El reto de los ayatolas

A partir de la doctrina velayat-e faqih se estableció en Irán un entramado jurídico-político que sometió la soberanía del pueblo a la autoridad de un líder religioso. Sin embargo, este sistema enfrenta los cuestionamientos de una generación de jóvenes que navegan en internet y reclaman empleo, mejores salarios y participación política. El periodista mexicano Témoris Grecko, colaborador de Proceso, analiza las peculiaridades del régimen de los ayatolas a partir de la crisis postelectoral de Irán en 2009. Lo hace en su libro La ola verde (2010), que ahora Libros del KO reedita en versión electrónica con motivo de las elecciones que se efectuarán en ese país el próximo viernes 14 y del que se reproducen aquí fragmentos.

La revolución iraní nunca logró adquirir una homogeneidad política y de discurso, a pesar de las sangrientas purgas de principios de los años ochenta y del aplastante liderazgo del ayatola (Ruholá) Jomeiní. Tras su muerte, fue todavía más difícil: los distintos grupos quedaron en libertad de enfrentarse cuando se colocó al frente de la República Islámica un personaje maquiavélico y sin legitimidad religiosa: el ayatola Seiyed Alí Jamenei.

En el chiismo, la secta musulmana dominante en Irán, los clérigos más respetados son los grandes ayatolas o maryás. Después vienen los ayatolas simples y, más abajo, los joyatoleslam. Cada grado se adquiere después de décadas de estudios y evaluaciones religiosas. Muy pocos llegan al nivel superior.

Cuando Jamenei era presidente de Irán (bajo la autoridad del ayatola Jomeini como líder supremo), él era sólo un joyatoleslam. Desde 1985 Jomeini había designado como sucesor al gran ayatola Alí Montazerí, quien había ayudado a diseñar y consagrar en la Constitución el sistema de gobierno que creó Jomeiní: velayat-e faqih, que significa “custodia del sabio juez”: El líder supremo, representante de Dios sobre la Tierra, vigila que el mal no descarrile las decisiones de las autoridades civiles y militares. Tenía sin embargo algunas diferencias con Jomeiní, pues no pensaba que el líder supremo debiera interferir con autoridad absoluta en los poderes Ejecutivo y Legislativo.

Después de varios roces, ambos ayatolas tuvieron una disputa­ mayor cuando Montazeri condenó las ejecuciones masivas de miles de prisioneros políticos que realizó el régimen en 1988, y además criticó la fatua (sentencia religiosa) con la que Jomeini condenó a muerte al súbdito británico Salman Rushdie, el autor de una novela sobre el islam, Los versos satánicos, quien a partir de entonces tuvo que vivir escondido (…) “La gente en el mundo está empezando a pensar que lo único que hacemos en Irán es asesinar gente”, dijo Montazeri.

Jomeini montó en cólera y desheredó al ayatola incómodo, quien eventualmente terminó en arresto domiciliario. Ante la inminencia de su muerte, la soledad del líder supremo era tal que, aceptando que ninguno de los demás grandes ayatolas compartía la visión totalitaria de la doctrina velayat-e faqih, cambió el artículo constitucional que requería que el líder supremo tuviera el alto rango de gran ayatola. Pero su deceso acaeció antes de que la reforma se aprobara, por lo cual Jameneí, que es todo un lobo de la política y maniobró para ser elegido líder supremo, tuvo que asumir la posición como “encargado temporal”. Se hizo investir de un día para otro con el título de ayatola, y en 1994, con el de gran ayatola.

Esto ocurrió unos 20 años antes de lo que sería correcto, según muchos clérigos, incluidos varios grandes ayatolas como Mojamad Shirazi, Jasán Tabatabái-Qomi, Yasubedín Rastagari y el propio Montazeri. Hasta el día de hoy, ellos rechazan la validez de estos súbitos ascensos y su condición de líder supremo.

 

La doctrina

 

Los zapatos de Jomeini le quedaron muy grandes a Jamenei, quien en estas condiciones carece del carisma y de la legitimidad religiosa de su predecesor. Él ha tratado de compensar estas faltas con habilidad política: mediante la repartición de prebendas ha forjado redes de aliados en los seminarios de Qom y en los Guardianes de la Revolución. Ésta es también su debilidad, porque para darles a unos tiene que quitarles a otros. Tal situación le crea enemigos, lo fuerza a buscar más apoyo en sus alianzas y lo deja expuesto a los vendavales de la política cotidiana. Algo demasiado comprometedor para quien ocupa el cargo de líder supremo y debería mantenerse por encima de disputas.

Lo que le hizo falta a Jomeini antaño, y ahora a Jamenei, es una tradición vertical y autoritaria como la que existe en la Iglesia católica. El líder supremo no es un Papa, el jefe de todos los obispos: es una figura política, la autoridad máxima del Estado civil, gracias a que Jomeini logró imponerlo así, pero entre sus pares religiosos es una autoridad entre otras.

Hasta 1994, Jamenei seguía siendo un ayatola, inferior en rango a cualquiera de los grandes ayatolas. Desde ese año, es equivalente a ellos, pero no superior. En el islam no existe un cargo religioso superior cuya palabra sea última e inapelable, no hay un gran patriarca que posea la verdad indiscutible. Jamenei puede poner en arresto domiciliario a Montazeri y a otros ayatolas y grandes ayatolas, pero para ello usa la fuerza política del Estado, no la religiosa: ellos siguen emitiendo declaraciones y fatuas, y desde sus casas censuraron, por ejemplo, el fraude electoral de 2009 y desconocieron la autoridad del presidente Mahmud Ahmadineyad (“Resistirse a las demandas del pueblo está prohibido por la religión”, dijo Montazeri en su página web aquel 21 de junio, y llamó al luto por los caídos).

En el Islam hay muchas voces, y no es raro que estén en desa­cuerdo. Ésa es una de las razones por las que, para muchos clérigos chiitas, la doctrina de velayat-e faqih es inaceptable.

En particular, en el chiismo los fieles tienen el derecho de elegir al maryá o guía que prefieran, aquel con el que se sientan mejor conducidos. Ni siquiera Jomeini pudo imponerse en un sentido religioso. Esto genera una competencia para atraer rebaños. Sin seguidores, los clérigos no tienen acceso al poder político e intelectual, ni al económico, que se da mediante subsidios y donaciones. Históricamente, esto ha forzado a muchos de ellos a alinear sus posturas con las del sentimiento colectivo prevaleciente. Por eso los movimientos populares pueden convencer a muchos de cambiar de opinión: hay que acomodarse a la mayoría o resignarse a perder influencia.

A este factor religioso se suma otro secular: la tradición pluralista del pensamiento iraní. Desde la antigüedad, ha sido normal la presencia de disidentes y críticos del sistema. Tras la llegada del islam, este espíritu prevaleció y los políticos son conscientes de que ni Jamenei ni la República Islámica tienen garantizado el apoyo del clero en su totalidad. El líder supremo tiene que buscar la forma de ganar amigos, y las prebendas son uno de sus instrumentos más efectivos. Por eso los mausoleos siempre están en construcción y aparecen nuevas mezquitas: los recursos del Estado fluyen hacia los clérigos. Y es también por eso por lo que buena parte del pueblo desconfía de ellos: cuando los hombres de religión se enriquecen en medio de la pobreza de los fieles, algo raro está pasando. Ésa es otra de las advertencias que hicieron los ayatolas que se oponían a mezclar religión y Estado,­ y que se han cumplido: el poder corrompe, y el Islam, como cualquier otra creación humana, está expuesto a su perversión.

 

“Baby boom”

 

En principio, el componente religioso del Estado iraní debería servir para mantenerlo bajo control. Pero la religión y la razón no son amigas. Los dogmas impiden que los principios de la vida religiosa coincidan con las necesidades de la vida cotidiana. La República Islámica impuso a la gente exigencias y restricciones que resultaron cada vez más obsoletas y contradictorias con respecto a la realidad de un Irán en modernización.

Aunque esto afectaba a la población en general, es particularmente escandaloso en el caso de las mujeres. Ellas estuvieron en las primeras filas de la lucha revolucionaria, lo que Jomeini siempre reconoció. Tras la victoria, no obstante, las despojaron de derechos de los que gozaban durante la dictadura.

Cuando tuvo lugar la guerra contra Irán, Jomeini buscó el apoyo femenino y las mujeres en chador formaron enormes batallones dispuestos al sacrificio. También participaron en la reconstrucción económica: aunque fueron expulsadas de los puestos gubernamentales, muchas de ellas hallaron refugio en actividades informales y en la iniciativa privada. Su contribución al presupuesto familiar se hizo cada vez más importante frente a la mengua de los salarios reales de los hombres, que muchas veces quedaban desempleados por las crisis de la economía.

La participación femenina en los espacios universitarios creció hasta conformar las dos terceras partes de los estudiantes. Las mujeres reciben menor paga que los hombres y tienen un campo limitado de actividades laborales en las que pueden participar, por lo cual están más motivadas que los hombres para buscarse mejores herramientas para la vida.

En este libro he incluido a muchas mujeres involucradas en la lucha política. Es un fiel reflejo de lo que ocurre, y no sólo se debe a la larga historia de protagonismo femenino en tierras iraníes, sino también a que las mujeres tienen un interés directo y urgente en la transformación de su país. Cuando comentaba con una amiga europea esa imagen que vi tantas veces en plena batalla, la de una madre acompañada de sus dos jóvenes hijas, ella respondió con un comentario que era tan obvio como para mí invisible:

–Es que yo tampoco quiero que ellas padezcan toda la vida la esclavitud que yo he padecido.

En Irán, las madres enseñan a sus hijas a pelear.

El otro grupo con un interés directo es el de los jóvenes. En Irán, más de la mitad de la población tiene menos de 30 años. Por sus valores religiosos, desde 1979, la revolución islámica puso énfasis en promover las familias grandes. Esto se sumó al éxito que tuvo en disminuir la mortalidad por la extensión de los servicios de salud. El resultado fue una explosión demográfica que eventualmente le crearía al país necesidades imposibles de satisfacer: educación, empleo, vivienda, servicios.

Jomeini y sus clérigos, para su propio crédito, reaccionaron de una manera que debería dar ejemplo a la Iglesia católica: la planificación familiar se convirtió en política de Estado a partir de 1989 y, con ayuda de expertos extranjeros, Irán desarrolló uno de los programas más efectivos del mundo. El líder supremo dijo que todas las parejas debían acudir a clases prematrimoniales en las que al hombre y a la mujer se les daban, por separado, consejos sobre cómo planificar la familia. Se promovieron los condones, la esterilización y otros métodos. Se dejó el aborto como cuestión personal. En auxilio de todo ello acudió la veloz urbanización, que implicó una reducción en el tamaño de la familia.

El daño estaba hecho, para su pesar. Los nacidos en este baby boom de 1979 a 1989, cumplieron en 2009 entre 20 y 30 años. Son los que participan masivamente, preguntan dónde está su voto, se ponen prendas verdes y se enfrentan a la policía en las calles. Los que quieren trabajos mejor pagados, o al menos un empleo, y poder tener una casa digna para vivir con su pareja (la edad del matrimonio, cuyo límite inferior bajó tanto para las mujeres por decisión del régimen, tiende a elevarse, porque las personas carecen de recursos para vivir juntos).

Ellos son también los que están al tanto de lo que pasa en el mundo. La aparición de internet coincidió en el tiempo con la llegada a la participación política de un número sin precedente de miembros de la generación que mejor lo puede aprovechar, los del baby boom iraní.

República vs. religión

 

Con su doctrina velayat-e faqih, el ayatola Jomeini creó la justificación doctrinal y el entramado jurídico-político para someter la soberanía del pueblo a la autoridad de quien en la práctica es un rey con título supuestamente divino, sin que el pueblo lo resintiera. Y el verdadero arte fantástico de Jomeini fue que primero codificó con técnica legal islámica y occidental lo que no es nada más que una monarquía absolutista (pues el rey retiene todas las facultades sustantivas), y después de que el país lo aceptó, se las arregló para ocupar el sitio él mismo. Es decir, se fabricó un trono a la medida, sancionado por Dios.

Hay quien pretende que las fórmulas políticas occidentales no tienen por qué considerarse necesariamente válidas para países como éste. Muchos iraníes los refutan, como Moshén Kadivar, un doctor en teología salido de los seminarios de la ciudad sagrada de Qom que tiene una gran influencia en el debate actual sobre la doctrina velayat-e faqih. En una conferencia que dictó en 2002, dijo: “Creo que la democracia es la postura menos errónea de acercarse a la política mundial. Por favor, que quede claro que la menos errónea no significa que sea perfecta o que esté libre de error. La democracia es producto de la razón, y el hecho de que haya sido utilizada en Occidente no excluye su utilidad en otras culturas: la razón se extiende más allá de las fronteras geográficas”.

El constitucionalismo puede no ser una creación iraní pero es, de hecho, un movimiento con hondas raíces en la cultura política del país. Entre 1906 y 1911 tuvo lugar lo que se conoció como “revolución constitucional iraní”, y gracias a su victoria se estableció una monarquía constitucional en la que los poderes del rey quedaban limitados por el Parlamento. Es decir, Irán es parte del añejo proceso de devolución del poder al pueblo, en el que poco a poco se les fueron retirando facultades a los monarcas hasta convertirlos, a los que quedan, en las figuras decorativas que son.

Esos tres elementos (democracia, Constitución, Parlamento) quedaron subvertidos por la doctrina de velayat-e faqih: el sabio juez representa un valor mayor que cualquiera de ellos, es la autoridad de Dios.

Ante el conflicto poselectoral (de 2009), Jamenei esperaba que su palabra forzara al pueblo a aceptar el torcimiento de la democracia y de la Constitución. El Parlamento era lo de menos, es normal que lo someta.

El Islam, como toda religión, es incompatible con el republicanismo. O la soberanía es del pueblo o es de Dios. Montados en las instituciones antidemocráticas de la República Islámica, los clérigos y sus aliados conservadores han frustrado una y otra vez abiertamente la voluntad popular.