Mientras los especialistas y las autoridades sanitarias deliberan sobre la forma más adecuada de atender la compulsión por el juego –cada vez más extendida entre quienes frecuentan cualquiera de los 22 casinos de la ZMG–, Proceso Jalisco visitó algunos y comprobó que muchos de los clientes son personas de la tercera edad y amas de casa. La mayoría dice estar contenta con esa nueva manera de divertirse, viajar, convivir y, si les va bien, hasta ganar un poco de dinero.
La instalación de 22 casinos durante las administraciones panistas en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) –11 en Zapopan, nueve en Guadalajara y dos en Tonalá– sólo trajo multimillonarias ganancias a empresarios y promotores, y enormes pérdidas para los ciudadanos y ludópatas.
La mayoría de quienes frecuentan ese tipo de establecimientos –cuyas instalaciones carecen de ventanas, áreas para fumadores y su iluminación y medidas de seguridad no son las apropiadas– son personas de la tercera edad, pensionados o jubilados, aunque también acuden amas de casa y jóvenes, según constató Proceso Jalisco durante un recorrido.
Para ingresar a las casas de juego, personal de seguridad somete a los visitantes a un minucioso escrutinio: a las mujeres les revisan sus bolsos, mientras a los hombres les aplican un detector de metales para evitar la introducción de algún arma.
En el interior las luces de neón se combinan con las intermitentes que provienen de las máquinas tragamonedas; el piso está alfombrado y abundan los espejos y las cámaras de vigilancia en la parte superior. Cada casino tiene su restaurante-bar, donde suele haber promociones y retener a la gente el mayor tiempo posible.
En el área de cajas los jugadores adquieren las tarjetas para jugar en cualesquiera de las centenas de tragamonedas desplegadas en el escenario. Y cuando se les agotan sus fondos, no necesitan ir de nuevo a la caja pues los empleados, solícitos, les ayudan a recargarla.
Acuden personas de diferentes clases sociales, quienes durante horas permanecen atentas a las pantallas de los multijuegos. Entablar una conversación es casi imposible; apenas responden a las preguntas o evitan hablar acerca de la ludopatía. Y aunque la mayoría acude todos los días, niega tener ese impulso patológico e intenta justificarse. Algunos aseguran que pierden alrededor de 200 pesos.
Silvia Rodríguez, un ama de casa de 54 años, suele visitar el casino situado en el corazón del Mercado de Abastos. Descubrió el gusto por él hace seis meses, cuando ingresó por curiosidad al establecimiento. “Sólo acudo cuando voy de compras”… es decir, cinco veces a la semana, aunque últimamente también va los sábados.
“Ya hasta invité a mi hija para que me acompañe. Pero eso sí, nos ponemos un límite de 200 pesos cada una”, comenta. Los días buenos llega a ganar incluso 400 pesos o miles de bonos: “Si te quedas en una sola (maquinita) es poco probable que ganes. Para mí la suerte no existe, sólo es cuestión de estrategia”.
Martha Bella, una jubilada del IMSS de 60 años, y Marcos López, su pareja, están “fascinados” con su nuevo estilo de vida. Ambos se divierten y algunas veces, según ellos, hasta salen ganando. Son clientes asiduos. En el casino pasan horas frente a las maquinitas. “Es muy divertido”, dicen.
Tienen sus límites: cada uno arriesga sólo 200 pesos por visita, ni un peso más. A cambio de ello, pueden adquirir comida y bebida a muy bajo costo. Un caldo de pollo, por ejemplo, cuesta 14 pesos y, comentan, se encuentran rodeados de confort y lujo.
Por lo general, ella asiste en las mañanas –“hay más opción de que las máquinas den dinero”–, aunque también ha ido los viernes y sábados por la tarde. “Te dan botanas gratis, café, refresco y cerveza. En verdad la pasamos muy bien. En un año hemos sacado como cinco veces 3 mil pesos”.
La ilusión de ganar
En diciembre pasado, Marcos López ganó un auto compacto en una rifa. Tuvo suerte de estar en el momento indicado cuando en el establecimiento sólo había 32 jugadores. Según él, se ha satanizado a los casinos, aunque no niega que muchas personas sí están dominadas por la ludopatía; incluso cita el refrán, según el cual “quien por necesidad juega, por obligación pierde”.
La pareja dice estar consciente de los ancianos que, aun enfermos van a los casinos con la ilusión de ganar. A ese lugar acude también un grupo de ocho amigas de la tercera de edad, quienes van a desayunar y a divertirse.
Una de ellas, Gabriela Díaz, recomienda ir a un casino cercano a Plaza del Sol donde tienen un sabroso buffet en 45 pesos: “Los domingos vale la pena ir a otro, el de la López Mateos, donde sirven un buffet de lujo por 100 pesos”. Su compañera Laura asegura que una de sus hijas trabajó en un casino en el cual “hay mayores posibilidades de ganar cuando está lleno”.
Los propietarios nunca pierden, dice Laura. “Si vas a venir, te recomiendo hacerlo de noche, cuando esté más lleno. Y si una máquina te da el gane, de inmediato debes cambiarte a otra”.
Cuando se le cuestiona a Laura por qué si sabe que hacen ese tipo de “trampa” sigue acudiendo. Con una sonrisa dice que por dos motivos: ya no prepara de comer y pasa un rato agradable con sus amigas antes de comenzar a jugar.
La mayoría de los casinos están en avenidas cercanas a centros comerciales y zonas económicas de clase alta. Este semanario detectó uno ubicado en avenida México, donde con frecuencia arriban camiones turísticos llenos de jubilados provenientes de otros estados.
Uno de ellos, don Salvador, viene de Tepic, Nayarit. Cada 15 días, él y el grupo al que pertenece rentan un autobús para venir a Guadalajara a jugar e ir de compras en los centros comerciales aledaños al casino. Aun cuando en su ciudad también existen estos centros de diversión, él prefiere “salir de la rutina”.
En la otra cara de la moneda está Paulina, quien estuvo a punto de perderlo todo, incluso sus 25 años de matrimonio, por su afición al juego, en el que encontró un refugio para superar su rutina, según cuenta.
Acompañada de un par de amas de casa como ella, comenzó a frecuentar los casinos. Al principio acudía una vez a la semana. Todo iba bien, pues ganaba y perdía, pero se complicaron las cosas y comenzó a perder, comprometiendo el gasto.
Las semanas siguientes asistía todos los días por la mañana. A veces iba al casino hasta dos veces al día, sola. No quería parar. Y así estuvo durante dos años. “Mi error fue echar mano de las tarjetas de crédito para seguir jugando”, dice; tenía la esperanza de reponerse en el juego.
Llegó a gastar entre mil y 2 mil pesos diarios. La situación se tornó insostenible cuando vendió sus primeras alhajas de alto valor. Pensó que su familia no se daría cuenta; se equivocó, pues su paraja descubrió el faltante; surgieron las dudas, los celos. “Él creyó que tenía un amante –relata Paulina– y (pensó que ese) era el motivo de mi cambio, de mis gastos y de mis problemas financieros”.
Hoy, Paulina recibe terapia psiquiátrica una vez por semana y sabe que su trastorno –la ludopatía– no se cura, sólo se controla. Su medicina consiste en no acudir a los casinos y llenar sus vacíos con actividades que en el pasado fueron placenteras. El amor de su esposo, dice, la mantiene a flote.
Hace un par de meses los propietarios de los casinos de Guadalajara y Zapopan colocaron letreros para sus visitantes, a quienes les advertían sobre los riesgos que implican las apuestas y se comprometían incluso a proporcionarles ayuda especializada.
Casos clínicos
Expertos en salud consultados por Proceso Jalisco consideran que la ludopatía ha crecido en la ZMG con la apertura de casinos, a los cuales acuden personas de todas las edades.
Daniel Ojeda, director del Instituto Jalisciense de Salud Mental (Salme), lamenta la ausencia de estudios de casos, lo cual impide saber la dimensión del problema. Por ello, adelanta, este año se modificará el sistema de registro de trastornos mentales para incluir aquel derivado de la compulsión por el juego.
Esa medida ayudará a elaborar una estadística detallada para atender a la población afectada: “Desde ahora, los médicos deberán incluir la ludopatía en el manual de registro de diagnóstico y estadística”, comenta.
Cada año, los centros de atención pública del estado atienden a 90 mil derechohabientes. En 2012, dice el entrevistado, ninguno fue atendido por esa compulsión. Según el director de Salme, el ludópata difícilmente acude a consulta, debido a que quien padece este mal se niega a aceptarlo.
Ese trastorno, incluido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su clasificación internacional de enfermedades, aún no puede cuantificarse en México por la falta de estudios, insiste Ojeda. El Centro de Atención de Ludopatía y Crecimiento Integral calcula que son 4 millones los afectados por esa compulsión, si se considera que en el país hay más de 700 casinos e innumerables centros de juego clandestinos.
De acuerdo con el Instituto de Investigación Psicología Clínica y Social (IIPCS), quienes juegan más de dos horas al día o lo hacen dos veces a la semana son considerados adictos al juego y sus pérdidas pueden ser importantes.
Algunos psiquiatras consideran la ludopatía como trastorno, no como adicción, de ahí la tendencia a incluirla como patología en el registro del Salme. La dependencia cuenta con un centro de estancia breve para atender a personas con episodios agudos de enfermedad mental, así como un centro de estancia prolongada con 265 camas para dar servicio a pacientes con enfermedad mental grave de larga duración.
También posee una unidad intermedia de rehabilitación, cuya finalidad es reducir la discapacidad causada por los trastornos mentales, para que el paciente alcance los niveles más altos posibles de funcionamientos personal, laboral y social, y un número telefónico –el 075– para ayudarlos en momentos de crisis.
A los 18 centros de atención existentes en el estado se sumarán otros módulos en Tepatitlán, Lagos de Moreno, Ocotlán, Zapopan y Guadalajara.
Para la maestra Oliva Yáñez Machorro, del Departamento de Enfermería Clínica Aplicada de la Universidad de Guadalajara (UdeG), cuando una persona es incapaz de controlar sus emociones por el juego, sufre una patología.
“El número de ludópatas ha crecido en los últimos años –dice–, pues cada vez más las personas tratan de llenar huecos, especialmente quienes disponen de tiempo libre y tranquilidad afectiva. Esa afección no respeta edad ni género, de ahí que en las casas de apuesta se vea a mujeres jóvenes y adultos mayores.
“Puede considerarse ludópata a una persona cuando comienza a aislarse de su familia y sus amigos y manifiesta su emoción por el juego, en el cual empieza a apostar cada vez más, aunque pierda; lo peor es que se aferra a recuperar lo perdido y regresa al día siguiente. Engaña a la familia diciendo que ganó o bien recurre a actos ilegales como la falsificación, fraude o robo para financiar su juego.”
A la pregunta de si es complicado dejar de ser ludópata, la investigadora de la UdeG responde: “En primera instancia se necesita de mucho apoyo familiar –la familia debe estar dispuesta a rescatarlo–. Si él decide abandonar (el juego) cuando ha tenido grandes pérdidas, debe estar convencido de ello; de lo contrario, la emoción le vuelve a ganar y recae”.
Según ella, “los niños y los jóvenes son más hábiles para el juego; juegan sobre todo en internet, donde hacen grandes apuestas, aun cuando sean ficticias… Se están ejercitando y es posible que más adelante quieran jugar en serio”.
En este momento más de 2 millones de mexicanos requieren tratamiento por su dependencia a los juegos de azar, sobre todo a las máquinas tragamonedas.
Vista jurídica
El profesor Antonio de Jesús Mendoza Mejía, quien imparte clases en la Facultad de Derecho de la UdeG, indica, con base en datos de la Secretaría de Gobernación, que los casinos crecieron de manera desproporcionada durante los sexenios de los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón.
“Los podemos detectar en las avenidas Ávila Camacho, Américas, López Mateos y México, incluso en el centro de la ciudad. Se autorizaron indiscriminadamente por parte del municipio y de la Secretaría de Gobernación.”
Las casas de juego tienen altos rendimientos por una razón: “Ningún ser humano puede ganarle a una máquina”. Todo eso implica, dice, “una codependencia sobre el juego, y éste permea la salud y la economía de la persona que juega”.
–Algunos casinos han sido clausurados por no cumplir los requisitos, como el Capri –se le plantea.
–El ayuntamiento lo cerró porque carecía no sólo del permiso municipal, sino del permiso federal. No obstante reabrió sus puertas poco después. No creo que haya llegado al amparo administrativo; creo que se dio la simulación jurídica para abrir las puertas.
–¿Simulación jurídica?
–La mordida, esa es la simulación jurídica.
Según Mendoza, es necesario regular el funcionamiento de los casinos. “Tenemos que trabajar en comunidad, un sistema jurídico jalisciense y mexicano, para regular los casinos y las casas de juego que corrompen la buena marcha de la ciudadanía.
“La actual regulación no es suficiente, se necesita que el aparato municipal, desde el punto de vista jurídico, sea parte fundamental para que gobernación emita la licencia siempre y cuando sea viable ese tipo de consumo.”
–¿Sería necesario regular que las personas pierdan su patrimonio?
–El gran problema es una regulación sobre el patrimonio familiar desde el punto de vista civil y económico; es un punto fundamental. Si no se promulga una ley para la defensa del patrimonio familiar, muchas personas van a quedar en la calle a causa de la permisibilidad del estado y la federación ante esas prácticas leoninas. Se tiene que regular, si el Código Civil contempla la defensa del patrimonio de la familia en tanto sea gastado en casas de juego.
–La gente podría alegar que es su dinero y sabe en qué se lo gasta.
–Sí, pero hay un compromiso en el patrimonio de la familia, después viene la diversión.








