A un cuando su contenido es decepcionante, la edición 2012 de la Bienal FEMSA que se presenta en el Antiguo Colegio de San Ildefonso es interesante porque devela tres aspectos esenciales del sistema del arte contemporáneo mexicano: la crisis creativa, la parcialidad de la promoción institucional y la carencia de foros de difusión y legitimación.
Integrada por sólo 2.20% de las piezas que concursaron –82 seleccionadas de 3 mil 724 obras–, la X Bienal confirma el arraigo social que tiene la pintura, la vacuidad de los actuales discursos conceptuales y la preferencia de los promotores institucionales por las prácticas tecnológicas.
Por su predominio en el porcentaje de la selección y premiación, la fotografía merece una atención especial. Representada con 19 impresiones de un total de 799 –en el contexto de la pintura se recibieron mil 599 obras de las cuales sólo se eligieron 23–, la disciplina se caracterizó por el énfasis en el impacto temático y la simpleza en la propuesta visual. Desde una perspectiva general, los gustos del jurado –Itala Schmelz, Carlos Blas Galindo y Karen Cordero– inciden en el documentalismo artístico, la biografía y la construcción de escenas ficticias.
Producto de la hibridación entre la biografía, la instalación y la documentación fotográfica, el proyecto, premiado con 200 mil pesos, de Mariana Dellekamp genera varios cuestionamientos: ¿Cuál fue la aportación fotográfica, autobiográfica o conceptual que premió el jurado? Utilizar los libros de la biblioteca personal como autorreferente de identidad, organizarlos con base en sus tamaños y colores y fotografiarlos como una instalación, no convierte el proyecto en una obra de arte. El mismo cuestionamiento aplica al premio de Miguel Ángel Fernández (Sonora, 1986), quien, basado en un complejo y cuestionable discurso, convierte lo “desertizado” del desierto en alegoría de lo político y lo poético en un medio para cuestionar lo ideológico.
En el contexto de las tridimensiones, las ocho esculturas seleccionadas de un total de 603 evidencian la desorientación del género. Si bien la pequeña y divertida Musa de barro de Gerardo Barba (Aguascalientes, 1960) refresca la rigidez de la escultura en cerámica, las tridimensiones de Jessica Wozny (Alemania, 1978) destacan por su falta de sentido.
Al margen de la insignificancia de las instalaciones, las pinturas sobresalen por la indiferencia que generan en la difusión de la muestra. Ausentes en el guión de las visitas guiadas aun cuando constituyen una mayoría de 23 piezas, las prácticas pictóricas transitan entre la mediocridad conceptual –Jorge Juan Moyano (Puebla, 1978)–, la simplicidad estructural –Jacqueline Lozano (Guanajuato, 1984)–, la simplista retinalidad realista –Hugo Lugo (Sinaloa, 1974)– y la sugerente visualidad pictórica de Perla Krauze. Realizadas a través de elementos que chorrean –como el agua sobre lámina de plomo–, las abstracciones de Krauze reivindican la intersección entre el concepto y la pictoricidad, imponiéndose como dos de las obras más interesantes de todo el conjunto. Atractivas también por la fusión de texturas y vocabularios dibujísticos, las narraciones de Rocío Sáenz (Chihuahua, 1971) confirman la pertinencia de realizar exhibiciones pluridisciplinarias.
Integrada no sólo por prácticas creativas, sino también por tendencias o parcialidades curatoriales, la X Bienal FEMSA demuestra que los valores artísticos se construyen en el ámbito de la difusión y la promoción.








