Berlín, a 80 años de “La diversidad destrozada”

Durante los años veinte y principios de los treinta del siglo pasado Berlín era la capital europea de la modernidad. Escritores, dramaturgos, cineastas y actores proporcionaron a la ciudad una intensa vida cultural donde prevalecían la diversidad y la tolerancia. Ello se interrumpió de golpe con el ascenso al poder de Adolfo Hitler. El régimen nazi censuró obras, cerró teatros, cafés y cabarets y persiguió con saña a artistas. 80 años después de esos hechos, la capital alemana realizará eventos para rememorar “el año de la diversidad destrozada” y honrar la memoria de 200 personajes representativos de la cultura de aquella época.

BERLÍN, Alemania.- Estamos en esta ciudad, el 21 de enero de 1933, los nacionalsocialistas han llegado al poder…

 

En la cartelera del Teatro de la Gendarmenmarkt se anuncia, para ese día, un estreno singular: Fausto II, cuya fuente es el gran drama de Goethe, los papeles principales: Werner Kraus, como Fausto; Gustaf Gründgens, de Mefisto, y Hans Otto, arropando al Káiser.

Una semana después, el joven Hitler se convierte en canciller de Alemania y, un mes más tarde, su personificador y actor Otto es despedido de la compañía…

¿De verdad existió alguna razón para sacarlo? Sí: artísticamente no era sostenible… Y la última función de la pieza tendrá lugar el 23 de mayo de aquel año 1933.

Originario de Dresden, Otto era un actor políticamente activo y miembro del Partido Comunista Alemán (KPD, por sus siglas en alemán); en ese momento se desempeñaba como presidente de la sección Berlín de la Asociación de Trabajadores del Teatro y era delegado del Sindicato Alemán de Actores del Teatro.

Luego de su despido de los escenarios pasó a la clandestinidad; pero en noviembre del mismo año, las fuerzas de seguridad nazis lo detuvieron por el delito de “comportamiento comunista” y el actor fue sometido a interrogatorios y a golpizas en la central de la Gestapo (la policía secreta). Fueron 11 días de tortura en los que le pedían que delatara a sus compañeros de partido. En un momento en el que se encontraba inconsciente, Otto fue lanzado desde la ventana de un tercer piso para simular suicidio.

Murió el 24 de noviembre a causa de las heridas.

 

Germania transformada

 

Hans Otto forma parte de una inmensa lista de artistas, escritores y personajes vinculados a la cultura y el arte de Alemania –cuyos destinos se vieron violentamente alterados por el régimen nazi–, conformando el mosaico que hizo de Berlín la capital europea de la modernidad, la diversidad y la tolerancia en los años veinte y treinta del siglo pasado.

A propósito del 80 aniversario de la llegada al poder de los nacionalsocialistas y del 75 aniversario de La noche de los cristales rotos (noviembre de 1938), diversas instituciones culturales así como el ayuntamiento de Berlín designaron el 2013 como El Año de la Diversidad Destrozada; lo desglosa el pasado 14 de enero Klaus Wowereit, alcalde de Berlín, así:

“Apertura. Diversidad. Tolerancia. Son valores que cada uno de nosotros en su respectivo entorno debemos cuidar y proteger, el mensaje central de nuestro tema del año 2013. La diversidad del Berlín en los años veinte y treinta fue destruida por los nacionalsocialistas en poco tiempo y las graves consecuencias de la dictadura nacionalsocialista en la vida social son el contenido de un sinnúmero de eventos que tendrán lugar a lo largo de todo este año.”

Los proyectos y eventos girarán en torno a las biografías de 200 personajes que reflejaron la diversidad de Berlín en aquella época, entre ellos el físico y violinista Albert Einstein, el escritor y dramaturgo Bertolt Brecht y el actor Curt Bois; pero muchos otros, la gran mayoría, son desconocidos músicos, fotógrafos, poetas, artistas de cabaret y compositores; así como doctores, abogados y profesores.

Todo sucedía en el Romanische Café…

Hasta sus mesitas redondas, bien alineadas, se daban cita personajes de todo tipo: artistas, músicos, escritores, fotógrafos, bailarines, periodistas, boxeadores…

El antiguo café, que ocupaba la planta baja de un edificio en lo que hoy es el Europa Center, era el punto de referencia, y todo aquel que aspirara a convertirse en un artista reconocido sabía que éste era el sitio al que había que acudir. A lo largo de la avenida principal del barrio y en su periferia los berlineses contaban con una amplia oferta de salas de cine. Ahí se concentraba una décima parte de todos los cines de la ciudad y los principales estudios de fotografía: el de Yva, Frieda Riess o Lotte Jacobi.

El barrio vecino era el del comercio de arte, sitio donde se concentraban casi todas las galerías. Para la comunidad gay también había espacio. Uno de los sitios emblemáticos fue el club El Dorado, donde se realizaban shows de travestis, visitado con frecuencia por la mundialmente famosa actriz Marlene Dietrich.

La vida nocturna era intensa.

Tanto ahí como en el resto de la ciudad era posible encontrar en los kioscos publicaciones gay. La más famosa era Der Eigene (El único). Mención aparte merece el cabaret y teatro de revista, que encontró en Berlín el lugar ideal para su esplendor. Las ideas liberales y sin censura que trajo la República de Weimar abrieron la puerta a estos espectáculos en los que se combinaban la sátira política y el sexo sin tapujos ni prejuicios.

Die Katakombe, uno de los más importantes fundado por Werner Fink, presentó sus shows hasta 1935, en los que, incluso, aludió con bromas y comentarios sutiles a los nacionalsocialistas.

No es difícil predecir su final: similar al de todos los mencionados, el 10 de mayo de 1935, por órdenes del jefe propagandístico del führer, Joseph Goebbles, cerró y su propietario fue deportado a un campo de concentración. En cuanto al teatro político, el Piscator-Bühne y el Nelson-Theate fueron los dos sitios en los que se ejerció con mayor fuerza la crítica política desde el punto de vista comunista.

Para el Tercer Reich, este ambiente plural, colorido y poco homogéneo de Berlín era “depravado”, y muy pronto empezaron a equipararlo con lo “judío”, y a reprimirlo con saña.

Primeros golpes

 

Según Bjoern Weigel, coordinador del proyecto La Diversidad Destrozada, la grandeza cultural que privaba en el Berlín de los veinte se puede ver en dos niveles:

“En primer lugar, la oferta cultural, que por sí misma era superior a la del resto de Alemania: en ningún otro lugar había tantos artistas y productores, teatros, salas de concierto ni museos; esta oferta a su vez inspiró a muchos que hicieron de Berlín el tema de sus creaciones, se puede pensar en la película de Walter Ruttmann (Frankfurt, 28 de diciembre de 1887–15 de julio de 1941), Berlín, la sinfonía de una gran ciudad, de 1927. O la novela mundialmente famosa de Alfred Döblin Berlin Alexanderplatz, de 1929. Un segundo plano lo encontramos en el campo de la tolerancia.

“El hecho de que en la Constitución de la República de Weimar no había censura, creó un clima muy liberal para el arte y la cultura de todo tipo. Si a eso agregamos la magnitud de la ciudad, encontramos que en esta época hasta para los pequeños nichos artísticos había un público potencial. A ello hay que sumar la presencia en la capital alemana de muchos periodistas extranjeros, representantes culturales y políticos de todo el mundo. Ese fue otro factor que dotó de pluralidad a la vida en Berlín.”

Pero todo cambió, dice Weigel, con la llegada al poder del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores; incluso desde antes:

“Las acciones para infundir terror en las instituciones más importantes del arte y la cultura en Berlín eran ya palpables antes de 1933. En 1927 manifestantes nazis ingresaron al Romanische Café, armaron disturbios y golpearon a los comensales. Entonces el partido nazi “era realmente pequeño”; para establecerlo como una verdadera fuerza de combate, su entonces líder en Berlín, Joseph Goebbels, tuvo la idea de reventar la proyección del filme pacifista Sin novedad en el frente; los miembros del partido provocaron un disturbio en la sala donde se exhibía. La policía local cedió a la presión de la violencia: después de pocos días la película fue retirada y prohibida, lo que representó un enorme triunfo propagandístico para el partido.”

Weigel sigue:

“Más adelante, los nazis volvieron a demostrar su fuerza en los disturbios que protagonizaron el 12 de septiembre de 1931 en una de las avenidas más populares de la ciudad, la Kurfürstendamm, cuando golpearon a cientos de transeúntes que fueron considerados judíos…”

No fue casualidad que los nazis eligieran el Kurfürstendamm como centro de sus disturbios. Ellos también reconocían este punto de la ciudad como centro de la escena artística y cultural de Berlín y como un símbolo importante de la República de Weimar.

 

“Lo no alemán”

 

El 1 de abril de 1933 se rodaba en los estudios del cine Babelsberg la película Niño, me alegro de tu llegada… Hasta el estudio de grabación, ubicado en la periferia de Berlín, arribó ese día el jefe de producción y, con voz chillante, avisó: “El que no sea de sangre aria tiene que abandonar de inmediato el estudio”.

Actores y técnicos permanecieron inmóviles. Todos los ojos se dirigieron hacia el director de la película, Kurt Gerron. Tras mirar sin esperanza a su alrededor, el también actor de origen judío se puso de pie y con pasos lentos y pesados se dirigió hacia la salida.

Tenía lágrimas en los ojos. Era el fin de su carrera. Con éxitos tras de sí como actor, cabaretero y director, Gerron emigró ese año a Holanda en donde se convirtió en director del Teatro Judío de Ámsterdam.

Con la ocupación nazi de los Países Bajos, el director alemán fue capturado por la Gestapo, enviado al campo de Westerbork y posteriormente deportado al de Theresienstadt.

A fin de silenciar a la opinión mundial internacional, los nazis hicieron pasar este campo de concentración, ubicado a unos 60 kilómetros de Praga, como una villa “modelo” en donde los judíos tenían una buena calidad de vida. Ahí Gerron fue obligado por el régimen a dirigir una película –irónicamente titulada El führer regala una ciudad a los judíos– para mostrar al mundo un “campo familiar”.

Luego de la filmación, Gerron fue deportado a Auschwitz, donde murió en la cámara de gas, como tantos millones de judíos.

 

Entrevista con Weigel

 

“¿Qué moda o tendencia era la que en especial molestaba al régimen?”, se le pregunta a Weigel.

–En la época de los nazis no hubo un arte homogéneo o una política cultural. En realidad, el régimen nunca pudo definir cómo deberían ser el arte y la cultura alemana.

“Podemos decir que en general fueron el arte moderno o abstracto, la música moderna, el jazz, las películas de vanguardia, y también la arquitectura de la Nueva Objetividad (corriente post-expresionista alemana de los años veinte), los que fueron tomados como sinónimo de lo degenerado, Enterkete, judío, bolchevique, reducido o no alemán, y por consiguiente fueron perseguidos una vez que el régimen se instaló en el poder.

“Cabe decir que los artistas judíos y comunistas, por el solo hecho de serlo e independientemente de su estilo artístico, fueron objeto de persecución y de que se le prohibiera ejercer su profesión.”

El investigador alemán resalta el hecho de que dentro de dicha destrucción y represión cultural “no sólo participaron los nazis, sino políticos rancios que veían con malos ojos la diversidad y que “condenaron las distintas tendencias artísticas”, y también “hordas de oportunistas y convencidos reales, de quienes salieron iniciativas orientadas hacia la destrucción de la diversidad”.

Así, señala, “el arte y la cultura en los tiempos nazis no sólo fueron violentados por el partido en el poder, sino también por importantes personajes, como el director de orquesta Wilhelm Furtwängler, el director de teatro Heinz Hilpert, el actor Heinrich George, la cineasta y fotógrafa Leni Riefenstahl y el actor y director artístico Gustaf Gründge”.

Todos ellos participaron y no les interesó que la destrucción de la diversidad artística implicara la persecución de hombres, su exilio y hasta su muerte, culmina.