocer antes y repite su gesto.
Las escenas de hermandad entre familiares de víctimas israelíes y palestinas tienen la misma fuerza emocional. Entre todas sobresale una estremecedora: Acostados en camas contiguas de una clínica y atendidos por enfermeros, integrantes palestinos e israelíes del Círculo de Padres-Foro de Familias, entre ellos Damelin, intercambian sangre.
La cámara se inmoviliza unos segundos sobre las bolsas de sangre que los enfermeros manipulan con cuidado. Filma también las transfusiones y luego sigue a los pacifistas que se manifiestan en la calle. Visten camisetas blancas con la leyenda: “¿Podrías matar a una persona en cuyas venas corre tu propia sangre?”.
Las discusiones de Damelin con su segundo hijo son también escenas densas del documental. En el momento de la filmación de Un día después de la paz el gobierno israelí acababa de aceptar la liberación de mil 27 presos palestinos a cambio de Gilad Shalit, joven soldado israelí secuestrado cinco años (de 2006 a 2011) por Hamas.
Esa decisión escandaliza al hermano de David, quien teme que Thaer Hamad salga de la cárcel. Damelin, al igual que su organización, aprueba la medida. Madre e hijo se enfrentan ante la cámara.
La verdad
Las últimas imágenes del documental sacuden al espectador. El obispo Desmond Tutu, alma del proceso sudafricano de reconciliación, explica: “La Comisión para la Verdad y la Reconciliación se basó en un gran principio: el ser humano es capaz de cambiar. Si no hubiéramos tenido ese principio en mente no hubiera valido la pena echar a andar la comisión”.
Sonríe el obispo y de pronto, creyendo que la cámara ya dejó de grabarlo, se tapa el rostro con las manos y se echa a llorar.
Erez Laufer reconoce que la película lo cambió profundamente y que a su hermana y a Damelin les pasó lo mismo.
Enfatiza: “Entre todas las cosas importantes que aprendimos en Sudáfrica destacaría una: lo esencial para los perpetradores de la violencia y para las víctimas es la verdad: decir la verdad, oír la verdad cualquiera que sea. Sin verdad no hay paz ni reconciliación posible.
“Esa exigencia de verdad fue el eje de la comisión. No se exigió a los que llevaron a cabo la violencia que se arrepintieran. Se les exigió que dijeran públicamente todo lo que sabían, todo lo que habían hecho, sin esconder nada. Era su única posibilidad de ser amnistiados. Y fue la única forma de hacer surgir la verdad. A lo largo de toda la filmación no dejaba de preguntarme si algún día nosotros, israelíes y palestinos, podremos emprender el mismo camino.”
Un día después de la paz tuvo una buena difusión en Israel, en particular en cineclubes, universidades y actos organizados por ONG. Pero Erez no se da por satisfecho. Montó una versión de 60 minutos y actualmente busca financiamiento con la ONU y fundaciones privadas para poder presentarla en todas las escuelas del país.
Y confiesa otro sueño: que su documental recorra América Latina. Está convencido de que tendría particular resonancia en ese continente que fue –y sigue siendo– desgarrado por la violencia.








