Sin ruido, con mínimos recursos y un grupo de amigos actores, Joss Whedon sorprende al público, que lo conocía por su exitoso Blockbuster de súper héroes (Los vengadores), con esta producción independiente de una comedia de Shakespeare, Mucho ruido y pocas nueces (Much Ado About Nothing; EU, 2012), rodada en tan sólo un par de semanas en su casa de California, con fotografía en blanco y negro.
Historia de enredos de dos parejas de enamorados, Beatrice (Amy Acker) y Benedick (Alexis Denisof), Claudio (Fran Kranz) y Hero (Jillian Morgese), un grupo de nobles italianos que baraja trampas de amor, mentiras, traiciones, juegos de espejo; en fin, Shakespeare a todo lo que da en un contexto actual, donde caben teléfonos celulares, automóviles, alberca. Una modernización de puesta en escena que no se había logrado hacer desde la versión de Romeo y Julieta de Baz Luhrmann en los noventa.
A diferencia del australiano Luhrmann, que jugaba con el color, los alucinógenos y el pop, adecuado a una historia de adolescentes, Whedon se dirige a un público adulto, la modernidad la encuentra en un cierto estilo retro que favorecen el negro y blanco, la música, muchos tragos y un erotismo rebuscado. En esta comedia, Shakespeare juega con los temas de la vergüenza, el odio y el rencor, que pese a los brillantes juegos de palabras y a lo jocoso de las situaciones oscurecen el tono de la obra.
Aunque Whedon trata con demasiada ligereza el lado negro y machista de la pieza frente al romance, más feminista de Beatrice y Benedick, la fotografía sostiene el tono; El departamento (Billy Wilder) fue una fuente de inspiración, pero el trabajo de los actores, la mayoría poco conocidos, refleja una comprensión del texto a un nivel más circunspecto.
El contraste entre diálogos en inglés isabelino y el contexto actual, en cualquier modernización de Shakespeare, teatro o cine, provoca siempre algo de incomodidad, se exige que el público acepte el artificio; algo que las adaptaciones en contexto moderno de Kenneth Branagh (Hamlet, Penas de amor perdidas), pese a lo importante de su aportación al cine de la obra del Bardo, nunca superan; quizá porque el irlandés Branagh carga con el peso del actor shakespeariano. La mayoría de los actores de Whedon, en cambio, no tenía experiencia en obras de Shakespeare; el encanto de esta interpretación del texto reposa en la falta de solemnidad, en la decisión de hacer una versión totalmente americana, sin complejos frente a la Royal Shakespeare Company.
En una de sus publicaciones, la doctora Emma Smith advierte que a Shakespeare conviene estudiarlo en el sentido de la puesta en escena hacia la página escrita; es decir, primero fue la representación y luego el texto. En su mayoría, el público joven de hoy en día descubre a Shakespeare en el cine; lo importante de una película basada en cualquiera de sus obras no es tanto la difusión en sentido informativo, como las instrucciones de cómo ver y apreciar el trabajo del autor. Esta versión de cine casero abre muchas posibilidades.








