El “opio electrónico” aniquila a los chinos

La adicción a internet es un problema que afecta específicamente a jóvenes y niños y que es más acusado en las sociedades altamente tecnificadas. En Asia destacan en ese rubro Corea del Sur, Japón y especialmente China, donde la política del hijo único presiona excesivamente a los adolescentes, sobre quienes se forjan expectativas inalcanzables. Para ellos interpretar el papel de emperador o superhéroe funciona como una especie de “opio electrónico”, que además es muy barato. El gobierno chino ya está dedicado a solucionar ese problema, pero las medidas que toma no son las más acertadas. A esto se agrega la proliferación de charlatanes que ofrecen curas casi milagrosas y que de vez en cuando lo único que hacen es matar a sus pacientes.

 

BEIJING.- Li Meng ha pasado los últimos seis años de espaldas al mundo y a la higiene, en contacto con los personajes que ve en la pantalla de la computadora en un cibercafé, que sólo abandona para comprar comida rápida y muy de vez en cuando para bañarse. Incluso pasó ahí las fiestas de Año Nuevo, cuando disfrutó de unas empanadas que le regaló el gerente del establecimiento. Prácticamente ya es parte del mobiliario de ese café internet de la ciudad de Changchun y los clientes habituales han aprendido a ignorarlo.

Hasta allá viajaron dos psicólogos que no consiguieron que abriera la boca y menos aún que despegara los ojos de la pantalla. Un reportero del Beijing Times tuvo mejor suerte: Logró que Li dijera que gana unos 2 mil yuanes mensuales (4 mil 150 pesos) vendiendo a otros cibernautas las contraseñas para pasar las fases de diversos juegos en línea y que gasta 500 (poco más de mil pesos) en el cibercafé. Su único lujo es su material de trabajo: Un joystick adornado con diamantes. Tiene veintitantos años, la palidez del enfermo terminal y una cabellera que exige un lavado.

Pero otros se veían peor. En 2011 Wang Gang estaba descolorido y delgado hasta la deformidad cuando murió de un infarto en el cibercafé de la ciudad de Wuhan, de donde no había salido en la última década.

Las noticias de muertes en cibercafés son el corolario de un problema al alza en China: La adicción a internet. Los jóvenes urbanos pasan 70% de su tiempo libre frente a la computadora jugando, comprando o socializando, según un informe de 2012 de la consultora McKinsey & Company.

China tiene la mayor comunidad de internautas del mundo. De los 550 millones de sus usuarios de internet (de los cuales 300 millones suelen jugar en línea) unos 24 millones son adictos, según datos del Centro Chino de Información sobre Internet dados a conocer el año pasado.

Pero la ambigüedad del término “adicto a internet” plantea discusiones. “Aún no existe una definición científica. Contar el número de horas que pasan ante la pantalla no es suficiente. Un indicador de la adicción es que el joven sufra creciente y grave ansiedad si no tiene acceso a la computadora”, comenta a Proceso, vía correo electrónico, Jing Jun, sociólogo de la Universidad Tsinghua de Beijing.

La sintomatología más frecuente incluye fracaso escolar (o incluso abandono de la escuela) y dificultad en las relaciones con la familia y los amigos. En los casos más graves se produce una distorsión de la realidad. También hace delinquir: 76% de los delitos juveniles fueron cometidos por adictos a internet, según la Oficina de Seguridad Pública de la capital china. La prensa local ha publicado casos extremos, como el de un asesinato para robar “ciberarmas” conseguidas tras semanas de juegos, o el de un joven que apuñaló a su madre porque ésta le negó dinero para ir al cibercafé.

“En China la adicción a internet está excesivamente medicada; se considera un trastorno mental y se trata en consecuencia. Cualquier ciudad tiene una clínica de tratamiento”, continúa Jing, quien señala el problema social de fondo: La falta de sintonía entre las expectativas familiares y la realidad.

“A algunos psiquiatras les encantaría reducir un problema social a una anormalidad psicológica”, dice a su vez –vía correo electrónico– Trent Bax, autor del libro Juventud y adicción a internet en China. El asunto, asegura, es un ovillo de raíces sociológicas, económicas, morales, políticas, interpersonales e intrapersonales que acaba llamando “adictos” a las víctimas de los tiempos actuales, es decir los de la apertura y la reforma en este país.

“Los padres quieren que sus hijos estudien mucho. Y cuando ven que dedican demasiado tiempo a jugar, se preocupan. Les piden a los profesionales que los curen de una adicción que ni siquiera entienden, cuando en realidad quieren que sus hijos no usen internet para el ocio. Si el joven está conectado 10 horas para sus tareas lo consideran un buen muchacho, pero si utiliza el mismo tiempo para jugar en línea, lo tachan de adicto a internet”, remata Bax.

La Asociación Estadunidense de Psiquiatría ha incluido el término “adicto a internet” en su Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (el más consultado por los psiquiatras de Estados Unidos), con la aclaración: “Para estudio más extenso”.

 

Atrapados en la red

 

La noche de un sábado en el centro de Beijing un pequeño cibercafé cerca del Templo de la Gran Campana tiene un ambiente que empuja al recogimiento. Apenas se filtran los guitarreos de la música en vivo del Club Temple, escaleras arriba, o los sonidos electrónicos y sincopados del Club Dada, en el local vecino, donde la comunidad extranjera interactúa con la china.

El café internet está en semipenumbra y los jóvenes están aislados por las estructuras de los cubículos y porque usan audífonos. Casi todos están enfrascados en los juegos en línea. “Con lo que me cuesta una copa en el bar de al lado puedo estar aquí toda la noche”, explica un muchacho que desliza sus dedos con ligereza sobre unas teclas que de tanto uso ya están borradas.

China tiene entre sus prioridades hacer de la red un ecosistema sano para su juventud. Persigue los rumores insidiosos, cierra páginas pornográficas y limita las horas ante los juegos en línea. Pero sus intentos han fracasado. Por ejemplo, introdujo un sistema que obliga a los usuarios a utilizar una identificación personal que expira después de cinco horas, y aleccionó a los dueños o administradores de los cibercafés para que echen a la calle a los más constantes, pero los usuarios se valen de identificaciones prestadas o simplemente se van a otro café internet.

China es el primer país en catalogar la adicción a la red como un trastorno médico e insta a la comunidad internacional a investigarlo. Quince organismos oficiales –el Ministerio de Cultura entre ellos– aprobaron un plan de estudio de tres años para desarrollar métodos eficaces para combatirlo.

“Aunque la adicción a internet se define por igual en todo el mundo porque usa los mismos criterios clínicos, el tratamiento chino es especial por su cultura y no funcionaría en otros países. En Estados Unidos el gran problema es la pornografía. En China son los juegos”, dice a este semanario –vía correo electrónico– Kimberly Young, psicóloga fundadora del Centro para la Adicción a Internet y pionera en el estudio de la materia.

 

Un toque militar

 

Del problema ha surgido el negocio. El año pasado había mil 567 terapeutas en 83 ciudades chinas. Ninguna clínica es tan célebre como la de Tao Ran, en las afueras de esta capital, al amparo del Hospital General Militar de Beijing.

Tao es un psiquiatra y militar condecorado con experiencia en tratar a heroinómanos y alcohólicos. El tratamiento con medicación, psicología y rigor castrense arroja un porcentaje de éxito de 80%, según la clínica. El propósito del tratamiento no es que huyan de las computadoras, sino que las usen de forma racional. No obstante, cuando están en el hospital, los jóvenes bajo tratamiento tienen prohibido tocarlas.

Ese cambio brusco provoca en los primeros días ansiedad y brotes de violencia. Las paredes del gimnasio están acolchadas para que descarguen su ira a puñetazos. Para evitar que huyan, la planta donde duermen –en habitaciones de seis literas y con olor a cuartel– está separada de las escaleras por barrotes a los que se abrazan enredaderas para atenuar un poco el aire carcelario. Pese a todo hay un clima relajado y alegre.

El horario elude el aburrimiento. Toque de diana las 6:15 horas y 15 minutos después ya están corriendo por el patio. Con el ejercicio y las maniobras en equipo se intenta que superen el sedentarismo e interactúen con sus iguales.

Aquí vienen los casos más graves: Un joven tenía puesta la capa de su personaje virtual cuando llegó; otros hablaban jergas incomprensibles. “Los padres los consienten demasiado. Ese favoritismo les falta en la escuela y ahí surgen los problemas de convivencia con los amigos. Por eso se refugian en la computadora. Si la relación paterno-filial no se arregla, el tratamiento fracasa”, explica Tao.

La desesperación de los padres ha estimulado el sector. Hay de 300 a 400 clínicas de desintoxicación de internet en China, donde se recurre a todo: hipnosis, acupuntura o hasta electrochoques. Algunas carecen de los requisitos básicos de profesionalidad.

Ya existía la sospecha de que en el negocio abundaban los farsantes y delincuentes antes de que Deng Senshan, de 15 años, muriera 10 horas después de que sus padres lo dejaran en una clínica de la provincia de Guangxi en 2009. Las fotos mostraron su cuerpo amoratado y con la cabeza ensangrentada por la paliza recibida al no ser capaz de correr cinco kilómetros. El contrato firmado por sus padres preveía el castigo.

Al menos otro cuatro menores murieron en otras clínicas que confundieron disci­plina con violencia. En esos años se labró la reputación el psiquiatra Yang Yongxin, conocido como Tío Tang, quien aplicaba descargas eléctricas a quienes comían chocolate, cerraban la puerta del baño, se sentaban en la mesa del director o vulneraban cualquiera otra de las 86 reglas del centro. La preocupación de los padres los hacía llevar a sus hijos a ese centro a sabiendas de lo que les esperaba.

La muerte de Deng obligó al Ministerio de Salud a ordenar el sector. Prohibió cualquier tipo de violencia y los electrochoques. La descargas eléctricas al cerebro son un técnica que en Occidente se reserva a las enfermedades mentales más graves y que casi está en desuso por los daños irreparables que causa.

Hay clínicas de todo tipo. Tao Ran ha ensalzado su acercamiento psicológico y ha criticado con dureza los excesos físicos de Yang Yongxin.

Pero para Trent Bax no hay diferencias sustanciales. Opina que han violado leyes nacionales e internacionales sobre derechos de la infancia y deberían ser perseguidos por torturas y otras formas de tratamiento cruel, inhumano y degradante. “Los obligan a ingerir drogas sin especificar, los encierran en solitario y los hacen admitir, con la amenaza del miedo o castigos, que están curados de su adicción (…) Eso debería hacer que todos los profesionales inclinaran la cabeza avergonzados y buscaran soluciones alternativas a los problemas de los jóvenes de hoy”.