Sixto Rodríguez, cantante y compositor mexicano-estadunidense, es un auténtico hijo de la fortuna, en torno a su vida todo sucede de manera caprichosa. Por casualidad, un par de productores lo descubrieron cantando en un bar en Detroit; creyendo encontrar a un nuevo Bod Dylan produjeron su primer álbum en 1970, Cold Fact, pero fue un fracaso, apenas se vendieron unas seis copias; por azar también, su música llegó de contrabando a Sudáfrica, donde se vendieron medio millón de sus discos, pero ni Rodríguez ni los productores se enteraron.
De la misma manera, por accidente, el sueco Malik Bendjelloul entró a una tienda de discos en Ciudad del Cabo y un hombre apodado Sugar le habló por primera vez de Rodríguez, músico de culto de quien nada se sabía, apenas que se había suicidado frente al público durante uno de sus conciertos; Bendjelloul decidió hacer una película acerca del enigma. Buscando a Sugar Man (Looking for Sugar Man) (Searching for Sugar Man; Suecia-Reino Unido, 2012) interroga, encuentra respuesta, y gana el Oscar y el BAFTA, entre otros premios, al Mejor Documental.
La figura de Rodríguez que emana en la primera parte de la cinta, a partir de entrevistas tanto a los detectives y periodistas musicólogos como a aquellos que lo conocieron de joven, fotografías y algún video, es la de un poeta maldito. De pelo largo que le cubre el rostro, lentes oscuros, escurridizo ante la cámara, Sixto Rodríguez sorprende con la fuerza de su poesía urbana, la melancolía del artista de la calle que mira la injusticia y la impotencia en la industrializada Detroit de los sesenta.
Trabajador de la construcción, Sixto aspiró al éxito pero se acomodó en el fracaso, en la sombra. Sugar Man se refiere al vendedor de heroína que vende naves mágicas, conectes, coca, y Sweet Mary Jane; el track del disco con la canción de donde proviene el título fue rayado por la censura durante el gobierno del apartheid en Sudáfrica.
Buscando a Sugar Man descubre a este fascinante personaje, oscila entre la tragedia y el cuento de hadas, y de paso ofrece una mirada a una realidad desconocida sobre el apartheid fuera de Sudáfrica, la manera en que los jóvenes blancos fueron también sometidos a la represión cuando la televisión llegó a estar prohibida, sin noticias de lo que pasaba en el resto del mundo; sin contacto con las vanguardias musicales, las canciones de Rodríguez se convirtieron en himno de rebeldía.
La técnica del documental se ve simple, el director experimenta poco, apenas un poco de animación, las entrevistas son directas, preguntas y respuestas suenan de manera simple pero sincera, entusiasmada; sólo un entrevistado, a cargo de una compañía discográfica, se muestra elusivo, a punto de volverse agresivo, cuando se le pregunta sobre las ganancias de esos cientos de miles de discos. La unidad del documental proviene del suspenso en torno a la identidad y personalidad del músico, de la ironía del destino; Malik Bendjellul supo que el material que manejaba se iba a desbordar solo, que décadas y continentes enteros podían condensarse en unas cuantas canciones con la historia del Sugar Man.








