Aunque de entrada parezca difícil de creer, con el regreso del PRI al gobierno de Jalisco y al de los municipios más cotizados de la entidad, un militante del PRD ha podido ampliar su ya de por sí excesiva hegemonía política dentro y fuera del campus de la Universidad de Guadalajara. Se trata del exrector Raúl Padilla, quien para fines prácticos y desde hace más de 20 años no sólo desempeña el papel de la máxima autoridad en la mencionada casa de estudios, sino que es uno de los principales poderes fácticos de esta parte del mundo.
Esa creciente hegemonía ha permitido al susodicho ir colocando a parientes, aliados, colaboradores y ahijados políticos suyos en los tres poderes de la administración pública estatal, municipal y aun federal.
Por ejemplo, su hermano José Trinidad Padilla López ha sido legislador (primero federal y ahora local) por el PRI sin renunciar al latifundio de poder que mantiene dentro de la propia UdeG. No menos significativo es el caso del medio hermano Gustavo Padilla, pues éste primero fue el encargado de los negocios “académicos” y “culturales” que su fratello mayor (¿eres tú, Raúl?) abrió –con recursos de la UdeG y de otros organismos públicos, claro está– en Los Ángeles, California; después fue repatriado para encargarse del manejo económico de uno de los centro universitarios metropolitanos udegeístas (el CUCSH); ya a principios de este año fue promovido para formar parte del llamado “equipo de transición” del entonces gobernador electo Aristóteles Sandoval, y desde hace pocas semanas ocupa un encumbrado puesto en la recién creada Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco.
En cuanto a súbditos políticos del padillato, éstos se encuentran repartidos en la Cámara de Diputados, en el Congreso local, en la Judicatura de Jalisco, en el gobierno del estado, en muchos ayuntamientos –incluidos los metropolitanos–, en organismos públicos descentralizados o “ciudadanizados” como el Instituto Estatal Electoral y de Participación Ciudadana, sin soslayar la dirigencia de varios partidos políticos, comenzando por el PRD Jalisco, que desde mediados de los noventa es una franquicia de la cúpula udegeísta.
El brazo de Raúl Padilla es tan extenso que cuando no son personas ligadas directamente a él quienes ocupan posiciones del particular interés del patrón (ejemplo, las secretarías, institutos o direcciones de cultura tanto en el estado como en los ayuntamientos metropolitanos), no pocas veces el presunto Pericles de Jalisco tiene o se toma la atribución de palomear a los funcionarios que llegan a ese tipo de áreas, a fin de que los principales administradores de las musas de la comarca colaboren económicamente con los proyectos y empresas “culturales” que él encabeza en la condición de “cacique bueno” (Federico Campbell dixit).
Recuérdese, si no, el caso del Premio FIL del año pasado que, contra la razonada opinión de buena parte de la comunidad literaria e intelectual de México y otras naciones, acabó siendo entregado a un escritor famoso por sus plagios: el peruano Alfredo Bryce Echenique. La decisión del padillato fue que, a pesar de las justificadas críticas de escritores, académicos, periodistas y anexas, el premio en cuestión (dotado de 150 mil dólares, dinero que en su gran mayoría provienen de fondos públicos) se entregara al delincuente serial Bryce Echenique, aun cuando dicha entrega no se hiciese durante la FIL, sino en la semiclandestinidad, en el domicilio del escritor plagiario.
Cabe recordar que esa torcida “solución” al caso Bryce Echenique, concebida por el exrector Raúl Padilla, eterno presidente de la FIL, fue avalada sin chistar por los representantes del gobierno de Jalisco y de los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan, instituciones que, junto con otros organismos públicos, aportan el dinero requerido para el otrora llamado Premio Juan Rulfo. Vale decir que dichos representantes (Jorge Souza, a la sazón director de Literatura de la Secretaría de Cultura de Jalisco; Ricardo Duarte, ya para entonces administrador de las musas tapatías, y Gabriela Serrano, principal encargada del área cultural en Zapopan) han tenido una añeja relación clientelar –en uno de los casos hasta de vasallaje– con el mandamás de la UdeG.
Otro ejemplo de cómo ese mismo mandamás universitario no ha dejado de llevar agua a su molino, disponiendo del presupuesto de los mencionados ayuntamientos metropolitanos y del gobierno de Jalisco, es la aportación anual que hacen para otras empresas padillistas, como el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, Papirolas, la FIL y más recientemente la Feria del Libro en Español en Los Ángeles, California, cuya tercera edición está anunciada para celebrarse el próximo fin de semana (del 17al 19 de mayo), con una “inversión” que, según el propio exrector Raúl Padilla (La Jornada Jalisco, 2 de mayo), asciende a 25 millones de pesos, que aportan, aparte de la UdeG y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el gobierno de Jalisco y el Ayuntamiento de Guadalajara. Por supuesto que Myriam Vachez, la nueva titular de la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ), no ha sido la excepción en este baile clientelar, pues ha pagado a sobreprecio los requiebros y elogios de Padilla con una parte del recortado presupuesto de la SCJ, que de esta forma ha servido para seguir financiado los negocios y caprichos culturales del jeques de jeques de la UdeG.
Pero donde la hegemonía del susodicho prácticamente no conoce límites es en el caso de la propia universidad pública de Jalisco, donde a la hora de tomar las grandes decisiones no truenan más chicharrones que los del “licenciado”. Esto se acaba de ver, y se sigue viendo, con el relevo en los mandos de la institución, comenzando con la rectoría general y aun en muchos de los cargos de bajo rango. El criterio para la designación no responde a ninguna meritocracia ni a aquello de “sueldos según aptitudes”, sino a una lógica muy distinta: la sumisión, el vasallaje, la adulación y otras taras convenientemente disfrazadas de “lealtad”, “gratitud” y otras virtudes postizas.
Así vinieron las ratificaciones, comenzando por las de Alfredo Peña Ramos, Miguel Ángel Navarro y Gustavo Cárdenas Cutiño, quienes respectivamente volvieron a quedar al frente de la Secretaría General, la Vicerrectoría y la Secretaría de Finanzas de la UdeG.
Así vino también el reciclaje de presuntos académicos, como Marco Antonio Cortés Guardado, quien de rector A ha pasado a ser rector B, pues aun cuando había anunciado su firme “decisión” de volver a las labores de investigación y docencia, apenas entregara el cargo de rector general, su no mala cotización en el padillómetro y su probada “lealtad” al jeque de jeques lo acabaron llevando por otros rumbos: a Puerto Vallarta, donde ha quedado al frente del centro universitario de la región.
En el caso del nuevo rector general, Tonatiuh Bravo Padilla, el costo mayor que ha tenido que pagar por el cargo que ahora ocupa es la entrega, sin regateo, del Centro Universitario de Ciencias Económicas y Administrativas (CUCEA), uno de los más cotizados de la Red Universitaria y en cuya conformación Bravo Padilla se había venido esmerando desde la segunda mitad de los noventa. Y lo anterior no porque se hubiera cansado del CUCEA, sino porque así lo determinó la expansiva hegemonía de quien es el verdadero poder tras el trono en la UdeG, y cuyos tentáculos siguen creciendo también fuera del campus en la universidad pública de Jalisco.








