Caillois: La diversidad convergente

Escritor prolífico y extraordinariamente versátil, siempre con un pie en la poesía y otro en la ciencia, Roger Caillois nació hace cien años en la ciudad de Reims, noreste de Francia. Hacia mediados del siglo XX habría de convertirse en uno de los intelectuales paradigmáticos de ese país, así como en el principal divulgador que las letras hispanoamericanas hayan tenido en el mundo francófono.

Tan vasta y diversa es la obra de Roger Caillois que resulta difícil describirla. Todo le interesa: la mitología griega, la naturaleza de los sueños, la pedagogía de las matemáticas, la novela policial, los ideogramas chinos, la teología, la historia de la guerra, las alas de las mariposas, la historia del tablero de ajedrez, la crítica del marxismo, el arte fantástico, la función de la imagen poética, la representación de la muerte en el cine, la arquitectura, la vocación social del juego, el poder de las palabras, la naturaleza maravillosa de las piedras.

Y todo lo aborda de una manera imaginativa, heterodoxa, extraordinariamente lírica, sin dejar de ser riguroso en su razonamiento, construido siempre con elegancia y erudición. Es un adelantado de lo que hoy llamamos “estudios interdisciplinarios”. Si hay que echar mano de un adjetivo para tratar de definir su trabajo, quizás el más conveniente sea “heteróclito” (aquello que es irregular, extraño, fuera del orden convencional, un “nombre que no se declina según la regla común”, como explica el diccionario), pero eso no significa que carezca de cohesión ni mucho menos.

Quien se adentra en los cuarentaitantos libros que Caillois publicó entre 1939 y 1978 (año de su muerte) descubre que el conjunto tiende a crear un sistema de ideas. Como él mismo lo señaló hacia el final de su vida, en una conversación con Jean-Paul Enthoven y Héctor Bianciotti, “a medida que estudio temas inconexos, no emparentados […] me doy cuenta de que esta diversidad es convergente…” 1

Grosso modo, Caillois pensaba que, tal como los ciento tres elementos químicos ordenados en la tabla periódica forman la trama del universo –así lo demostró su admirado Dmitri Mendeleiev–, los seres y las cosas también forman una trama que es un eco y reflejo de aquella, y desarrolló su obra como una suerte de ars combinatoria (un “procedimiento sintético e inventivo, destinado a descubrir nuevas verdades mediante la agrupación de objetos y símbolos diversos”) que al exponer la estructura poética del mundo revela su carácter unitario. Ejemplo de ello son las espléndidas páginas que dedicó a la evocación del mito de la mujer fatal a través del examen de la conducta sexual de la mantis religiosa (célebre por devorar a su pareja durante la cópula). Caillois las escribió a comienzos de 1934, antes de cumplir 21 años, y las revisó para que formaran parte de su primer libro, El mito y el hombre, publicado por Gallimard en 1938.

En  1940 Octavio  Paz  leyó ese libro –probablemente en la impecable traducción de Ricardo Baeza, publicada por Sur, en 1939– “con sorpresa y avidez; aunque su autor era apenas un año mayor que yo, me  deslumbró  por  el  rigor de su pensamiento, la pureza de su lenguaje y su erudición.” 2

Esa lectura es el preámbulo de una amistad que duró más de tres décadas, así como el hilo central de la red de relaciones que Caillois trabó con nuestro país.

 

II

 

Quizá la primera referencia imborrable que Roger Caillois tuvo de México corresponda a la tarde del 26 de diciembre de 1934. André Breton y un grupo de surrealistas, entre los que se cuenta Caillois (adscrito al movimiento desde dos años antes) se han reunido en la terraza de un café de la Place Blanche. Alguien (nadie recuerda quién) ha llevado a París recientemente un puñado de frijoles saltarines. Breton los pone sobre la mesa, celebra el raro espectáculo de los granos que se mueven e invita a los miembros del grupo a admirar la maravilla. Caillois sugiere que hay que cortar una de las semillas con un cuchillo para ver si acaso hay un insecto adentro (como es el caso: lo que hace saltar a la semilla, hueca y seca, es la larva de una pequeña polilla). Breton se encoleriza y acusa a Caillois de abrigar una actitud anti-lírica, hostil a lo maravilloso. Caillois, sin embargo, sostiene que algo maravilloso debe soportar cualquier prueba. Al día siguiente envía una carta a Breton para anunciarle su separación del grupo. El rompimiento es definitivo aunque, andando el tiempo, una mutua admiración mitigará las diferencias.

 

III

 

El testimonio de Paz permite saber que Caillois comenzó a ser leído en México de manera bastante temprana. Y no tardó en ser traducido y publicado en nuestro país. En 1942 el Fondo de Cultura Económica (FCE) publica su segundo libro: El hombre y lo sagrado, en traducción de Juan José Domenchina.

Su introducción en México se debe a tres personajes extraordinarios, entrañables amigos entre sí, que no tardan en compartir la amistad de Caillois. Desde luego, Daniel Cosío Villegas (director del FCE en aquella época), Alfonso Reyes, y Victoria Ocampo, la acaudalada escritora argentina, fundadora de la revista Sur y de la editorial homónima.

Victoria Ocampo conoce a Caillois en París, a comienzos de 1939, y queda impresionada por la inteligencia del poeta de 26 años. Lo invita a la Argentina a dar una serie de conferencias, y él llega a Buenos Aires el 11 de julio. En septiembre Alemania invade Polonia: comienza la Segunda Guerra Mundial. Argentina le declara la guerra al eje Roma-Berlín-Tokio, y el poeta se queda varado en Argentina hasta 1945. Gracias a esa prolongada estadía, su obra tendrá una considerable circulación en América Latina.

Varios de sus libros (unos en francés, otros en español) se publican en Argentina y en México antes que en Europa. Aquí aparecen dos: La comunión des forts. Études de sociologie contemporaine, impreso en febrero de 1943 por Ediciones Quetzal (firma fundada por Michelle Berveiller, director del Liceo Francés, y el editor catalán Bartolomeu Costa-Amic); y Ensayo sobre el espíritu de las sectas, traducido directamente del original por Julián Calvo e impreso en julio de 1945 bajo el sello de El Colegio de México.

En México, además, sus libros son reseñados por José Luis Martínez y Xavier Villaurrutia en las páginas de El Hijo Pródigo, que también publica un ensayo suyo (“La aridez”, traducido por J. L. Martínez), todo entre junio y septiembre de 1943.

 

IV

 

En julio de 1945, concluida la guerra, Caillois vuelve a Francia. Aunque la vida de su país le resulta difícil en el plano cotidiano, en el laboral no tarda en reincorporarse. A los tres meses de su vuelta se integra a Gallimard. Primero como lector, en seguida como autor (en octubre firma un contrato por tres libros) y por último (en los primeros días de noviembre) como editor de la colección La Cruz del Sur, cuyo propósito es “mostrar al grueso de los lectores franceses una literatura fecunda y mal conocida.” 3 Su reinserción en el medio editorial es sin duda un reconocimiento a la labor que realizó al frente de Lettres Françaises, la revista que, con el apoyo de Victoria Ocampo, dirigió en Buenos Aires durante los años del conflicto bélico, y que sirvió para mantener viva la llama de la literatura francesa contemporánea en Hispanoamérica.

Como editor de La Cruz del Sur, Caillois se convertirá en el principal divulgador de las letras hispanoamericanas en lengua francesa, un intercesor –como lo llamó Julio Cortázar en homenaje póstumo– sin parangón, al que sólo puede aproximarse el gran Valéry Larbaud, traductor, entre otros, de Reyes, Mariano Azuela y Ricardo Güiraldes.

Caillois aprendió español a la perfección durante su estancia en Argentina, y leyó a muchos escritores hispanoamericanos notables –empezando por Jorge Luis Borges–. Además de Borges, a quien admiró siempre por encima de las fuertes diferencias que tuvo con él, tradujo a Gabriela Mistral, a Pablo Neruda, a Miguel Ángel Asturias, a Jaime Torres Bodet, a Antonio Porchia, a Cortázar, e hizo traducir al francés, entre otros, a Martín Luis Guzmán, a Juan Rulfo, a Juan José Arreola y a Rosario Castellanos.

Extrañamente, quien no forma parte de la colección es Reyes, a pesar de haber sido invitado desde la primera hora a través de Victoria Ocampo. Diversas dificultades se interponen hasta que Reyes acaba por perder el entusiasmo que la propuesta le había provocado. No obstante, Caillois figurará en el índice de El libro jubilar de Alfonso Reyes (1956), obra de corte internacional convocada por la Universidad Nacional Autónoma de México para celebrar medio siglo de quehacer literario del gran polígrafo.

 

V

 

A comienzos de 1946, Octavio Paz, adscrito desde el año anterior a la Embajada de México en Francia, conoce a Caillois, cuyos libros fueron uno de los puntos de partida para la redacción de El laberinto de la soledad.

“Fue uno de mis primeros amigos en París –le cuenta a Pere Gimferrer en una carta escrita poco después de la muerte de Caillois–. Tradujo algunos poemas míos y nos vimos con frecuencia. Pero nos distanciamos por no recuerdo qué bizantinismos (sus críticas a la poética surrealista o algo así). Volvimos a vernos a mi regreso de Oriente. Colaboró en Plural y en Vuelta, tradujo Pasado en claro (admirable versión) y yo escribí un pequeño prólogo en forma de carta a Pierres
Réfléchies.4”

En efecto, Paz publicó un extenso fragmento de Pierres Réfléchies en versión de José de la Colina en el número 56 de Plural, y en 1977 Gallimard publicó la versión en francés de Pasado en claro que Caillois tituló como Mise au net.

El 20 de septiembre de 1976 Paz le envió una carta a Caillois para agradecerle su trabajo:

“Estimado Roger: leo y releo su traducción. Admirable en todos los sentidos en que una traducción puede serlo: fiel, muy fiel y, al mismo tiempo, con un valor propio. Las debilidades del poema se deben sólo a mí, no a usted. Estoy realmente encantado pero, también, desconcertado. Tras leer la versión que Jorge Guillén hizo de su Cementerio marino, Valéry le escribió: “Me encantó en español.” No podría decir lo mismo puesto que Pasado en claro no es el Cementerio (si bien le debe mucho a Valéry) pero estoy deslumbrado por la transfiguración de mi poema: es otro sin dejar de ser el mismo en ningún momento. Permítame, a la mexicana, darle un gran abrazo (verbal) de amistad y gratitud.5”

La relación de Roger Caillois con México es extensa y es imposible dar cuenta cabal de ella en este espacio. Pero vale la pena consignar algunos datos que deben tenerse presentes al tratar de reconstruirla.

Conoció a Juan José Arreola en París, a finales de 1945, cuando éste se encontraba estudiando teatro con Jean-Louis Barrault. Arreola habla de la cordialidad de su trato con Fernando del Paso en Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947).

Caillois vino a México por primera vez en febrero de 1947, formando parte de un grupo de intelectuales que realizan una gira por los Estados Unidos, México, América Central y el Caribe para pronunciar una serie de conferencias con las cuales se espera restaurar la imagen de Francia después de la Segunda Guerra. Caillois acepta formar parte de la misión con la esperanza de encontrarse aquí con Victoria Ocampo pero, para desdicha de ambos, eso no ocurrirá. De ese viaje Caillois regresará a Francia con un recuerdo perdurable: una ágata que se cuenta entre las piezas más queridas de su colección de piedras.

En 1959 intentó, con Alfonso Reyes y Max Aub (por iniciativa de éste) la publicación  de  una  Pléiade  Espagnole en Gallimard, pero el plan no llegó a prosperar.

En 1963 visita México nuevamente.  Esta  vez viene a un congreso de la revista Diógenes, que él dirige para la UNESCO desde 1952, y que se publica en México con el apoyo de la UNAM. En el curso de ese viaje Elena Poniatowska lo entrevista. La conversación, breve, y muy interesante, está recogida en un volumen impreso en 2008 por el FCE: Jardín de Francia.

El FCE cuenta en su catálogo con cinco títulos de Caillois: El mito y el hombre; El hombre y lo sagrado; La cuesta de la guerra; Los juegos y los hombres y Acercamientos a lo imaginario.

Increíble, absurdamente, la obra de Caillois aún no forma parte de la colección en la que se encuentra la mayoría de los escritores franceses consagrados: La Pléiade.

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1 “Los últimos enigmas de Roger Caillois”, Vuelta num. 31, junio de 1979, pp. 8-12.

2 Octavio Paz: “Las piedras legibles de Roger Caillois”, Al paso, Seix Barral; México, 1992, p. 59.

3 Odile Felgine: Roger Caillois. Biographie, Stock; París, 1994, p. 276

4 Octavio Paz, carta del 18 de enero de 1979, en Memorias y palabras. Cartas a Pere Gimferrer 1966-1997; México, 1992, pp. 179-180.

5 En Roger Caillois, Pour un tempo, Centre Nationale d’Art et de Culture George Pompidou/CCI, 1981, 259 pages, p. 244.