La escuela rural mexicana

Hijo de un legendario librero de viejo, Pedro Ramírez Vázquez nació en la Ciudad de México en 1919. Estudió en la escuela de Arquitectura de la UNAM, y al recibirse, su tesis en que desarrollaba un tema de urbanismo, fue la primera que se presentó en la escuela: Plano regulador de Ciudad Guzmán, Jalisco (1943).

De entre sus obras, tanto en México como en el extranjero, destacan: Museo de Antropología (1964), Estadio Azteca (1965), Secretaría de Relaciones Exteriores (1966), antigua Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas (1976), nueva Basílica de Guadalupe, con José Luis Benlliure y Javier García Lascuráin (1976), Palacio Legislativo (1981), edificio Corporativo Omega (1984), sede del Comité Olímpico Internacional en Lausana, Suiza, y pabellón de México en la Exposición Internacional de Sevilla (ambos de 1992). Fue también director del CAPFE (Comité Administrador del Programa Federal de Construcciones Escolares) entre 1958 y 1964, presidente del Comité Organizador de  la  XIX   Olimpiada   (1966-1969),  fundador y primer rector general de la Universidad Autónoma Metropolitana (1974-1975), secretario de Asentamientos Humanos y Obras Públicas 1976-1982) y vicepresidente de la Unión Internacional de Arquitectos (1978-1980). Recibió el Premio Nacional de Arte (1972), la Medalla de Oro de la Academia Francesa de Arquitectura (1978) y es Creador Emérito del Fonca desde 1993).

 

El aula-casa rural

 

Entre 1944 y 1947 fue el más joven Jefe de Zona con que contó el CAPFCE durante su mítica primera época. Existen propuestas porfirianas para un tipo de aula-casa rural, las cuales el arquitecto por entonces conoció. Hacia la segunda mitad de los cuarenta supo de los proyectos de Carlos Leduc, realizados en 1934, para amalgamar en un edificio único la escuela rural y la casa del maestro. Pero él, en aquella época, sólo fue adquiriendo una enorme experiencia en la construcción de edificios escolares, la cual años después lograría sintetizar.

Hacia 1959, apoyado por Jaime Torres Bodet, amalgamó en una propuesta el justo grado del incipiente desarrollo industrial de México y lo aplicó a cubrir una apremiante necesidad: así nació el aula-casa rural prefabricada. Se trataba de dignificar la calidad de vida de los maestros rurales al unir bajo un mismo techo la casa del maestro y el aula mínima que requería transportando un espacio de 6×9 m. adecuado para 50 niños, dado que no había posibilidad entonces de hacer una estructura prefabricada de más de 6 metros de claro. Todas las piezas de la estructura metálica se diseñaron para que al pesar 50 kilos o menos, pudiesen ser cargadas por dos personas; los ensambles y el armado, para que pudiese ser entendido fácilmente aún por los más legos: la entrada cuadrada sólo embonaba con el tornillo cuadrado, la triangular con su correspondiente y la circular también.

La casa del maestro contaba con baño y un pionero muro húmedo; las hubo con variantes regionales (aleros para brindar protección de la lluvia o el sol; sobre  palafitos por las frecuentes inundaciones; en 1964 se empezaron a construir  de varios niveles, etcétera) y los muros y cubierta podían construirse con los materiales más variados en un sistema que se llamó de “dando y dando”: para los muros, adobe, carrizo, tabicón, ladrillo, y para las cubiertas, teja, lámina de zinc o una pequeña losa.

El obtener el Gran Premio de la XII trienal de Milán por dicha obra le valió otro raro privilegio para un arquitecto: durante el tercer informe de gobierno de Adolfo López Mateos fue mencionado aquel premio como un logro de la administración. Era una arquitectura para las justas dimensiones y necesidades de aquel México y de buena parte del mundo. Se llegaron a construir escuelas de este tipo en 17 países, igual en Yugoslavia que en Filipinas, Egipto, la India o a lo lardo de Latinoamérica.

 

Los números

 

Sólo en México se han levantado 135 mil unidades. Hoy, el arquitecto recuerda así aquella experiencia:

“La Bienal de Milán tiene cada año un tema y es de un nivel altísimo. Cuando el tema fue la cerámica ganó Picasso, cuando el tema fueron las carrocerías ganó Pinnin Farina. Y por una feliz coincidencia en 1960, el tema era la escuela del campo y casa del maestro. Y le digo a Héctor Roel que hay que inscribirse y participar para ver qué aprendemos. Se va Óscar Urrutia con una de nuestras escuelas. Evo las otras soluciones, regreso apabullado; ahí vi las primeras soluciones de acrílico que presentaba Italia. Pasan unas semanas y recibo un telegrama donde se me informaba del premio otorgado a México en 1960. Por el periódico me entero que México ganó la Bienal. El dictamen es que la solución mexicana ‘es un tanto burda, con una industrialización incipiente, pero aprovechada al máximo, como ninguna otra, sus posibilidades de realización’.

“Lo adopta la UNESCO y empiezan las promociones  por todas partes. Se aplica en  india o Filipinas. Carlos Godoy va a Italia, Pedro Alvarado a Yugoslavia. Le enviamos por mar las estructuras para armar una primera escuela de 16 aulas que quería el mariscal Tito para luego sistematizarlas allá. López Mateos le declara a la UNESO que México dona la patente y la declara libre para su programa.

“Era la etapa de los ingenieros y los arquitectos formados en campamento.”

–Decía usted que se acabaron los técnicos y llegaron los políticos.

–Los multiusos porque algunos ni políticos eran…

–De los setenta a fin de siglo, ¿qué época fue?

–Creo que fue en 1962 cuando Adolfo López Mateos me dijo que se construía un aula cada dos horas. Después siguió siendo social la arquitectura en cuanto a los grandes programas (IMSS, CAPFCE), ya en las construcciones más urbanas con la presión demográfica. En las escuelas se ha perfeccionado la construcción, pero sigue siendo el mismo sistema. El desarrollo económico del país crea otras necesidades y empieza a destacar la obra privada, que expresa más creatividad y libertad, y no porque en la otra no gozáramos de ésta, sino por el gasto. Y se sigue con mayor frecuencia  las tendencias de  la  arquitectura  internacional,  con  la presión de los nuevos materiales y sistemas, a los que se tiene acceso por medio de la inversión privada en casas, en edificios.

–Entonces, ¿México  ha perdido el sello?

–Yo no creo en sellos ni en estilos. Se ha perdido el sentido social de la arquitectura, también porque la misma explosión demográfica  se refleja  en el magisterio. Ahora, con cien escuelas de arquitectura  en el país no podemos soñar, por ejemplo, con que haya 60 grandes maestros de teoría  de  la  arquitectura,  60  villagranes.  Una de las cosas que más se han descuidado o abandonado en la enseñanza de la arquitectura son la teoría y la historia de la disciplina.

–¿Cuándo se termina la voluntad política y por qué?

–Se termina y se agrava recientemente  (dos sexenios o más). En cuanto a la responsabilidad del gobierno respecto de las necesidades sociales los responsables son multiusos. Es ahí donde se rompe el trabajo de los cuadros técnicos. La gran etapa de infraestructura física del país es de los cuarenta a los setenta, el  periodo de los técnicos responsables surgidos del campamento: los ingenieros de caminos, los camineros y los hidráulicos de camiseta. La gran característica de la arquitectura mexicana de este tiempo es el de ser una arquitectura  con sentido social, que no es espectacular, no es la de las revistas.

–¿Cuál es la obra que más quiere usted?

–Las escuelas. En el ámbito profesional me abrieron mucho campo internacionalmente. En su momento no hubo revista de arquitectura en el mundo que no las publicara. Por lo que toca al país  me sirvió mucho de apoyo  ante López Mateos. En todos sentidos me abrieron mucho campo. Y luego la satisfacción. Si se hace cualquier recorrido por el país, no hay lugar donde no se encuentre una. El sistema sirvió y se fue mejorando. Las primeras ventanerías de lámina doblada fueron de aluminio extruido, pero el sistema sigue siendo el mismo. Y ya va a tener que cambiar ante el peso de la enseñanza… con la electrónica, va a cambiar.

 

Publicado en México: Su apuesta por la cultura. El siglo XX testimonios desde el presente