Señor director:
Solicito de la manera más atenta que publique esta carta en la que plasmo algunas de las irregularidades y abusos que ocurren dentro del plantel Tláhuac de la Universidad Insurgentes. Hablo con conocimiento de causa, pues de abril de 2010 a enero de 2012 me desempeñé como coordinadora académica general en esa unidad académica de la institución.
Desde este cargo fui testigo de las transas académicas, de las componendas entre la dirección y la administración para pasar al alumno si éste viene reprobando para lograr su permanencia en el plantel, así como la forma en que el “corporativo” exige la aplicación de medidas en contra de la calidad educativa.
Lo que ocurre en Tláhuac es una muestra de lo que sucede en todos los planteles. Estoy convencida que debe darse a conocer la impunidad y desfachatez de estas universidades que no sólo arrebatan la dignidad de sus trabajadores, sino que juegan con el sueño profesional de los jóvenes mexicanos.
Uno de los lemas publicitarios de la universidad: “Cero límites mil posibilidades” pretende que “la clientela” se enganche en la Insurgentes. La persuasión publicitaria de la empresa se orienta a que el estudiante se convenza que de la nada puede obtener un título.
Así, esta Universidad echa a la calle generaciones completas de estudiantes que nunca se esforzaron por ganarse una calificación mediante el estudio y el esfuerzo intelectual para resolver un examen o realizar una tarea que implicara un verdadero reto. Al parecer, tampoco se esforzarán por alcanzar méritos propios a través de la honradez y la transparencia.
Así, los estudiantes salen creyendo que con su “licenciatura de papel” obtendrán con facilidad un puesto de trabajo. Consideran que cualquier ambiente es corruptible y que basta con que se le hable al oído al director para conseguir lo que sea.
Considero que la Universidad Insurgentes no promueve, ni de lejos, la calidad que defiende; al contrario. Cualquiera que pretenda educarse o trabajar en esos planteles debería saber que deberá defender su integridad, pues no puede cerrar los ojos ante lo evidente y se verá en la disyuntiva de guardar un silencio cómplice o denunciar el fraude generalizado que da al traste con el proyecto educativo de un estudiantado que no tuvo cabida en las grandes instituciones públicas como la UNAM, el IPN, la UAM, por citar algunas, y que con todo y sus bajos recursos, sueña de manera legítima, con un futuro mejor (Carta resumida).
Atentamente
María Teresa Ortiz Osorio








