Nunca antes una mujer había sido primera ministra del Reino Unido. Margaret Thatcher, La Dama de Hierro –quien murió hace una semana– lo consiguió en 1979… aunque apenas tres años después su popularidad estaba por los suelos: Había acabado con muchas de las conquistas sociales de los trabajadores de su país y aplicaba una mano muy dura contra los rebeldes irlandeses. Su futuro político era incierto hasta que de la nada le cayó una guerra que exacerbó los sentimientos nacionalistas de sus compatriotas. Ganó la guerra de las Malvinas y se mantuvo otros ocho años en el poder. En sus memorias ella se refirió a ese conflicto bélico que, afirmó, “nadie pudo anticipar”.
LONDRES.- “Al recordar mis años en el número 10 de Downing Street nada sigue más vívido en mi mente que las 11 semanas de la primavera de 1982 cuando los británicos luchamos y ganamos la guerra de las Falkland (Malvinas)”. En su autobiografía Margaret Thatcher: The Downing Street Years (1993, Harper Press), así rememoraba ella uno de sus momentos más tensos al frente del gobierno británico (1979-1990).
Margaret Thatcher murió la mañana del lunes 8, a los 87 años, por un “accidente cerebrovascular masivo” mientras leía en cama su periódico preferido, el conservador Daily Telegraph, y escuchaba una sinfonía de Beethoven.
Aunque muchos le rindieron tributo por su legado político e histórico, cientos celebraron en las calles de Gran Bretaña la muerte de una dirigente que favoreció el desmantelamiento del Estado, las privatizaciones de empresas públicas, las políticas de libre mercado y las alianzas contra el comunismo soviético.
Uno de sus críticos más duros fue Gerry Adams, presidente del partido Sinn Féin –antiguo brazo político del ya inactivo Ejército Republicano Irlandés–, quien manifestó que la exprimera ministra hizo un gran daño a los irlandeses y a los británicos durante su gobierno.
Recordó que Thatcher apoyó al dictador chileno Augusto Pinochet, se opuso a las sanciones contra el apartheid en Sudáfrica, calificó a Nelson Mandela de “terrorista”, pero sobre todo rememoró su vergonzoso papel ante las huelgas de hambre de los republicanos presos en Irlanda del Norte en 1980 y 1981, que terminaron con la muerte de 10 de ellos.
Prestigio en juego
Respecto de la Guerra de las Malvinas Thatcher escribió en sus memorias: “Había mucho en juego: No sólo estábamos peleando a 8 mil millas en el Atlántico Sur por un territorio y los habitantes de las Falkland. Eso era importante, pero había mucho más”.
Hacía sólo tres años había ganado unas elecciones generales que la convirtieron en la primera mujer al frente del gobierno británico por primera vez en la historia. Sin embargo para finales de 1981 sus índices de popularidad habían caído a 25%, los más bajos de cualquier premier británico, principalmente por los problemas económicos que afectaban al país (alto nivel de desempleo, parálisis industrial, inflación), las huelgas de los mineros y una pelea muy dura con el sector sindical por las condiciones de los trabajadores.
“La guerra ocurrió de repente. Nadie pudo anticipar la invasión argentina más que algunas horas antes, aunque muchos lo temieron en el pasado. Cuando me volví primera ministra nunca pensé que tendría que ordenar el envío de tropas británicas a combatir y no creo que antes viviera con tanta tensión e intensidad como durante ese periodo”, sostuvo.
Tenía 56 años, dormía sólo dos horas diarias (durante el periodo de la guerra) y llevaba 23 años como parlamentaria del Partido Conservador. Thatcher tenía una preocupación principal: Impedir que Gran Bretaña perdiera aún más territorio como gran imperio en ocaso.
“La importancia de la guerra de las Falkland era enorme, tanto para la autoconfianza de Gran Bretaña como para su posición en el mundo. Desde el fiasco del Canal de Suez en 1956 la política exterior británica nunca antes había estado en retroceso. La presunción tácita hecha por gobiernos extranjeros y el británico era que nuestro rol en el mundo estaba irremediablemente reduciéndose.
“Terminamos siendo vistos tanto por nuestros amigos como por nuestros enemigos como una nación a la que le faltaba la determinación y la capacidad para defender sus intereses en paz y menos aún en guerra. Pero la victoria en las Falkland cambió eso. La guerra tuvo además una importancia real en las relaciones entre Occidente y Oriente: Años más tarde fui informada por un general ruso de que los soviéticos estaban convencidos de que no pelearíamos por las Falkland y que si lo hacíamos, perderíamos. Les demostramos que estaban equivocados en ambos casos y no lo olvidaron.”
“Invasión sorpresiva”
Thatcher –quien años más tarde contaría con una calle en las Malvinas, la Margaret Thatcher Drive– estaba convencida de que los británicos tenían derecho de seguir siendo dueños de las islas australes, donde habían permanecido desde 1833.
Según la primera ministra “todo comenzó con un incidente en las Georgias del Sur. El 20 de diciembre de 1981 hubo un desembarco no autorizado en las islas, en el puerto de Leith, por lo que podría describirse como un grupo de argentinos distribuidores de chatarra: Entonces les dimos una respuesta firme pero medida.
“Los argentinos luego abandonaron la isla y el gobierno de Argentina dijo no saber nada al respecto. El incidente fue preocupante pero no demasiado. Yo me sentí más alarmada cuando, después de negociaciones angloargentinas en Nueva York, el gobierno argentino rompió una promesa acordada en la reunión y publicó un comunicado unilateral revelando detalles de la discusión, al tiempo que la prensa argentina comenzó a especular sobre una posible acción militar antes de la fecha simbólica de enero de 1983 (al cumplirse 150 años de la ocupación británica).”
El 3 de marzo de 1982 “recibí un telegrama de nuestra gente en Buenos Aires que decía: ‘Tenemos que hacer planes de contingencia’, aunque a pesar de mis temores no esperaba una invasión completa, que nuestros servicios de inteligencia tampoco preveían”.
El 20 de marzo “nos informaron que el día previo un grupo de argentinos distribuidores de chatarra había hecho otro desembarco no autorizado en las Georgias del Sur, nuevamente en Leith. Se había izado la bandera argentina y se hicieron algunos disparos”.
Durante los siguientes días de marzo y tras no resolverse el incidente, Thatcher comenzó a preocuparse. La tarde del 28 de marzo la primera ministra telefoneó al entonces canciller Peter Carrington para pedirle que se comunicara con su colega estadunidense Alexander Haig a fin de que Estados Unidos “pusiera presión a Argentina”.
“A la mañana siguiente, nos encontramos con Peter en la base de la Real Fuerza Aérea en Norholt para viajar al Consejo de Europa en Bruselas y discutimos qué otras medidas debíamos tomar. Acordamos enviar un submarino nuclear para sumarse al HMS Endurance y preparar el envío de un segundo submarino. No me molestó en absoluto cuando al día siguiente la noticia se había filtrado a la prensa.
“El submarino tardaría dos semanas en llegar al Atlántico Sur, pero ya estaba poniendo presión. Mi instinto decía que había llegado el momento de demostrarles a los argentinos que éramos serios al respecto”, narró Thatcher.
La tarde del 30 de marzo de 1982 Thatcher regresó de Bruselas, pero Carrington seguía en una visita oficial en Israel, una ausencia “desafortunada”, según la exprimera ministra.
Un día después la llamada Dama de Hierro informó ante la Cámara de los Comunes los resultados de la cumbre de Bruselas, “aunque en mi mente estaba enfocada en lo que los argentinos harían y cómo responderíamos.
“El informe que recibíamos de nuestros servicios de inteligencia era que el gobierno de Argentina estaba explorando nuestras reacciones y que no se animarían a una invasión. Sin embargo sabíamos cuán impredecibles e inestables eran y que una dictadura no se comporta siempre de forma racional. Estaba muy preocupada. De todos modos no creo que nadie de nosotros esperara una invasión inmediata a las Falkland.”
La guerra
Los hechos se precipitaron.
“Nunca olvidaré ese miércoles por la tarde (el 31 de marzo de 1982). Estaba trabajando en mi oficina en la Cámara de los Comunes cuando fui informada de que (el ministro de Defensa británico) John Nott quería una reunión inmediata para discutir sobre las Falkland. Llamé a mi grupo. Ante la ausencia de Peter Carrington, Humphrey Atkins y Richard Luce asistieron en representación de la Cancillería, con funcionarios de esa dependencia y del Ministerio de Defensa.
“John estaba alarmado. Acababa de recibir información de inteligencia acerca de que una flotilla argentina, ya en el mar, busca invadir las islas el viernes 2 de abril. No había forma de cuestionar la evidencia. John dio la opinión de su cartera de que las Falkland no podrían retomarse si eran invadidas. Esto era terrible y totalmente inaceptable. No podía creerlo: Esta era nuestra gente (los isleños), nuestras islas. Dije de forma insistente: ‘Si son invadidas, tenemos que retomarlas’.”
Minutos después Thatcher recibió al jefe de la Marina, sir Henry Leach. “Le pregunté qué podíamos hacer. Estaba tranquilo, calmado y confiado: ‘Puedo organizar una fuerza de tarea de destructores, fragatas, botes de desembarco y buques de ayuda. Será guiada por los portaaviones HMS Hermes y HMS Invincible. Puede estar lista en 48 horas’. Él creía que semejante fuerza podía recapturar las islas. Todo lo que se necesitaba era mi autorización para que comenzara a ensamblarse esa fuerza. Se la di y él abandonó la reunión de inmediato para ponerse a trabajar”.
Para Thatcher “nuestra única esperanza era Estados Unidos, amigos y aliados y un país al que el general Galtieri (a la sazón presidente de facto de Argentina), si seguía actuando de forma racional, escucharía. Le pedí entonces al presidente (Ronald) Reagan que presionara a Galtieri para que diera marcha atrás. Y eso fue lo que hizo el presidente”, contó en sus memorias.
A las 9.30 de la mañana del jueves 1 de abril Thatcher presidió una reunión de gobierno en la que fue informada de que el desembarco argentino ocurriría el día siguiente.
“Creíamos que el presidente Reagan había tenido éxito. Sin embargo Galtieri no atendió su llamada telefónica. Sólo aceptó hablar con el presidente una vez que la invasión había comenzado. Me enteré de esto en las primeras horas del viernes y supe que nuestra última esperanza había muerto.”
A las 9:45 de la mañana del viernes el gabinete británico se volvió a reunir en Downing Street (residencia de los primeros ministros). “Reporté a mis ministros que una invasión argentina era ahora inminente. Nos reuniríamos más tarde para decidir si enviábamos la fuerza de tarea, aunque en mi mente no era importante si debíamos actuar, sino cómo. Las comunicaciones con las Falkland se interrumpían debido a las condiciones atmosféricas.
“El viernes por la mañana el gobernador de las islas, Rex Hunt, envió un mensaje diciéndonos que la invasión argentina había comenzado, pero nunca recibimos ese mensaje. (De hecho, el primer contacto que tuve con él fue después de la invasión cuando logró llegar a Montevideo, en Uruguay, donde los argentinos lo enviaron junto a un grupo de funcionarios de las islas el sábado por la mañana.)
“Fue de hecho el capitán de un buque de la British Antarctic Survey quien interceptó una emisión radial local de las Falkland y pasó la información a la cancillería británica. Mi secretario privado me dio la confirmación final cuando estaba en un almuerzo oficial. En ese momento no pude evitar que me escurriera una lágrima”, contó la entonces jefa del gobierno británico.
El resto fue historia. En 74 días Gran Bretaña logró recapturar las islas del Atlántico Sur. El conflicto bélico costó la vida a 649 soldados argentinos, 255 británicos y tres isleños.
Pero los beneficios políticos para Thatcher fueron enormes. Los índices de popularidad de la ahora “heroína de guerra” pasaron de 70% y un año después, el 9 de junio de 1983, La Dama de Hierro consiguió la reelección con 42.4% de los votos.








