El 2 de agosto de 1970, en el suplemento Diorama de la Cultura, que bajo la conducción de Pedro Álvarez del Villar se publicaba los domingos en Excélsior, dirigido por Julio Scherer García, Rafael Rodríguez Castañeda publicó esta entrevista con Vicente Leñero como parte de una serie de conversaciones con novelistas, poetas y dramaturgos mexicanos, cuyo propósito era explotar no el alma de los autores sino las entretelas del oficio literario: cómo, dónde y cuándo escribían y hasta si lo hacían a máquina o a mano, cómo construían y bautizaban a sus personajes, si se apoyaban en la inspiración o en el rigor de la rutina, si les importaban o no el éxito y los premios… Antes y después de la entrevista con Leñero, desfilaron por aquella disección escritores como Gustavo Sainz, Jaime Sabines, Juan García Ponce, Luis G. Basurto y Sergio Magaña, entre otros.
¿Cómo y cuándo decidió dedicarse a la literatura?
–Es difícil determinarlo. En un principio, escribir es un atractivo inconsciente, un deseo conformado vagamente. Después, una vez que se comienza, uno comprende que sólo hay una forma de escribir: profesionalmente. No hay otra salida. Por mi parte, no sabría determinar cuándo ni dónde decidí hacerme escritor profesional. Un día me di cuenta de que, además de aprender a escribir, tendría que volverme malicioso.
–¿En qué medida son sus obras producto de la imaginación?
–Bueno, creo tener poca imaginación. Sólo puedo escribir de cosas que conozco. Únicamente de lo que me ocurre, o de lo que me interesa más directamente, más personalmente.
–Algunos escritores acostumbran tomar notas de hechos que posiblemente conviertan después en material literario. ¿Usted lo hace así?
–Nunca. No tengo cuadernos de apuntes. Lo que no se retiene en la memoria o en el ánimo, al menos para mí, no vale la pena de aprovecharse. Es cierto que muchas de mis obras han requerido una extensa documentación, pero esta necesidad surge a posteriori, cuando ya decidí el tema y el argumento.
–Hay la opinión, en ciertos círculos, de que usted es un artesano literario, por su excesivo afán de planear al detalle sus obras. ¿Qué piensa usted?
–Sí, soy un artesano. No me creo un artista. Trazo un esquema previo muy preciso de mis obras. Dicen que al escribir parece que utilizo compás y regla; yo considero esto más virtud que un defecto. El esquema inicial, claro está, se va modificando conforme voy escribiendo. Pero me sirve de apoyo básico. En ocasiones el esquema es mental. A veces me basta apuntarlo en un pequeño papel.
–¿Quiénes son los albañiles de su novela?
–Son personajes extraídos realmente de individuos que trabajaron conmigo durante los dos años que practiqué la ingeniería civil. No son estrictamente su calca. Pero sí conservan muchas de sus características. En un principio planeaba escribir una serie de cuentos con los albañiles como protagonistas en cada uno de ellos. Finalmente mi proyecto desembocó en la novela.
–¿Podría explicarnos su sistema para transformar a una persona real en un personaje imaginario?
–Sí. Tomo a un individuo, con sus características completas, y lo someto a un tratamiento que yo llamo de “deformación novelística”. Tiene como fin, esencialmente, adaptar el personaje a las características de los otros personajes de la novela, y a la estructura y al plan de esta misma, sin que por ello pierda lo fundamental de su carácter. En Los albañiles, el personaje más textual es el plomero. Sin embargo, tiene ligeras alteraciones con respecto al original.
–¿Qué le importa más, el asunto o la forma de expresarlo?
–Me he preocupado más por la forma de decir algo que por lo que digo. Pero el problema que más me interesa resolver es la estructura de mis obras: Quiero siempre resolver adecuadamente las reglas del juego en cada novela u obra de teatro.
–¿Es el problema estilístico fundamental para un escritor?
–Bueno, en mi caso es por lo menos muy importante. Soy un maniático de mi estilo, y muy meticuloso para corregir, lo que frena muchísimo el desarrollo de mis obras. Me molesta publicar un escrito sin someterlo a una amplia corrección.
–¿Le preocupa a usted hacer innovaciones en cada obra que emprende?
–Yo no diría eso. No hago innovaciones, pero sí realizo experimentos. Es mi característica. Me preocupa mucho no repetirme, no en cuanto al tema, sino en su tratamiento.
–¿No busca nuevos temas?
–Todo escritor tiene un solo tema, más bien un grupo de temas sobre los cuales borda siempre.
–¿Por qué decidió representar en un escenario el argumento de Los albañiles?
–Siempre creí que tenía muchas posibilidades dramáticas. Inclusive en un terreno exclusivamente material. Me fascinaba pensar en un escenario lleno con una obra en construcción.
–¿Por qué reescribió y reditó su primera novela, La voz adolorida?
–Estaba muy mal escrita. El nuevo original está ampliamente corregido, gramatical y estilísticamente. Además, el tema me seguía funcionando.
–Algunos escritores, como Hemingway, consideran que el periodismo perjudica a un escritor si lo practica simultáneamente con su oficio literario. ¿Coincide usted con ellos?
–No. A mí me gusta el periodismo. Me acostumbré a estar en contacto con la realidad. El periodista es un espectador, un testigo de la realidad, aunque se oiga pedante. Además, en mi caso, el periodismo me permite allegarme una buena cantidad de material literario. De todas formas, no creo en la división de géneros demasiado marcada. A sangre fría, por ejemplo, es un gran reportaje y una gran novela. No importa qué categoría alcance una obra ya terminada, con tal de que funcione.
–¿Existen en sus novelas personajes que lo representen a usted en alguna forma?
–Todos los personajes resultan proyecciones de uno mismo. Otros son el contrapunto.
–¿Admira usted en forma especial a alguno de sus personajes?
–No tengo personajes preferidos porque mis novelas no lo son de personajes.
–¿Reconoce usted la existencia de un simbolismo en su obra?
–Sí, pero no sabría decir en qué consiste. Todo lo que uno escribe tiene significado. Es decir, un algo dicho en forma velada, oculta. Y yo no soy el que debe descubrirlo. Si ese mensaje oculto se hace evidente, se rompe toda la magia de la obra.
–Ha obtenido usted dos premios literarios, su nombre es conocido en los círculos literarios, sus obras teatrales se representan ante un público numeroso; ¿se considera usted un escritor de éxito?
–No sé a lo que se llame éxito. Si se refiere usted a un éxito económico, soy un fracaso. Mis libros se venden poco. Para mí el éxito literario radica en que el escritor encuentre un lector –aunque sea uno solo– que se identifique en su obra, al cual ésta le comunique algo, le funcione; cuando son muchos los lectores que se identifican en esa forma con una obra sobreviene el éxito de público.
–¿Pero usted sí admira su propia obra?
–Tengo afecto por ellas, pero a ninguna la veo lograda totalmente. Esto me permite pensar siempre en una próxima obra. Si llego a escribir una novela o una obra de teatro perfecta, creo que dejaría de escribir.
–¿Hasta qué grado se reflejan en su obra sus propios sentimientos?
–Trato de que no influyan en lo absoluto. En esa pregunta radica precisamente uno de los grandes secretos del escritor, saber tomar el hilo de la narración y el estado de ánimo correspondiente al personaje de que se trata, sin importar sus propios sentimientos en su estado de ánimo. De otro modo resulta cómico: si alguien alegre inicia un capítulo que refleje su estado de ánimo, tendrá que esperar hasta volver a estarlo para poder continuar.
–¿A qué horas del día prefiere usted escribir?
–Prefiero las de la noche. Yo voy siempre de menos a más. Amanezco con las baterías bajas y las voy cargando conforme pasa el día.
–¿Cualquier lugar es bueno para escribir?
–Yo no puedo escribir más que en el estudio de mi casa. Y no necesito nada más que una mesa, una máquina de escribir, una ventana a la calle –esto es muy importante– y nada más.
–¿Usa, además de la máquina, lápiz o pluma para escribir?
–Siempre escribo a máquina.
–¿Escribe usted todos los días o sólo cuando tiene inspiración?
–No creo en la inspiración. Es un concepto romántico, ya superado. Escribo todos los días. Lo único que se necesita es tener la mente despejada.
–¿Revisa o altera usted muchos sus textos?
–Muchísimo. Rompo cuartillas continuamente. A veces rehago capítulos. Soy un maniático, como ya dije, de la corrección y el estilo.
–¿Desecha material?
–Por lo general, el veinte por ciento de lo que escribo.
–Algunos escritores se niegan a hablar sobre sus obras en preparación por temor a echarlas a perder. ¿Comparte usted esa opinión?
–No. Nada influye el que platique de mis trabajos en preparación. Comúnmente lo hago.
–¿Admitiría usted tener influencias de otros escritores?
–Probablemente las tengo, y muchísimas, pero no las localizo ni me importan. No admiro a ningún autor en especial.
–¿Lee usted mucha novela?
–Hace tres años dejé de leer novelas. En realidad, he perdido mucho el vuelo para leer. Precisamente hace unos cuatro años me afané por estar siempre al día en literatura. Ahora no me importan las nuevas modas ni los nuevos escritores.
–¿Pertenece usted a la mafia literaria de México?
–No, nunca he formado parte de sociedades secretas de escritores.








