El regreso de los generales

Paradojas de la política egipcia: grupos y organizaciones que fueron duramente reprimidos por los militares cuando se les enfrentaron en aras de “la revolución y la democracia”, apoyan ahora el golpe de Estado que la cúpula de las fuerzas armadas orquestó contra el presidente Mohamed Morsi, líder de los Hermanos Musulmanes. Un año después de que ganó las primeras elecciones democráticas en Egipto, Morsi no había logrado superar los problemas económicos del país y había roto promesas y alianzas con los sectores que lo apoyaron… Se quedó solo y los generales aprovecharon el momento.

Tres jóvenes egipcios alzaban carteles hechos a mano para que los vieran quienes conducían por la avenida Talaat Harb, en el centro de El Cairo, una de las ciudades más ruidosas del mundo, donde para ganarse el derecho a avanzar es indispensable mantener apretado el claxon. Su mensaje era: “Si apoyas a los ikhwan (Hermanos Musulmanes) toca la bocina”. Provocaron así un silencio extraño, antinatural y fuera de lugar en esas horas tempranas de la tarde de un martes, en el que se pudieron escuchar los gritos de personas indignadas que exigían “¡yaskot, yaskot (el presidente) Mohamed Morsi!”, “¡abajo, abajo Mohamed Morsi!”

La escena, que se repitió muchas veces durante los pasados abril y mayo, fue el preludio de las concentraciones de protesta del 30 de junio, las más grandes de la historia de Egipto, mayores aún que las de repudio a Hosni Mubarak, derrocado hace dos años y medio. Era el aniversario, apenas el primero, de la llegada de Morsi a la Presidencia.

La amplitud del rechazo al gobierno de los Hermanos Musulmanes (HM), sin embargo, se exhibió con claridad en el momento en que anunciaba su derrocamiento el jefe de las fuerzas armadas, general Abdelfatah al Sisi: detrás de él estaban Mahmoud Badr, representante de los jóvenes que encabezaron la revolución de 2011, muchos de los cuales fueron detenidos o asesinados por militares; el patriarca Tawadros, de los cristianos coptos, quienes perdieron 28 compañeros cuando camiones blindados del ejército los aplastaron deliberadamente durante una manifestación; Ahmed al Tayeb, gran jeque de la prestigiosa Universidad Al Azhar, muchos de cuyos académicos y estudiantes estaban siendo perseguidos por soldados en ese mismo momento; e incluso Mohamed el-Baradei, del liberal Frente de Salvación Nacional, uno de los críticos más visibles de la gestión castrense.

Los dos años y medio de conflictos y caos económico que ya lleva Egipto se iniciaron con el esfuerzo para acabar con la serie de gobiernos de oficiales que empezó en 1952 y abrirle paso a un sistema democrático. Ahora grupos revolucionarios, organizaciones islamistas y sectores del antiguo régimen apoyaron el golpe militar que destituyó y encarceló al vencedor de los comicios presidenciales junto con centenares de sus correligionarios.

“El mensaje resonará alto y claro por todo el mundo musulmán: la democracia no es para los musulmanes”, sentenció Essam al Hadad, asesor del destituido presidente, en tono amenazador, pues la implicación es que esto provocará olas de terrorismo islámico. “A los islamistas les cuesta trabajo aprender el sentido de la democracia”, responde Said Nashar, joven politólogo y activista de la campaña Tamarrod (rebelde).

 

Revolución o golpe

 

“Lo que ustedes los periodistas occidentales no entienden es que esto no es un golpe de Estado”, reprocha Nashar la noche del miércoles 3. Estaba en la plaza cairota de Tahrir celebrando, con cientos de miles de personas, la caída de Morsi cuando debió salir de entre la multitud a buscar un sitio más tranquilo para responder la llamada de Proceso.

“Es una locura esto; la felicidad de todos es increíble”, dice. ¿Acaso tanto como la que se sintió en ese mismo sitio, el 11 de febrero de 2011, tras la caída de Mubarak? “Es muy grande, muy grande”.

Poco antes de aquel evento histórico, Nashar había criticado desde las barricadas del centro de El Cairo que los islamistas, tanto los HM como los más radicales salafistas, no se unieran a la revolución. Cuando lo hicieron los recibió con desconfianza y a la vez con satisfacción, porque fortalecían el movimiento que, finalmente, se alzó victorioso.

Meses más tarde, en noviembre y diciembre de 2011, jóvenes revolucionarios, liberales e islamistas combatieron hombro con hombro a la policía militarizada y las bandas de golpeadores de los felul (remanentes del antiguo régimen), en los enfrentamientos de la calle Mohamed Mahmoud, que desemboca en la plaza Tahrir. Exigían que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), que había tomado el poder tras la caída de Mubarak –uno de los suyos–, entregara el poder a los civiles y celebrara elecciones de inmediato.

Éstas se realizaron en dos rondas, el 23 y 24 de mayo y el 16 y 17 de junio de 2012. Las ganaron los HM. Ahora, un año más tarde, estos se quedaron aislados mientras la sede de su partido era asaltada y quemada y el CSFA daba un golpe de Estado. En Tahrir, Nashar celebraba con revolucionarios, liberales, salafistas… y grupos de felul.

“Mohamed Morsi se estaba convirtiendo en un nuevo Mubarak, pero de tipo religioso”, explica Nashar, “abortamos una dictadura islámica”.

Lo que cientos de miles de egipcios llaman revolución se ejecutó con partitura de asonada militar: el lunes 1 el ejército le dio al presidente 48 horas para dejar el poder; cuando el plazo expiró, el miércoles 3 a las 17:00 horas, columnas de tanques y pelotones de infantería ocuparon los principales edificios públicos y puntos estratégicos en todo el país, rodearon los lugares de concentración de los HM, tomaron la sede de la televisión pública, se apoderaron de los todos canales televisivos (incluida la cadena Al Jazeera) y detuvieron a decenas de periodistas.

Apresaron, por supuesto, al mandatario que estaban derrocando y a la dirigencia de su partido, y emitieron órdenes de arresto contra 300 personas más.

Después Sisi, a nombre del CSFA, anunció el nombramiento como presidente interino de un veterano juez de quien lo único que se sabía era el nombre: Adly Mansour (más tarde se difundió que tiene 68 años y fue asesor presidencial en 1970). Y adelantó que habrá elecciones y nueva constitución, sin precisar cuándo.

Para dejar claro su respaldo, las cuatro prominentes figuras que estaban sentadas detrás del oficial tomaron turnos para ocupar el podio.

“Apoyo el paso dado”, dijo Ahmed al Tayeb; “la gente de la calle ha pagado un alto precio por un futuro esperanzador”, recordó Mohamed el-Baradei, representante de la agrupación de líderes democráticos Frente de Salvación Nacional; para el patriarca copto Tawadros “todos nos hemos unido bajo la bandera egipcia”; finalmente, a nombre de la campaña Tamarrod, con la que jóvenes revolucionarios reunieron millones de firmas para destituir a Morsi, Mahmoud Badr aclaró: “No queremos excluir a nadie”.

El jueves 4 los periódicos se sumaron: “Bienvenido de vuelta, Egipto”, cabeceó Al Masry al Youm; el titular del Sherouk fue “El pueblo y el ejército ganaron”; y para despejar dudas, el Tahrir, creado a partir de la revolución, aclaró: “Es una revolución, no un golpe, Sr. Obama”.

 

“El momento vendrá”

 

El diario Libertad y Justicia, uno de los pocos medios ligados a los HM que no fueron acallados, destacó, en cambio, las manifestaciones en favor de Morsi: “El pueblo sale a las calles en defensa de la legitimidad”.

“Nos dijeron que la democracia es el respeto a la voluntad de la mayoría”, se lamenta Abi Amr, dirigente de los HM en Giza, la mitad de El Cairo al oeste del río Nilo.

Aunque no contestó el teléfono de su oficina, sino el celular, asegura a este semanario estar en un local de su organización, dispuesto a ser detenido si van por él. “Esto no lo hace el pueblo egipcio”, denuncia, “son los felul de Mubarak, apoyados por Estados Unidos e Israel, y ahora con la complicidad de los tontos, los oportunistas y los ateos. Lo que nos están diciendo es que el camino no es ganar los corazones y las mentes del pueblo, porque lo hicimos y ahora nos destruyen”, reclama. “La mayoría es nuestra, representamos a la gente, hacemos lo que ella quiere”.

No lo ven así muchos egipcios quienes recuerdan que en la primera ronda de las elecciones presidenciales Morsi obtuvo 24% de los votos frente a 23% de Ahmed Shafik, 20% de Hamdin Sabahi y cantidades menores de otros 10 candidatos. Sabahi era el más popular entre los liberales y revolucionarios, pero el sistema sólo permitía que los dos punteros pasaran a la segunda vuelta: el islamista Morsi y un político del antiguo régimen, Shafik. Había que elegir, pues, entre uno de los Hermanos Musulmanes y un mubarakista. Finalmente Morsi ganó con 51% de los sufragios.

Antes y después del 30 de junio de 2012, cuando Morsi asumió la presidencia, sus asesores decían: “Todo lo que queríamos escuchar, y nosotros lo queríamos creer”, recuerda un empresario europeo con negocios en El Cairo que prefiere no ser citado por su nombre. “En política se comprometían a todo, a respetar los acuerdos internacionales, por ejemplo, a proteger los derechos humanos, los de las mujeres… y sobre todo iban a restablecer la economía, era lo más importante… sólo hicieron lo primero”.

En un país que produce petróleo los conductores siguen haciendo filas de horas en las gasolinerías; el turismo no consigue recuperarse, con 11 millones de visitantes esperados en 2013 frente a los 14 millones de 2010; con 13.2%, el desempleo ha alcanzado su nivel máximo; la desnutrición infantil ha subido a 31% desde el 23% de 2005. Las reservas internacionales han caído 60%, hasta 15 mil millones de dólares.

El gobierno de Morsi jamás logró concretar un préstamo de 4 mil 800 millones de dólares que negociaba con el Fondo Monetario Internacional, porque carecía del apoyo político para llevar a cabo reformas que permitieran el crecimiento de la economía: necesitaba la ayuda de los partidos a los que estaba excluyendo.

Pese a que los HM prometieron en 2011 que no se aliarían con los salafistas para imponer una Constitución islámica en Egipto y que optarían por llegar a acuerdos con los partidos liberales, llegado el momento hicieron lo contrario: formaron una asamblea constituyente de predominio islamista y se negaron a escuchar a las agrupaciones laicas, liberales y de cristianos, lo que provocó que éstas renunciaran al órgano legislativo.

Finalmente, los HM, los salafistas y sus aliados aprobaron una carta magna a su gusto y consiguieron hacerla aprobar en referéndum.

“Mucha gente votó por Morsi para no votar por el felul Shafik, para impedir que los mubarakistas recuperaran con los votos lo que les quitamos en la calle”, afirma Amr al Fotouh, un estudiante de ciencias agrícolas y revolucionario que acaba de renunciar a la campaña Tamarrod por su apoyo al golpe de Estado.

Fotouh desconfía más de los militares que de cualquier otro sector, pero señala que “los Hermanos Musulmanes creen que eso les dio un mandato para hacer lo que quisieran con Egipto. Empezaron a dar pasos para prohibir las bebidas alcohólicas, encarcelaron a cristianos por supuestas ofensas al Islam, se manifestaron en foros internacionales contra los derechos de las mujeres… y acabaron excluyendo a sus propios aliados del gobierno, llenaron los puestos con su gente y no dejaron nada para los demás”.

La versión de que el descontento ha sido orquestado por los enemigos de los musulmanes fue desvirtuada cuando el golpe de Estado recibió el apoyo de Al Nour, el más importante de los partidos salafistas y el segundo del campo islamista, después de los HM.

“Democracia es formar consensos, negociar, incluir”, explica Said Nashar desde la plaza Tahrir. “Morsi no lo entendió”. Lo ha pagado caro. Y se lo han cobrado los generales. Por el teléfono se escucha que la gente canta “el ejército y el pueblo son la misma mano”, una consigna oficialista de antes de 2011. ¿Nashar cree que sea así? ¿Apoyar un golpe de Estado no coloca a Tamarrod del lado equivocado de la historia?

El revolucionario convertido en golpista duda. “Tal vez la historia no tenga lados. Tal vez sólo tenga momentos. Y cuando venga el momento de ver qué hacemos con los militares, pues… bueno, vendrá”.