El Verdi de Minería

Durante las vacaciones de verano, la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM) es, de entre todas las demás que operan en nuestra ciudad, la única alternativa para poder escuchar música llamada clásica.

Integrada por algunos de los mejores músicos que forman parte de los otros conjuntos sinfofilarmónicos del D.F. y unos pocos de las del interior como la de Xalapa, Veracruz; la de Minería se vuelve así en una buena aunque efímera posibilidad de remanso musical durante ocho semanas al año, como viene ocurriendo desde hace 35.

Su temporada actual, que se prolongará hasta el primero de septiembre, se inició la semana recién pasada con una Gala Verdi, para aunarse así a la celebración mundial por los 200 años del nacimiento de este imprescindible compositor.

Con el Coro del Teatro de Bellas Artes (vulgo, Coro de la Ópera) como invitado, y la participación solista de la buena soprano rusa María Gavrilova, la Gala fue, sin embargo y deleitosamente para los escuchas, algo diferente a lo manido en conciertos de este tipo.

Si bien es cierto que se inició con la obertura de La fuerza del destino y el obligado encore fue el infaltable “Va pensiero”, el cuerpo del concierto resultó totalmente distinto y, para muchos, una total sorpresa porque no conocían algunas composiciones. Como primera providencia se incluyeron tres aves marías y otras tantas piezas dedicadas también a la virgen María aunque no tituladas “Ave”.

Con excepción de la mencionada obertura y la de Nabucco, todo lo demás fue música religiosa. Aunque no popular ni lo más conocido y gustado de Verdi como serían, por ejemplo, Traviata, Rigoleto o Aida, este programa de Minería nos permitió, justamente por lo dicho anteriormente, conocer y disfrutar a un Verdi diferente pero igualmente magistral. Un compositor que sabía perfectamente cómo abordar la música religiosa y elevarla a grandes alturas tanto en lo instrumental como lo vocal, y combinar a ambas con igual maestría.

Bien se mostró esta nueva Orquesta Sinfónica de Minería (cada año es diferente aunque muchos de sus integrantes repiten) en su inauguración. Bajo la dirección de su titular, Carlos Miguel Prieto, la OSM mostró cohesión, equilibrio entre sus secciones y buen ánimo, eso que muchas veces no está presente pero que, sin duda, marca la diferencia entre uno y otro concierto. Hubo fallas, por supuesto, como trompetas no del todo seguras por momentos, pero el balance general es positivo.

Naturalmente, una buena parte del peso de la audición recayó en el coro que actuó bajo la dirección huésped de Pablo Varela, joven maestro mexicano egresado de, justamente, el Conservatorio Giussepe Verdi de Milán, quien supo guiar bien cada parte y sección coral entendiendo y haciéndolo entender que no todo es ópera, que la música sacra requiere una emisión distinta y, aun entre ella, una cosa es, por ejemplo, un Ave María corta y laudatoria, y otra la solemnidad de un Te Deum y ya no digamos la dolorosa grandiosidad del Stabat Mater.

Por su parte, la Gavrilova mostró su buena escuela, el manejo por demás adecuado de la mezza voce y, afortunadamente dado el repertorio escogido, unos pianísimos realmente deliciosos que, más tarde leyendo el programa de mano, nos enteramos de que el New York Times calificó de “sorprendentes”.