Nocivo viraje antilaboral

Descorazona, a primer impacto, la lectura del reportaje de Jorge Covarrubias (Una lucha fracturada, Proceso Jalisco 442). Duele enterarse de que los trabajadores de un sindicato en formación, el de los operarios de la empresa Honda (STUHM), próximo además a enfrentar el reto siempre riesgoso de un recuento, estén sufriendo embates dolosos de su antiguo abogado, Jaime Hernández Ortiz. Se supone que, aunque no siempre es el caso, los contratos se inician y concluyen en forma civilizada, de común acuerdo con las partes contratantes. En éste se ve que las diferencias se han ahondado ya demasiado, sin visos de solución.

Este asunto sería un pleito irrelevante de no mediar el hecho de que el cuestionado es un conocido activista, ligado al mundillo de la izquierda local y con personeros del llamado Grupo Universidad. Es bueno descombrar para iluminar lo confuso. Y para eso nada mejor que separar lo real de las apariencias. Si alguien aparece ligado con la inquina universitaria su patrón de conducta no puede desdecir del modus operandi que rige desde la fuente. Los operadores del Grupo Universidad actúan todos a la calca. Obedecen lo que se les manda hacer y no se apartan un renglón del libreto aprendido.

De la UdeG ya no se tira una sola línea a favor de los depauperados. Aunque no siempre ostentaron tanta bizarría de esquiroles los tinterillos egresados de esta casa de estudios. La historia registra páginas enteras de buena letra en dicho oficio. Cuando aún no se enfriaban los cañones de la pasada revolución, sus intelectuales tomaban partido por los trabajadores y fueron buenos aliados en sus litigios contra la parte patronal. El propio don José Guadalupe Zuno, su fundador, por haber andado en la bola, no poseía título. Pero, pacificado el mundo, se inscribió en jurisprudencia y lo obtuvo, con una tesis sobre derecho laboral. Se incorporó a la cátedra para impartir clases sobre esa materia. En sus remembranzas pinta cómo, venciendo muchos obstáculos y dificultades, la praxis jurídica, derivada de muchos abogados comprometidos con los campesinos y los obreros, fue reduciendo poco a poco las injusticias y arbitrariedades que los capitalistas infligían a sus operarios.

Tan noble historial fue silenciado y luego enfilado contra los trabajadores, hasta venir a enfrentarlos. Un momento clave en esta conversión sucedió en abril de 1992, cuando los maestros de la UdeG buscaban sindicalizarse. A los trabajos de ese congreso llegó el entonces joven rector Raúl Padilla, llevando del brazo a dos conocidos laboralistas para que dirigieran los trabajos: Adalberto Ortega Solís y Jaime Larios Curiel. Ambos eran reconocidos abogados, pero propatronales. Asesoraban como clientes a dueños de empresas trasnacionales, como la Honda, a propósito de enchiladas. La intención manifiesta del entonces rector fue bien explícita: había que impedir que los maestros constituyeran el sindicato, ‘figura jurídica en picada, perniciosa y que no casa con la modernidad’, dijo.

Otro momento aleccionador ocurrió en 2004, cuando a una mano el Congreso estatal y la cúpula universitaria les cercenaron a los trabajadores de la UdeG su derecho a una pensión digna, la que consagraba su contrato y que tenía que ser cubierta por el patrón. Se la mudaron por una mutualidad. Éstas las cubren los trabajadores con sus propios fondos. En la UdeG, los trabajadores ahora se autojubilan, muy a tono con las medidas neoliberales recientes. Más de un millar de trabajadores se inconformaron e interpusieron amparos. Para enfrentarlos, los capos udegeístas contrataron a un bufete, el de los Chavira, bien conocido por sus trapacerías, que se lanzó a fondo contra los quejosos.

Vale decir que no hubo un solo abogado maestro en la UdeG que le atorara a la embestida. Los trabajadores no desmayaron en esta lucha desigual y la enfrentaron solos. Sin embargo desde los oscuros corrillos del poder fueron doblegados. Bajo consigna, perdieron todas las sentencias.

Tremolar banderas antiobreras ya no es noticia si sale de los recintos de nuestra máxima casa de estudios. Lo extraño sería lo opuesto. Así que el caso particular de Jaime Hernández Ortiz viene siendo un prietito más del mismo arroz. Y con esto habría que cerrar el asunto. Pero vale la pena detenerse en él un poco más para señalar otro elemento que no está del todo claro en mucha gente poco avisada que revisa estas triquiñuelas.

Desde que empezó a litigar, este abogado abrazó en forma abierta causas vistas como enojosas, complicadas, y por lo mismo perdidas. Los asuntos más notorios de esta laya tienen que ver con la reivindicación popular. Ponerse a defender a ejidatarios despojados, a sindicatos reprimidos o a muchachos reprimidos por la policía y detenidos por andar protestando en las calles, es dar dado o perder adrede. Así se haga del caso la defensa más enjundiosa y técnicamente impecable, la consigna de los poderes fácticos es llevar al cadalso a semejantes acusados.

Pues bien, a quienes los personeros de la UdeG mandan a involucrarse en estos enredos no andan ahí por generosos o por comprometidos con las causas populares. No les mueven sentimientos de solidaridad con los explotados de siempre, con los despojados de su fuerza de trabajo. De su ronco pecho ni se acercan a estos precipicios de miseria. Pero aparecen en barandilla porque son mandados. Y el que es mandado no es culpable, dice el refrán. El abogado de marras le hace la talacha a Antonio Magallanes, conocido operador del Grupo Universidad y testaferro de Raúl Padilla. Aparte de muchos puestos endógenos, Magallanes ha servido al grupo como diputado federal, como secretario general del sindicato académico y como presidente estatal del PRD, ya convertido éste en franquicia a modo, aunque ahora obtenga mejores puestos públicos a través del PRI.

Es pues tarea de prostitución de banderas y mediatización de luchas, la que tinterillos y aprendices de brujo han de abrazar con fe y arrojo, para ponerlas al servicio de los dueños del pandero de la UdeG. Por eso cogen a mano limpia hasta leños ardiendo. No persiguen la victoria de sus defendidos, sino robar cámara y gozar de voz cantante a la hora de las decisiones, para llevar el micrófono a sus jefes.

Estos enviados particulares tienen su parte en la danza y habrá que enjuiciarlos. Pero a quienes hay que poner a buen recaudo y elevar a la pira para ser quemados con leña verde es a los jeques universitarios, que mandan a tantos mercenarios a las trincheras. Mediatizan a ecologistas, a colonos, a sindicalistas y a cuanto incauto se deje. Se infiltraron en el #Yosoy132. Llevaron al Paraninfo a Javier Sicilia. Abanderan toda protesta contra el alza del transporte.

Van a todas y se bullen con todo lo que se mueva. Buscan teñirse de la respetabilidad colectiva que obtenga cuanta reivindicación surja. Pero su suerte es estrafalaria. Por angas o mangas, siempre les desenmascara su falsedad y les deja en cueros. Aunque no tienen vergüenza y regresan siempre a las mismas andadas.