Jesús González Dávila, uno de los dramaturgos más significativos del siglo XX, acaba de cumplir 13 años de ausencia de la vida teatral mexicana. A pesar de su muerte sus textos teatrales han saltado al siglo XXI dado que su estilo, sus formas dramatúrgicas y sus temáticas siguen vigentes. La vigencia es inevitable frente a nuestra sociedad que hace que los marginados, los desposeídos, a los que ya no les importa lo que tienen que perder, son testimonio ineludible de la podredumbre mexicana.
La producción dramática de González Dávila es vastísima, pero destaca por la que más se le conoce, De la calle, dirigida por Julio Castillo en los noventa y que se adaptó al cine con gran éxito; Tiempos furiosos, el último montaje que presenció y fue protagonizado por Víctor Carpinteiro y Alberto Estrella; Sótanos, estrenada en el Foro Shakespeare en los ochenta, y Crónica de un desayuno, que posteriormente también fue llevado a la pantalla grande. Entre sus textos infantiles más inclementes están Los niños prohibidos, que dio funciones en el teatro de Radio UNAM, y Polo pelota amarilla, premiada por la Sogem en 1978 y puesta en escena bellamente por Philippe Amand.
Los textos de González Dávila se difunden a través de editoriales o diversas antologías aisladas. Él había conseguido publicar sus obras completas en dos tomos, pero desgraciadamente quedaron guardadas en el sótano de la casa de su mujer y en las bodegas del gobierno que las publicó.
Jesús González Dávila fue un dramaturgo que trabajó intensamente cada una de sus obras en cuanto a situaciones, personajes y, sobre todo, lenguaje. Manejaba peligrosamente el realismo poético, y a sus personajes, que rayaban en lo escatológico, los elevaba a un rango mayor al dotarlos de singular modo de hablar. A ellos, desposeídos de cualquier privilegio, les daba el don de la expresión. Ya fuera en lenguaje soez o en tono evocativo, ellos adquieren con su forma de tratamiento una dimensión nueva para que el público se conmueva.
Las estructuras de sus textos dramáticos son, por lo general, sólidas. En Tiempos furiosos, por ejemplo, utiliza sólo cuatro muebles para mostrar cuatro historias que poco a poco, al mezclarse, forman una sola y el espacio se unifica. Los remates de cada escena, tal es el caso de De la calle, son memorables: finaliza con una palabra contundente, con una liga para la siguiente escena, con un chiste o con una esperanza. Las trayectorias de los personajes no siempre se quedaban en las obras: Con Pastel de zarzamoras inicia el recorrido de una familia a cuyos integrantes se les va descubriendo en sus obras sucesivas: Muchacha del alma, la jovencita que quería ser cantante, El jardín de las delicias –que próximamente dirigirá Franco Guzmán–, en la que uno de los hijos está en el psiquiátrico. Ahí, los personajes reales e imaginados se mezclan y pueden salir tanto de un armario como de una simple puerta.
González Dávila nunca fue afín a las instituciones ni a los políticos culturales ni a las mafias que dominaban los puestos públicos. Su carácter explosivo y radical a veces le obstaculizaba el que sus obras se llevaran a escena. Ser dramaturgo no implica ser político, aunque muchos lo confunden. En él sus obras hablan por sí mismas.
Las realidades que Jesús González Dávila pintó en su momento parecían fuera de moda, cuando a finales del siglo XX lo que se quería escribir era sobre los niños bien; cool, light, leve y buena onda, con la intención de agradar al público, para que no sufra y vuelva al teatro. En este nuevo siglo, escribir sobre los marginados ha adquirido nuevos bríos y nuevas formas. En el transcurso del teatro mexicano contemporáneo, Jesús González Dávila sigue siendo una piedra en este camino que requiere de muchas de ellas para que pueda avanzar.








