Sustentada en una aguda y provocativa interpretación de la vida, entorno creativo e imágenes de José Guadalupe Posada (México, 1852-1913), el monero e historiador Rafael Barajas El Fisgón materializa, en una sintética y amena exposición, la desmitificadora tesis que desde 2005 ha sustentado sobre el ilustrador decimonónico: que nunca estuvo a favor de la Revolución Mexicana, que simpatizaba con Porfirio Díaz, y que su identidad moderna fue producto de la necesidad legitimatoria de los más prestigiados y oficiales artistas posrevolucionarios.
Atractiva tanto por su concepto curatorial como por su emplazamiento museográfico, la exposición José Guadalupe Posada. Crónica de un Cronista narra, como en una historieta, el desarrollo creativo del valorado –o sobrevalorado– grabador, desde sus inicios en 1871 en la Ciudad de Aguascalientes, hasta su muerte en el Distrito Federal.
Dividida en dos secciones que corresponden a la cronología de su obra y a la presentación de las temáticas costumbristas que lo caracterizan, la muestra se constituye como un diálogo constante entre Posada, sus contemporáneos, sus coleccionistas, y algunos creadores que durante el siglo XX trabajaron los mismos temas costumbristas o que, inclusive, fortalecieron la mitificación del personaje con datos alterados como Leopoldo Méndez.
La primera sección o crónica de su obra es muy interesante. Diseñada con base en una eficiente comunicación visual, el espectador percibe fácilmente las referencias, transformaciones formales y temáticas de las ilustraciones de Posada, desde sus primeras participaciones en el periódico liberal El Jicote hasta las últimas de 1913 en el periódico Gil Blas. Con un fino dibujo que no lo diferencia de otros caricaturistas decimonónicos, Posada sintetiza y dramatiza su lenguaje a partir de 1888, después de perder a su hijo y esposa durante la inundación de León, Guanajuato. A partir de 1889, instalado en la Ciudad de México, realiza numerosas ilustraciones en las que se evidencia una gran capacidad para expresar emociones a través de construcciones escenográficas y movimientos corporales. En el contenido de su caricatura política, el autor no disimula su admiración por Porfirio Díaz, a quien retrata y define como “el sol de la paz” en uno de los folletos de la Biblioteca del Niño Mexicano. Severamente crítico ante Villa y Zapata –a este último lo enumera como uno de los principales bandoleros de México–, el grabador tantas veces elogiado por la historiografía del arte mexicano, descalifica abiertamente a Madero al tiempo que representa con nostalgia la caída de Díaz.
El tono de la sección dedicada a los temas costumbristas es diferente. Ambientada museográficamente con interpretaciones sonoras de las canciones que aparecen en los cancioneros ilustrados por Posada –Flor de té, Morir soñando, Candelaria–, la experiencia museística introduce al espectador en un territorio de imágenes que oscilan entre la verdad y la ficción. Con una mención al coleccionista Ricardo Pérez Escamilla, quien constantemente comentaba que “sin pulque no hay Posada”, las representaciones de pulquerías, calaveras, cartas de amor, payasos y demonios se enriquecen con ilustraciones religiosas que evidencian el destino comercial y popular de la obra de José Guadalupe Posada.
Relevante por la desmitificación del personaje como antecedente del arte posrevolucionario, la muestra integrada con piezas de la Colección Carlos Monsiváis devela la importancia y arbitrariedad del discurso en la construcción de valor artístico.








