La república perdida

La inseguridad, la sobreexplotación de los recursos naturales por grandes empresas y el despojo de su territorio original son quizá los mayores problemas que enfrentan las comunidades nahuas de la Sierra de Manantlán. Sin embargo, una de sus líderes morales, Rogelia Justo, afirma que su lucha mayor es porque aprendan a trabajar unidos para recuperar lo suyo: la paz, las tierras y la cultura de los antepasados.

AYOTITLÁN-CUAUTITLÁN.- La parte alta de la Sierra de Manantlán está resguardada por la Peña Blanca, una gran formación rocosa que anuncia el próximo diluvio, que arrastrará vidas, animales, árboles y propiedades. Justamente ahí se esconde la llamada República de Yndios de Ayotitlán. El 65% de sus 9 mil habitantes subsisten en la pobreza, a pesar de riqueza de sus tierras.

El pasado 27 de febrero el pueblo de Ayotitlán cumplió 205 años de haber sido reconocido oficialmente como comunidad indígena, aunque  después se les negó la categoría de etnia y ahora sólo se le considera como ejido.

La mayoría de los habitantes de la zona son niños y mujeres, que con frecuencia padecen enfermedades respiratorias, reconoce el médico Pedro Sánchez, quien hace cinco meses asumió la presidencia municipal.

Él explica que, según las estadísticas nacionales, el municipio de Cuautitlán de García Barragán tiene más de 17 mil habitantes, 65% de ellos en situación marginal, y sin embargo fue excluido de la Cruzada Nacional Contra el Hambre que anunció el presidente Enrique Peña Nieto. En Jalisco, agrega, “sólo se incluyó a cinco municipios metropolitanos”.

Por ese motivo afirma que le propondrá al nuevo gobernador, Jorge Aristóteles Sandoval, que gestione la inclusión de su municipio en dicho programa de la Secretaría de Desarrollo Social, como parte de una estrategia para conseguir mejores condiciones de vida para la población nahua con la ayuda de los gobiernos local y federal.

Otro problema que arrastra la comunidad es que existe una disputa por las tierras, y los indígenas han sido obligados a habitar sólo una pequeña porción de las que históricamente consideran sus tierras.

Pueblo arrinconado

 

La indígena Rogelia Justo Elías, a quien los nahuas consideran como una matriarca, atribuye el arrinconamiento de su pueblo en 44 mil hectáreas, cuando en siglos pasados era suya una extensión de 440 mil, a la codicia que despertaron sus cerros y explanadas ricas en hierro, cobre, plata, oro, zinc e incluso en maderas preciosas.

En la década de los noventa, Justo Elías se fue a Guadalajara a estudiar las carreras de derecho y de ingeniero agrónomo. Ahora trabaja en el área de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara y casi siempre que regresa a la sierra lo hace con raids, porque no hay camiones para  Ayotitlán.

En su pueblo sólo sus más cercanos saben que ella pertenece al Consejo Consultivo de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.

Consultada sobre la lucha por la tierra en su comunidad, dice que en 1963 el presidente Adolfo López Mateos emitió una resolución para dotar de 50 mil hectáreas a  los  campesinos  e  indígenas  de  Ayotitlán, pero sólo se les otorgaron 34 mil.

Después, en 2005, el Programa de Certificación de Derechos Ejidales (Procede) realizó una nueva medición y le quitaron otra fracción, con lo que Ayotitlán sólo se quedó con 30 mil 500 hectáreas. “Cada vez que se hace una medición o se busca ubicar y reconocer los linderos de nuestros territorios, éstos se hacen más chiquitos”, dice Justo Elías.

Y comenta que decenas de personas trataron de gestionar la dotación de todas las tierras que les correspondían por la resolución presidencial, pero fallecieron esperando.

Aclara que, por una u otra razón, los terrenos que la comunidad ha perdido ahora los explotan las empresas mineras o industrias forestales. Por desgracia, dice, de la que fuera conocida hace siglos como la República de  Yndios de Ayotitlán sólo existe el recuerdo entre los pobladores y de unos cuantos de sus representantes que tratan de entender sus reivindicaciones.

Por eso, se dice satisfecha de que el pasado 27 de febrero el ayuntamiento en pleno trasladó todos los poderes del municipio a este poblado de Ayotitlán, en una muestra de reconocimiento y solidaridad con los habitantes de la sierra. Aclara:

“No podemos decir que somos una nación, pero sí que estamos en posibilidades de recuperar nuestra identidad, de convertirnos no en una república de indios, pero sí en un pueblo indígena respetado por su cultura.

“Aquí no festejamos lo que no fue, sino que demostramos nuestra confianza en el futuro, nos preparamos para lo que sigue y vemos lo que vamos a hacer como un gran pueblo. Nos afectan los desgastes, pero estamos en una gran lucha, estamos en el camino correcto para ser un pueblo con identidad y cultura propias. A pesar de que nuestras tierras están mutiladas, hoy estamos luchando por nuestra dignidad.”

Sin embargo, admite que aún falta mayor organización de los campesinos en defensa de sus tierras porque los pequeños propietarios, las grandes mineras y los empresarios madereros se han apoderado de los mejores terrenos.

Otros pobladores dicen que en el arrinconamiento de su comunidad ha participado hasta la Universidad de Guadalajara, con el laboratorio de la Reserva de la Biosfera de Manantlán.

Ahora, dicen, se les niega el paso a los lugares donde tradicionalmente recolectaban frutos silvestres, juntaban leña o cazaban para complementar su alimentación.

Antes, se quejan, el dinero carecía de valor y los mayores salían a Cuautitlán, a Minatitlán, o bajaban a al puerto de Manzanillo, Colima, para intercambiar con los campesinos frijol, maíz o huevos por distintos productos.

“Mi abuelo salía varias veces al mes y llevaba algunos productos que le servían para hacer trueque con las personas de Manzanillo. Entonces se le daba menos importancia a los billetes y las monedas. Era un intercambio en especie, de todas las cosas que se necesitaban, pero con la llegada de las mineras y de grupos empresariales, ahora ya casi nadie produce nada en esta tierra”, comenta Justo Elías. Las “migajas” que reciben los campesinos y los indígenas de las mineras no compensan las pérdidas, añade.

El municipio de Cuautitlán de García Barragán está marcado desde hace años por el conflicto territorial entre Colima y Jalisco. Sus principales poblaciones indígenas, además de Ayotitlán, son Telcruz, El Terrero, Chacala, San Pedro Toxín, Rancho Viejo, El Cerro Prieto, Las Zorras, Chanquiagui y Las Pesadas, asentadas sobre 82 mil hectáreas ricas en minerales.

En la frontera entre el municipio jalisciense de Cuautitlán y el colimense de Minatitlán opera la mina El Pesar, una de las que bloquea el ingreso a los campesinos de rancherías como la Playita, La Corona y El Paticojo, pero éstos sí padecen la contaminación que esa industria provoca con sus residuos en ríos y cañadas.

El trabajador de una empresas minera consultado por el reportero (pide reservar su nombre) indica que por una tonelada de material de ferroso extraído en la zona se le paga al dueño del predio o ejidatario uno o dos dólares, que el responsable de la extracción puede vender por cuatro dólares en el puerto de Manzanillo.

Al respecto, Rogelia Justo Elías informa que el material ya procesado y listo para su exportación se ofrece hasta en 60 dólares, para lo cual debe garantizarse 60% de contenido ferroso en el mineral.

Señala que un trabajador especializado en el movimiento de maquinaria pesada gana en esta zona de 2 mil 500 a 3 mil pesos a la semana, pero que conforme aumenta la explotación de minerales también se incrementa la de los hombres, ya que los sueldos se reducen. En los últimos dos años los patrones les han estado pagando mil o mil 500 pesos semanales, a pesar de los enormes riesgos que se corren en esta actividad.

El  presidente  municipal de Cuautitlán, Pedro Sánchez, niega que exista un conflicto entre los indígenas y las mineras. Para él, por ese lado “todo está en calma” y, si bien reconoce los problemas de inseguridad, rechaza la posibilidad de que se formen grupos de autodefensa como los de Guerrero y Michoacán, entre otros estados.

Sin embargo, Indalecio Ramos, un viejo líder nahua, recuerda a Celedonio Monroy, que fue secuestrado el año pasado y continúa desaparecido. Pero lo precedieron otros, aclara:

“Aquí son muchos los hombres que han perdido la vida por defender la tierra. Entre ellos se encuentran Marcos de los Santos, líder campesino que murió asesinado, al igual que Cristóbal Sandoval o Felipe Cobián; Arnulfo Elías, pariente de Rogelia Justo Elías; Lucas Palacios, quien murió en la defensa del pueblo de Timbillos, donde fallecieron 15 indígenas en 1920… Colima desde esas fechas nos viene invadiendo, todos los minerales que explota Peña Colorada son propiedad de Ayotitlán, pero el gobierno de Jalisco no nos defiende ni apoya.”

En San Pedro Toxín, hace varias décadas “un enfrentamiento entre gente de Colima y Jalisco, provocó la muerte de todo un grupo de las llamadas defensas rurales”.

Rogelia Justo asegura que los visitantes de la región suelen quedarse con la falsa percepción de que Ayotitlán sólo tiene problemas de seguridad y conflicto agrario. “Nosotros buscamos ser reconocidos por las cosas buenas que ocurren en nuestro territorio y de eso poco se habla en los medios”, explica.

El ojo de mar

 

En el aniversario 205 del reconocimiento de la Republica de Yndios de Ayotitlán, jóvenes de la zona aprovecharon para exhibir algunas danzas autóctonas que recientemente recuperaron los pobladores.

La maestra Magdalena Flores destaca que desde 1995 existe un esfuerzo por revivir la cultura nahua, a propuesta de Rogelia Justo Elías:

“Porque por esas fechas no se nos reconocían como indígenas a pesar de que la comunidad está aquí desde antes de la conquista. El ya desaparecido Instituto Nacional Indigenista nunca nos reconoció como pueblo indio y le dio poca importancia a nuestras necesidades, como escuelas bilingües, casas de salud y muchas otras cosas en las que no nos atendían. Por eso nos empezamos a organizar nosotros. Yo me capacité primero en el rescate de la medicina tradicional, y luego en el de las historias y los mitos de la región.”

Entre las danzas recuperadas destacan las de los Negros y de los Pastores, en las cuales los participantes se disfrazan en alusión al mar, considerado como un dios que da vida o sale para abatirse sobre la tierra y sembrar la muerte.

Flores relata que los antiguos pobladores de Ayotitlán decían que la Peña Blanca era en realidad un ojo de mar que constantemente se desbordaba y que con fuertes rugidos, desde lo más profundo de sus entrañas, advertía de una inundación que se avecinaba.

“Ese mito prevaleció por décadas. La tradición oral dice que cada 12 años el mar salía en busca de dos grandes piedras que había dejado en la región y que eran sus hijas.”

Las danzas que ahora se recuperan se ejecutaban para calmar la ira del océano. La profesora Flores dice que tales relatos pasaron de generación en generación. Lo cierto, dice, es que “en la Casa de la Cultura tenemos una concha de almeja que se localizó en esta zona, en una cueva, y así constantemente encontramos otro tipo de fósiles que sólo se pueden ubicar bajo el mar”.