Cacicazgo reciclado

Este lunes 1 de abril Tonatiuh Bravo Padilla toma posesión como rector general de la Universidad de Guadalajara, con lo que teóricamente debería comenzar una nueva etapa en la historia de la educación superior en Jalisco.

En la práctica, el relevo en la rectoría de la UdeG muy difícilmente va a representar un cambio sustantivo en la vida de esa añeja institución que opera con el dinero de los contribuyentes y cuya misión oficial es la de ofrecer gratuitamente educación superior y estudios de bachillerato de calidad a quien lo solicite, siempre y cuando cumpla con los requisitos.

Pero la observancia satisfactoria de esa misión, así como el hipotético paso hacia delante en la casa de estudios (que permitiría a la universidad pública de Jalisco corregir desviaciones y cumplir cabalmente su razón de ser) no dependen de la llegada de equis rector, por más capaz y bienintencionado que éste pueda ser, sino de la normalización de una verdadera vida institucional y, consecuentemente, de la desaparición del cacicazgo del exrector Raúl Padilla, quien desde 1989 es el verdadero mandamás de la UdeG.

Ante este panorama, poco es lo que podrá hacer el flamante nuevo rector general para reencarrilar la vida universitaria. Primero, porque, al igual que sus predecesores, Bravo Padilla no llega al cargo con el apoyo y consentimiento de la comunidad universitaria, sino con el aval del cacicazgo en cuestión. Por otra parte, el cargo mismo de rector general no da para mucho, pues desde fines de agosto de 2008, a raíz de la destitución del entonces rector Carlos Briseño Torres (por haber cometido el pecado de “rebelarse” contra el padillato) al que en teoría es el principal cargo ejecutivo de la UdeG le fueron retiradas, muy calculadamente, sus principales funciones, de suerte que ha quedado convertido en un puesto punto menos que decorativo, que no va mucho más allá de encabezar actos protocolarios, cortar listones, firmar los convenios y acuerdos que tenga a bien discurrir el cacicazgo de Raúl Padilla, ya sea a través del Consejo General Universitario o de las corporaciones gremiales de la institución, órganos que también responden a los intereses del cacique de marras antes que a los de la comunidad universitaria.

Ante este panorama, tan conocido como poco alentador, lo que se puede esperar del flamante rectorado de Tonatiuh Bravo Padilla no son cambios sustanciales que favorezcan el quehacer universitario –y por extensión redunden positivamente en la sociedad jalisciense– sino un previsible reciclaje en los mandos altos y medios de la burocracia udegeísta, un reciclaje que es decidido, o al menos aprobado, por el mandamás de la UdeG, le guste o no al rector general en turno de la UdeG.

Este reciclaje, por cierto, comenzó desde días antes de que el nuevo rector asumiera oficialmente su cargo, con la anticipada ratificación de quienes se venían desempeñando como vicerrector y como secretario general de la casa de estudios, Miguel Ángel Navarro y Alfredo Peña Ramos, respectivamente. Ambos sacaron reintegro, no porque el nuevo rector los hubiera considerado como los más capaces y confiables para esos altos puestos de la estructura universitaria, sino porque así fue determinado por el mandamás de la institución.

El proceso de reacomodo, que seguirá dándose en los próximos días, habrá de responder a la cotización que los eventuales aspirantes a los distintos cargos de la administración udegeísta tengan en el padillómetro. Quienes se hallen a la baja en este singular medidor de “méritos” ante el rector de facto, si bien les va sólo podrán alcanzar un hueso menor y, en muchos casos, es probable que sus afanes ni siquiera se vean recompensados con una croqueta en el reparto.

Un buen ejemplo de lo anterior podría ser el caso de Nubia Macías, quien de manera intempestiva y por presuntas “razones personales” renunció a la dirección de la Feria Internacional del Libro, la más cotizada de las empresas universitarias, en las que el mencionado exrector Raúl Padilla funge como presidente vitalicio. ¿Qué otra lógica puede tener esa salida?

¿No resulta extraño que la ahora exdirectora de la FIL haya decidido separase “voluntariamente” de un alto cargo que, desde 2003, venía desempeñando en términos más que satisfactorios, según la opinión de muchos editores, escritores, intelectuales, académicos, editorialistas y también funcionarios de la propia UdeG, comenzando por Marco Antonio Cortés Guardado, rector general hasta el 31 de marzo? ¿Cuál fue el verdadero motivo de dicha renuncia? ¿Acaso Nubia Macías está gravemente enferma? ¿O se cansó de “ser feliz” cumpliendo, según llegó a decirlo ella misma, con una gratificante responsabilidad? ¿O es que le ofrecieron una mejor chamba como, por ejemplo, irse a dirigir la Feria del Libro de Frankfurt, la única de su tipo que, según  eso,  estaría  por  encima  de  la  que organiza la UdeG? ¿Qué significa el eufemismo de que “cumplió con su ciclo”? ¿Acaso que cayó en el padillómetro?

Como no sea para oficializar acuerdos, en éste y en otros muchos ámbitos de la  vida  universitaria  poco  o  nada  cuenta la opinión del rector general de la UdeG. La reciente designación de Marisol Schulz como nueva directora de la FIL; la ratificación anticipada de altos funcionarios; el proyecto tan descocado como deficitario de que parte del subsidio de la casa de estudios se destine a la promoción de una feria del libro en Los Ángeles, California, o el anuncio de que muchas de las expresiones más vulgares de la farándula habrán de seguir siendo consideradas como parte de las “funciones sustantivas” de la casa de estudios, entre otros planes y proyectos no menos demenciales, son asuntos que, en la práctica, no le toca decidir al nuevo rector, aun cuando el susodicho esté obligado a darles su aval, si quiere llevar una gestión sin sobresaltos.

Así de acotado está el panorama para Tonatiuh Bravo Padilla, rector de jure de la UdeG. En cambio, para el rector de facto (¿eres tú, Raúl?) su poder e influencia en la vida interna de la casa de estudios no sólo son ilimitados, sino que no tienen fecha de caducidad. Pero la injerencia de este último también se da –y en una escala considerable– fuera del campus universitario hasta el punto de convertirse en uno de los principales poderes fácticos de la comarca. De este modo, también interviene en la estructura del gobierno de Jalisco, en la de no pocos ayuntamientos municipales (entre ellos varios del área metropolitana de Guadalajara), en la del Congreso local y la del Poder Judicial del estado y hasta en la de los organismos ciudadanizados, para no hablar de varios partidos, comenzando por la del PRD, cuya representación local hace años que está a su entera disposición.

De esta forma, el reciclaje de funcionarios de la UdeG, actualmente en curso, responde al conocido apotegma del siciliano príncipe de Salina, protagonista de la novela El gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: de vez en cuando las cosas deben cambiar, pero sólo para que todo siga igual. Periódicamente, el cacicazgo universitario del príncipe Padilla, al igual que el del siciliano, también requiere de algunos cambios aparentes y de otros reales, pero sólo para que en la universidad pública de Jalisco no truenen más chicharrones que los del rector de facto.