“Panorámica. Paisajes 2013-1969”

Decepcionante por la ausencia de una sólida narrativa curatorial que interprete los vínculos entre la creación artística contemporánea y la naturaleza, la exposición Panorámica. Paisajes 2013-1969, que se presenta en el Museo del Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México, se percibe como un catálogo o acumulación de firmas legitimadas y promovidas en el mainstream.

Integrada con aproximadamente 109 piezas de diversas disciplinas, realizadas por 73 autores nacionales e internacionales nacidos entre 1920 y 1981, la muestra detona más cuestionamientos sobre el funcionamiento del sistema artístico que sobre el género contemporáneo del paisaje.

Constituida en su mayoría con obras provenientes de galerías de relevante presencia ferial, instituciones de prestigio global y colecciones reconocidas, la exhibición confirma que en el arte contemporáneo el valor no se encuentra en la propuesta creativa, sino en la empresa que vende, compra o difunde la firma.

Curada por Itzel Vargas (directora del museo hasta el pasado 31 de mayo) y Sylvia Navarrete –recientemente nombrada directora del Museo de Arte Moderno–, la exposición, aun cuando contiene autores tan famosos como Olafur Eliasson, Bill Viola, Chris Ofili, Bernd y Hilla Becher, Peter Doig y Tacita Dean, entre otros, no genera grandes sorpresas. Como en muchas otras exposiciones, las principales firmas participan con obras menores o discretas, como los pequeños pasteles de Doig y la pintura Procesión durante el solsticio en la Era de Magdalena  (2001)  de  Verner  Dawson, la  cual  es  casi  idéntica  a otra realizada un año antes.

Definida curatorialmente en un rango temporal que parte de 1969 por considerar que la primera expedición del hombre a la luna transformó la percepción del espacio, Panorámica se divide en cinco núcleos temáticos que sintetizan la narrativa curatorial: Estaciones, Árbol, Aire de agua, Escenarios, Evasión.

Carente de la una estrategia básica de comunicación museística que, con cédulas de sala y material impreso, permita comprender la relación entre los temas y cada una de las obras, la exposición se mantiene en la superficialidad de lo visible, soslayando la intensidad psicológica, las referencias culturales, la problematización de la percepción y las metáforas de lo intangible que se materializan en algunas interpretaciones de la naturaleza. Convertir en simple agua las litografías de Roni Horn, en circunstancias climáticas la pintura de Jusidman o en árboles la arqueología industrial de los Becher, requiere explicaciones que rebasan la mirada.

Aun cuando la exposición no cuenta con muchas obras sobresalientes, en el conjunto destaca la enorme video-instalación con la imagen de un árbol en constante movimiento de Eija-Liisa Ahtila, prestada por la galería neoyorquina Marian Goodman, y, en el contexto mexicano, el poético glaciar de guata recortada de Mari José de la Macorra. Si bien por la constancia de su temática paisajística la participación de Phil Kelly puede ser apropiada, la inclusión de Roberto Turnbull, Julio Galán y Vicente Rojo es tan cuestionable como la ausencia de Sandra Pani con sus dibujos arbóreos o la de Antonio Luquín con sus fantasías urbanas.

Incómoda por la constante referencia a galerías y coleccionistas en la mayoría de las fichas técnicas, Panorámica confirma que en el arte contemporáneo los museos son los súbditos del mercado.