La disputa por la UACM

El conflicto en la UACM duele. Una indispensable universidad pública desgarrada por un complicado conflicto interno. Tengo amigos en lados opuestos, he escuchado sus argumentos y lo que en verdad no puedo entender es la imposibilidad de llegar a un acuerdo. Me da la impresión de que en la UACM la disputa se personalizó a tal punto que fue imposible encontrar una salida política. Y mucho me temo que la intervención de la comisión tripartita (GDF, ALDF y CDHDF) al respaldar a Enrique Dussel como rector interino propicie el típico caso donde el remedio es peor que la enfermedad.

Al entregar este artículo (el jueves 14) todavía no tengo suficiente información para valorar la votación del Consejo Universitario; por ejemplo, si el 26 de 50 cumple con el requisito legal para destituir a la rectora. Sin embargo, una parte de mi reflexión sobre lo que pasa en la UACM gira en torno al extremo atascamiento del conflicto. Cuando los problemas no se resuelven, se atascan, y para desatascarlos lo más común es recurrir a la fuerza, y así el problema empeora. Mucho me temo que el ¿ilegal? nombramiento de Dussel solamente implique un desatasco provisional, pero con serias consecuencias.

No hablar y no escuchar son síntomas de atascamiento. Adam Kahane, un facilitador en conflictos graves, que trabajó en Sudáfrica durante el proceso de reconstrucción nacional, y posteriormente en el País Vasco, con grupos de personas que perdieron un familiar a manos del grupo opuesto, afirma que la violencia imposibilita la comunicación. Kahane encontró algo que ya sabemos: cada parte cree tener la razón y está convencida de que la contraria está equivocada, y por lo tanto es la que debe cambiar. Kahane plantea que la única manera de desatascar un conflicto es que las partes comiencen a hablarse y a escucharse para encontrar un camino y avanzar juntos hacia una resolución. El diálogo no puede imponerse, y hay que construir lenta y cuidadosamente las condiciones para que las partes estén listas para hablar y escuchar. Cuando Kahane estuvo en el País Vasco encontró que las partes todavía no estaban listas, mientras que en Sudáfrica los sudafricanos de posturas opuestas sí estuvieron dispuestos a probar y, aunque lo hicieron a regañadientes e incrédulos, los resultados fueron espectaculares. La experiencia de Sudáfrica, donde el apartheid había herido brutalmente a la sociedad, convenció a Kahane de que es posible resolver problemas lacerantes y complejos sin recurrir al uso de la fuerza. Por eso insiste en que no hay otra manera de destrabar situaciones atascadas que un proceso de diálogo. ¡Y vaya que sabe de lo que habla! Pero como es muy difícil construir las condiciones para el diálogo y además éste produce resultados muy lentamente, por eso la fuerza se convierte en la opción más socorrida, como podemos ver en la UACM.

¿En qué consiste la disputa en la UACM? ¿Cuál es la agenda de la discusión? ¿Cuáles los objetivos tan disímbolos que impiden una resolución pacífica? ¿Cómo es posible que en una comunidad universitaria la violencia verbal y física haya llegado a tal punto? ¿Qué hay detrás de tal confrontación, a quién le sirve, quiénes ganan? Una versión que circula sobre la disputa en la UACM es que se trata de un enfrentamiento entre unas personas con fines políticos y otras con objetivos académicos. Por supuesto que defender una política sin academia o una academia sin política es una visión parcializada, y por lo tanto, nada deseable. Hace años el rector de la Universidad Diego Portales, en Chile, señaló: “La política sin técnica es pura ingenuidad; la técnica sin política es simple soberbia. La primera cree que basta querer algo para alcanzarlo; la segunda piensa que basta saber algo para que esté al alcance de la mano”. La división entre “políticos” y “académicos” suele ser una argucia para mantener determinado monopolio sobre el poder. A la hora de conducir la vida de una universidad pública se necesitan personas de ambos campos que actúen con seriedad y responsabilidad.

En la UACM no se ha llevado a fondo un proceso de resolución del conflicto y se ha impuesto una solución de fuerza. ¿Qué va a pasar ahora con el síndrome del apartheid en la UACM? ¿Cómo se van a curar y cicatrizar heridas de odios profundos? Hoy el reto de establecer una “vía abierta” debería empezar retomando las tres cuestiones sencillas, pero muy difíciles de llevar a cabo, que indica Kahane: “descargar, debatir y reflexionar”. Lo que en verdad está en riesgo en esta disputa es nada más y nada menos que la autonomía que una universidad pública debe preservar. Y eso, en el fondo, es lo más grave de todo lo que está ocurriendo. Por eso habría que interpretar la postura de la rectora Orozco no como un querer aferrarse al puesto, sino como una adhesión a la legalidad.

Por otra parte, me impresionan negativamente las declaraciones que hizo Dussel de “reconstruir la UACM” a partir de “borrón y cuenta nueva”. Cualquier reconstrucción tiene un deber de memoria que no se puede soslayar. Habría que recordarle que el fin no justifica los medios, sino que en los medios va implícito el fin. Y por muy buenas intenciones que se tengan es indispensable cumplir cabalmente con el debido proceso.