Pedro Ramírez Vázquez La arquitectura de México para el mundo

Hacia mediados del siglo XX, la arquitectura mexicana vivió momentos supremos en los cuales uno de sus artífices fue Pedro Ramírez Vázquez, fallecido el 16 de abril a los 94 años. Dos días antes aun se hallaba corrigiendo los textos que recogerán sus memorias en una próxima edición que revisa su hijo Javier Ramírez Campuzano, quien entregó a Proceso algunas páginas para nuestros lectores. En recuadro aparte, se presenta la entrevista intitulada “La escuela rural mexicana” que realizara Armando Ponce para el libro de este semanario, México: Su apuesta por la cultura… en 2003.

Sereno, cordial, Javier Ramírez Campuzano recibe a Proceso con ligera sonrisa en el saloncito que mira al jardín posterior de la amplia casa estudio “Pedro Ramírez Vázquez y Asociados” en el Pedregal de San Ángel, donde la figura de su padre dibujada en tamaño natural abre las puertas cual preludio de hondas evocaciones por el genial arquitecto mexicano tras su partida.

“Ya pude dormir un poco, me siento mejor –dice Ramírez Campuzano, también arquitecto–, pero como hay tantos amigos que me están pidiendo otra misa en honor a mi papá, creo que le ofrendaremos una más la semana entrante.”

Brinda un café matutino al reportero quien saca la grabadora. Su voz suena gentil:

“No sé si lo que diga tenga un valor auténtico, testimonial, pues soy orgullosamente su hijo.”

Por doquier emergen los recuerdos de su padre: en las estatuillas de barro que reproducen caritas sonrientes de “ídolos” prehispánicos; en los carteles y tomos de la XIX Olimpiada México’68, en las estatuas de cristal que diseñó, y hasta en el boceto a lápiz de un campesino firmado por Diego Rivera.

“Mi padre tuvo una relación muy cercana con Guadalupe y Ruth Rivera Marín, entre miles de cartas que escribió guardo una nota enviada por Diego agradeciendo a papá haber externado sus respetos a la muerte de Frida, es un acervo bárbaro de correspondencia que sostuvo con un mundo de personajes que conoció en su larga vida.

“La primera vez que me impactó fue cuando como presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos vi mostrándole al general Charles De Gaulle, quien organizaba los de invierno en Grenoble por febrero de 1968 una exposición de arte precolombino mexicano que papá llevó a Francia. Me tocó su convivencia fraterna con personalidades de aquellos años: jeques y miembros de la Academia de Marruecos, Henry Kissinger, Jacques Soustelle, Neil Armstrong o celebridades de México como sus grandes amigas Dolores del Río y Silvia Pinal, uno de los últimos íconos que existen” e insiste:

“Mi testimonio no puede ser objetivo pues como hijo sobredimensiono a mi papá, me tocó vivir con él experiencias impresionantes y justo en la iglesia de Santa María en el Pedregal me permití decir que él fue… –duda– fue mucho, o sea, hay muchas facetas para un hombre que sin hacer deporte le organiza una Olimpiada y proyecta su sede al COI de Suiza, un ser preocupado por la educación…”

Ramírez Campuzano refiere que cuando lo conoció José Vasconcelos, “ya mayor”, le dijo: “Veo, muchacho que te interesa la educación, te obsequio mi libro De Robinson a Odiseo (1953) ahí vas a encontrar muchas cosas”, y mi papá lo leyó, y se interesó tanto en la realidad del país que concibió el aula casa-rural prefabricada con apoyos de don Jaime Torres Bodet (ver recuadro), o de “un presidente culto y visionario, Alfonso López Mateos, y del secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena y creó las obras para la Ciudad de México con un regente como Uruchurtu, o del arqueólogo Ignacio Bernal, con gente de esa estatura no había manera que nada le saliera mal, así que no puedo ser objetivo”. Y, sin embargo:

“No podemos olvidar que mi papá fue un ser humano; pero supo observar, concebir, integrar equipos y crear, siempre ávido de aprendizaje y de enseñanza, para transmitir conocimientos. Fue un maestro. Lo capto en dualidad. Yo pienso que el estudiante fue maestro desde el pupitre y alumno desde el estrado. Fíjese, él aprendía desde la posición elevada y enseñaba desde abajo, concebía los museos no como sitios de exhibición sino de complementos necesarios para la educación extra escolar. Las grandes obras de nuestro pasado prehispánico eran ‘ídolos’ antes del Museo de Antropología e Historia, y con él adquirieron otra dimensión inmensa.”

Es la faceta que a su muerte se ha destacado, opina, “y luego, su humanismo”, si bien “poca gente dice que él presidió el Comité de la Minoría Judía en la Unión Soviética contra todas las injusticias e incluso nosotros sus hijos llegamos a ser socios del Club Deportivo Israelita, donde tenemos vínculos muy profundos, y el plano urbanístico no lo veía simplemente como retículos para dar cabida a la gente para que los habite y pernocte, no, pues él creaba el espacio donde las personas construyeran su vida para dignificar la existencia del mexicano.”

 

Era su sentir, su visión, su deseo.

 

“En el plano de la organización, el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo llamó para la Olimpiada y mi padre le dijo: ‘Pero yo no sé nada de deporte’ y Díaz Ordaz respondió: ‘Señor arquitecto, ya tendrá asesores, quiero una imagen de eficiencia para posicionar México en el mundo’, y mi padre en 27 meses organizó las Olimpiadas que hoy se planean con siete años de antelación, porque en julio de 1966 no se había hecho nada y él realizó en octubre del 68 también la Olimpiada cultural, inspirado en los juegos deportivos y culturales de la antigua Grecia que se celebraban al término de un ciclo. Decía: ‘Los países ganan medallas, pero invitaremos a que cada una de las naciones participantes traiga sus expresiones artísticas cual tribuna, que se conozcan y se entiendan los pueblos. Si como evento los representan sus hazañas deportivas, como encuentro cultural registrarán su huella al paso del tiempo’.

“Así lo manifestó y fue tan exitoso que hermanó a los atletas de la República Árabe Unida (Egipto) con los de Israel, y a raíz de eso el nombre de mi papá se colocó en el Libro de oro del Estado Israelita. España no podía participar pues el gobierno republicano en el exilio tenía su sede en México pero mi papá convenció a su presidente acá para acceder a ‘tomarse unas vacaciones’, y logró que las dos Alemanias desfilaran bajo el mismo himno y bandera. Su habilidad extraordinaria supo unir internacionalmente y esto sería tema de un libro entero, aparte conseguir que no se invitara al gobierno racista de Sudáfrica por su política del apartheid.”

Son cosas de su padre que nadie menciona, supone, “como cuando no cabía de orgullo por su creación de la segunda universidad pública descentralizada más importante de México, la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Hasta hoy comprendo que su anhelo de ser arquitecto no lo logró, pero conquistó algo más: ser Pedro Ramírez Vázquez.”

El tono se quiebra:

“Y fíjese, la obra más trascendental que él pudo edificar fue su familia pues lo motivó a crear; su estímulo fue México, y el humanismo la razón de sus obras. Así resumiría la estatura de mi papá porque de repente ahora te topas con funcionarios enanos que no captan el compromiso trascendental con la enorme estatura que es construir obras magníficas para nuestro gran país.”

En palabras expresadas a Javier Ramírez Campuzano por Guillermo Tovar de Teresa: “Tu padre no es un arquitecto nacional sino mundial, no trae soluciones de fuera sino hace soluciones de aquí y las lleva hacia fuera”. Aquel espíritu de convivencia humana “cristalizó en proyectos para el Museo de Arte Negro en el Senegal o el de Egipto, y asimismo, “religando doctrinas religiosas como cuando el alcalde de Jerusalén lo buscó para crear un comité que armonizara en la capital israelita, Patrimonio de la Humanidad, a los cuatro barrios conflictivos de judíos, musulmanes, cristianos y católicos”.

Ramírez Vázquez fue cuestionado por el entonces priista Porfirio Muñoz Ledo por recibir a Juan Pablo II en el hangar de Asentamientos Humanos y Obras Públicas que dirigía, al tiempo que proyectaba la nueva Basílica de Guadalupe, así: “¿Cómo es que usted encuentra compatible ser priista y guadalupano?”, a lo que “mi padre le respondió: ‘Muy fácil. En ambos sitios se ofrece esperanza’. Me gusta pensar que más allá de las formas, mi papá penetró el alma humana en toda su universalidad”.

Hace entrada al saloncito de la entrevista Josué Pascoe Koch, “amigo y colaborador” del arquitecto, portando el ahora raro volumen de conversaciones del arquitecto con José Antonio Aguilar Narváez Ramírez Vázquez en el urbanismo (IMAU/Studio Beatrice Turnblood, 1995, 160 págs.) Nuevamente, la voz de Javier Ramírez Campuzano declina:

“Estuvo ocupado hasta el final de sus días, por eso tuvo una larga vida. Un día antes de irse, en el hospital le releíamos textos que durante dos años nos compartía a Josué y a mí para las memorias de su vida que publicaremos próximamente; se carcajeaba con el montón de historias agradables ahí, y apenas entraba la enfermera para tomarle los signos vitales, se rebelaba: ‘¡Ya, ya, síganme leyendo!’.

“Por cierto que hará un par de días me dijo cuánto le emocionaba y alegraba haber solicitado al archivo fotográfico de ‘nuestros amigos de Proceso’ imágenes que acompañarán este libro biográfico que revisamos. En base a dichas reflexiones que enriquecerán sus charlas con Aguilar, me atrevo a adelantarle para su revista el siguiente ideario suyo:”

Las ciudades son testimonio del paso del hombre. La distribución del espacio que observamos en ellas es consecuencia de sus formas de vida familiar y colectiva de las sociedades que las han creado. Por lo tanto, es responsabilidad de la sociedad el mejorar su calidad de vida y esto se logra enriqueciendo y dirigiendo los espacios públicos. Y para eso tenemos que pensar en cuatro aspectos: lo útil, lo lógico, lo social y, en consecuencia, lo estético.

Cuando un grupo humano desarrolla una cultura perdurable, ésta se refleja en los espacios que tal sociedad crea. Entonces, el propósito es armonizar el espacio físico con el social, y la comprensión del lugar y de lo que necesitan aquellos que van a vivirlo. Y por eso los proyectos urbanos y los arquitectónicos insertados en el urbanismo deben juzgarse y analizarse como un fenómeno social que representan en su contexto histórico y sus implicaciones de desarrollo económico, ambiental y cultural para la sociedad a la que va a servir.

Entrega al reportero el libro de Aguilar con copias de otros textos “para que sea Proceso y no yo quien reproduzca y elija, ustedes son los periodistas”. Oculta su mirada: “Perdone, pero esto me conmueve…” Y se aleja.

* * *

Ramírez Vázquez en el urbanismo posee dos partes: “Las ideas”, con los apartados El urbanismo: lo esencial y Hacer el urbanismo, y “Las experiencias”, con Aprender el urbanismo, Una responsabilidad pública, Hacer la planeación y Las soluciones.

En la nota introductoria en torno al urbanismo, Aguilar expone que los textos tienen por finalidad “hacer a los lectores partícipes de un diálogo”, recuperando la vieja tradición de “transmitir la experiencia de una generación a otra por medio de las palabras”. En apéndices finales se ofrecen algunas ideas de Pedro Ramírez Vázquez sustentadas en el Planteamiento para la organización de la Ciudad de México, que presentó al recién electo López Mateos, donde apostaba desde aquel año a resolver temáticas urbanas todavía vigentes:

Para la necesaria conservación de gran número de monumentos coloniales que se encuentran en manos de particulares y que originalmente fueron residencias o antiguas viviendas, será más efectivo que una rígida ley de conservación logre darles uso adecuado y productivo, para que sus propietarios puedan conservarlos (…)

La conservación de los monumentos artísticos e históricos no debe limitarse a un simple mantenimiento, sino perseguir una restauración que dignifique su ambiente para ponderar su valor ya que así se reafirma la personalidad característica de la ciudad, por ser expresión de nuestra cultura… La pérdida de la fisonomía de la capital se ha acentuado por el rápido y desordenado crecimiento; porque los reglamentos de construcción permiten que las obras de arquitectura sean realizadas por personas sin estudios profesionales y el criterio oficial equivocado… lo que no revela respeto para esos valores artísticos sino en realidad, una incomprensible renunciación a la posibilidad de que el mexicano siga siendo capaz de crear en nuestra época nuevas obras artísticas.

Sin terminología árida, el pensamiento y visión urbanística de Ramírez Vázquez brota sencillo.

El sentido profundo del urbanismo radica en la faculta del hombre para integrar la dimensión de lo humano a la naturaleza, en transformar el espacio a la vida colectiva… Me atrevería a mencionar otra dimensión distinta, como el espacio espiritual, en el sentido de que el hombre no está confinado al espacio que ocupa su cuerpo sino que trasciende al ámbito de las ideas, del arte y de las creencias… La ciudad es espacio material, geográfico y social, un organismo vivo, la forma más compleja de espacio humano (“El urbanismo: lo esencial”)…

Por ello hay que aprender a ver lo que queda de estas grandes ciudades mesoamericanas, porque nos narran cuál fue el espíritu de los hombres que las concibieron, construyeron y vivieron. Alguna vez afirmé, al hablar sobre las ciudades mayas de la región Puuc, que hay que ver estos vestigios no como ruinas sino como huellas, que más que sombra son testimonio… Para lograr recuperar los centros históricos es fundamental mejorar el nivel de vida de la gente que ahí habita… La ciudad no crea la injusticia, en ella sólo se reflejan las desigualdades y las contradicciones de la sociedad (“Hacer el urbanismo”)…

Una aspiración del urbanismo es lograr las soluciones a escala humana, que el espacio no aplaste ni disminuya al hombre, que se integren armoniosamente… En todos los asentamientos humanos debe preservarse la dignidad de la persona, favoreciendo su relación con el ambiente y la convivencia con sus semejantes (“Aprender el urbanismo”)…

El urbanismo es la expresión del interés colectivo que se concreta a través del ejercicio del gobierno. Desde luego que requiere el concurso y la participación de toda la colectividad, pero sin la expresión de la autoridad no es posible… Los problemas de las grandes ciudades de México, Guadalajara y Monterrey no competen exclusivamente a sus autoridades citadinas, ni las carencias de los poblados dispersos son responsabilidad sólo de sus municipios. Estos problemas los ha generado la nación y sólo ella deberá resolverlos… La solución sólida a mediano y largo plazo para aliviar las presiones del congestionamiento y de la dispersión, era y es la descentralización y la desconcentración de las actividades económicas y con ello, en consecuencia, de la población…El escepticismo es uno de los obstáculos más difíciles de superar cuando se aplican soluciones a largo plazo, hay que iniciar las primeras acciones y perseverar en ellas (“Una responsabilidad pública”)…

Cuando no hay suficientes recursos, planear es una obligación. Se trata de que lo que se vaya a gastar o invertir se haga ordenadamente, en donde sea más productivo y provechoso… La planeación debe ser una práctica cotidiana de la sociedad (“Hacer la planeación”)…

Se trata, en fin, de perseverar en la labor cotidiana persiguiendo el logro auténtico de lo útil, lo estético, lo social; dejar, ¿por qué no?, como todos los hombres, huella de nuestras acciones… La capital de la República debe operar como sede del Poder Ejecutivo, cabeza de un sistema descentralizado en la toma de decisiones y no como un gigantesco aparato operativo… Las ciudades gubernamentales son sueños de arquitectos que ambicionan realizar obras monumentales o de funcionarios que quieren develar una placa, pero que no consideran la realidad social de la vida urbana (“Las soluciones”).