Alfonso Mena: más allá de la pintura

A un cuando la propuesta creativa de Alfonso Mena se originó en la pintura de vocabularios abstractos, su obra ha trascendido la identidad pictórica convirtiéndose en extraños entes que se imponen por la seducción de su compleja originalidad visual.

Oscilantes entre la racionalidad de la reflexión pictórica, la sensualidad de los materiales y el control del gesto creativo, sus piezas transfiguran los límites de su objetualidad –el principio y el final del cuadro–, integrando no sólo la bidimensión con la tridimensión, sino provocando interferencias visuales que, sumando sensaciones, develan esa falsa profundidad de la cosa pintada.

Integrada con piezas realizadas entre 2004 y 2013, la exposición que presenta actualmente el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, bajo el título de Seducción, es ambivalente. Si bien la contundencia de su contenido se sostiene por sí misma, la narrativa curatorial realizada por Miguel Angel Rosas es confusa, forzada y se percibe como inexistente. Emplazada museográficamente sin criterios que den sentido a la selección, el guión mezcla fechas, poéticas y piezas arbitrariamente. Una decisión lamentable que inhibe la comprensión de una de las propuestas más interesantes del arte mexicano contemporáneo.­

Desde una perspectiva general y cronológica, en la exposición se descubre el desarrollo y madurez de la deconstrucción lingüístico-formal que caracteriza la obra de Mena (2004-2010 aproximadamente), y el inicio de una nueva etapa que se distingue por la transfiguración de códigos visuales considerados ordinarios o kitsch.

Conformada en su mayoría con telas de gran formato, numerosos papeles y algunos objetos, la exhibición evidencia la importancia que tiene la seducción en la creación del artista. Basada en la alteración de los estereotipos de la percepción, la seducción se genera a través de juegos visuales que resignifican lo visible y conocido, ya sea un empaste de encausto, una retícula dibujada, una mancha o un fragmento de corrector de máquina de escribir. Plagadas de veladuras y transparencias que al mismo tiempo que develan también cubren, sus obras son como una paradoja que exige ver más allá de la realidad formal y matérica de la composición.

Si bien no se explica en los textos museísticos, en la selección se perciben los cambios creativos del artista: el tenso y controlado protagonismo de los materiales, improntas y geometrizaciones en las obras realizadas en 2005 y 2006; la irrupción del movimiento con formas orgánicas en 2007; la suave sensualidad del color a partir de 2008; y, en la obra más reciente, la exploración del erotismo y la materialidad de la luz.

Además de las pequeñas vaginas de vocabulario figurativo talladas en relieve, la exhibición contiene dos propuestas que inciden en la relación entre luminosidad, brillo, realidad e ilusión: una espléndida instalación pictórica que transfigura la pintura monumental que expuso en el Proyecto Akaso (Proceso 1809) a partir de su reflejo en espejos, y varias piezas negras de pequeño formato trabajadas en terciopelo, encausto y óleo.

En conclusión, la obra de Alfonso Mena descubre que la verdad, en pintura, todavía puede inventarse.