La generación perdida

La detención de Rodolfo Ocampo por los abusos cometidos durante su gestión en el Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA) confirma los excesos de la generación de políticos que irrumpieron en la escena pública en 1995, cuando el PRI fue derrotado por el PAN.

Si bien las sociedades evolucionan para bien, en nuestro caso pareciera que retrocedimos en los últimos sexenios. Los miembros de esa generación –que militan en los diferentes partidos– se caracterizan por ser superficiales, proclives al consumismo, pobres en materia cultural y con una formación intelectual deficiente que se acentúa por su falta de sensibilidad social. Eso los diferencia de los líderes de las generaciones precedentes.

Asimismo, muestran un total desinterés por resolver las funciones prioritarias de gobierno en beneficio de la ciudadanía, como la mejora de la administración pública y la calidad en los servicios, lo que los convierte en pésimos administradores. ´Más todavía, se distinguen por su avaricia y ambición de poder, que necesariamente los lleva a cometer actos ilegales e inmorales.

Por lo que atañe a esos nuevos políticos, en Acción Nacional aparecieron como diputados locales y funcionarios durante la administración de Alberto Cárdenas, el primer mandatario de ese partido. Al principio se observaba su conservadurismo religioso, que poco a poco se transformó en abierto fariseísmo; algunos de ellos dejaron el olor a azufre a su paso por las sacristías. Provenientes de universidades privadas, se mostraban recatados cuando llegaron a sus primeros cargos públicos, pero una vez integrados a la estructura de gobierno dejaron atrás sus escrúpulos, enloquecidos por un irrefrenable afán de enriquecimiento.

Con los años descubrimos cómo esa generación –cuyos integrantes no sólo militan en el PAN, debe subrayarse, sino en todos los partidos– creció y arrasó con gobiernos y presupuestos, como la bíblica plaga de la langosta. Incrédulos, también observamos cómo administraron los bienes como si fueran patrimonio propio; se mostraron indolentes en su gestión, dilapidaron los exiguos recursos y, sin remordimiento, endeudaron a las administraciones.

Mucho del dinero se desvió al financiamiento de sus propias campañas o las de sus facciosos compañeros de partido. Sin recato, se embolsaron –muchos siguen haciéndolo– dinero para invertirlo en mansiones y bienes en busca de una legitimidad social. Esas compras de bienes para el gobierno y la ejecución de obra pública han sido realizadas en su mayoría a capricho o interés de los negociantes de la administración pública.

La mayor sorpresa y desconcierto lo llevan quienes dedicaron años a crear un partido de valores morales apegados al catolicismo, como acto de fe. De forma brutal también, quienes crearon esa institución utópica llamada Partido de Acción Nacional fueron desplazados por los mercaderes, surgidos como parásitos de las propias instituciones conservadoras, Iglesia, universidades y partido.

Este fenómeno también se observa en el PRI, partido que perdió el poder en 1995. Los jóvenes herederos del priismo empezaron a obtener triunfos en las urnas los comicios posteriores, lo que engolosinó su apetito y avaricia; mucho tuvieron que ver sus antecesores, quienes aun sin conocerlos –ni entenderlos– los alentaron a buscar triunfos y les hicieron sentir que el futuro era de ellos. Caro lo pagaron los promotores que quedaron a merced de una generación inescrupulosa y sufrieron la misma suerte que los pilares de Acción Nacional.

Caminan en medio de escándalos y administraciones fallidas. La función pública dejó de ser el eje central del trabajo de gobierno para acomodar a incondicionales y los elementos de gobierno se convierten en instrumentos electorales. De esa manera, las vocaciones de liderazgo y solidaridad social se transformaron en instrumentos de promoción personal, culto a la personalidad y acumulación de riqueza.

Con desprendimiento de distintas corrientes se generó lo que hoy conocemos como manifestaciones de la izquierda. Inició el grupo que se apoderó de la Universidad de Guadalajara a través de liderazgos estudiantiles y que mostraron complejos de insatisfacción oral a través de sus ansias de acumular riqueza, por lo que hicieron de la institución fuente de inagotable saqueo. Con el tiempo surgió otra corriente, que si bien se formó en la cantera del PRI, al buscar la gubernatura tejió alianzas con facciones de distintos colores. A pesar de su vertiginoso crecimiento o quizá a causa de él, no logró consolidar la estructura de cuadros que le permitiera disputar el gobierno a quienes sostenían la bandera del PRI.

Esta corriente que se asume de izquierda aún busca nuevos espacios. Sin embargo, tiene severos problemas en las administraciones municipales, generados a partir de liderazgos inmaduros y débiles que se manifiestan en conflictos internos y políticas erráticas, lo que les ha limitado la posibilidad de convertirse en alternativa electoral.

Las nuevas generaciones han caminado por vías distintas a las de sus antecesores. Los del PAN, que rondaban el puritanismo político, tenían a su favor valioso bagaje intelectual, objetivos definidos de moral pública y calidad humana; ahí están los ejemplos de Efraín González Morfín, Gildardo Gómez Verónica y Alfonso Díaz Morales, recientemente fallecidos.

En el PRI es prácticamente imposible que alguno de los personajes en formación tenga el empaque de un Flavio Romero de Velasco para realizar el cambio histórico que el estado requiere; la fuerza y habilidad para crear una nueva clase política, como Juan Gil Preciado, o el potencial creador de Agustín Yáñez para generar un nuevo concepto de cultura jalisciense.

La generación que adoptó la izquierda como bandera está muy lejos de tener la sensibilidad social y la visión histórica a favor de las clases marginadas, que caracterizó a los líderes de la primera mitad del siglo XX; tampoco están en posibilidad de lograr la estatura de liderazgo histórico de Guadalupe Zuno Hernández, la dimensión de estadista de Silvano Barba González o la erudición de Enrique Díaz de León.

Utilizamos el término de una corriente de genialidad literaria e intensidad poética –producto de la Primera Guerra Mundial, a cuyos integrantes Gertrude Stein llamó “La generación perdida”– para contextualizar como paradoja a una generación de pequeña estatura, vocación mercantil y fracaso como administradores públicos y liderazgo social.