Emilio, a juicio popular

Promovido por el Consejo Jalisciense del Adulto Mayor y del Migrante (CJAMM), hace semanas se instaló un plantón en la plaza de armas de Guadalajara con una exigencia concreta: que el gobernador saliente, Emilio González Márquez, sea llevado ante un jurado popular en el cual se ventilen sus actos de gobierno. Emilio dejará a su sucesor, Jorge Aristóteles Sandoval, una silla caliente, dicen los enterados; y aun cuando algunos se preguntan sobre la licitud de este jurado, no hay que quebrarse mucho la cabeza, pues constituye una tarea democrática elemental.

Los gobiernos se deben a sus pueblos. Aunque sea mero ritual su toma de posesión, los ungidos recitan lo que desean; si cumplen, la patria se los premiará; si no, que no; o sea, que se lo demande, como dijo el alcalde de Lagos. El pueblo, la nación, la patria o como queramos autonombrarnos, tenemos este derecho siempre abierto. Los ciudadanos que deseen enjuiciar a Emilio están en su pleno derecho y tantán.

Los convocantes solicitaron la presencia de entre siete y 13 personajes tapatíos conocidos y dispuestos a revisar las quejas que otros ciudadanos presenten sobre las prevaricaciones de Emilio. Ya aceptaron los primeros siete, de manera que el juicio va. Encabeza lista la conocida periodista María Antonieta Flores Astorga. Le siguen, nombrados en orden aleatorio, Enrique García Becerra, el mejor crítico que ha conocido el asunto del macrobús; Jesús Torres Nuño, líder del sindicato de El Salto, quien le ganó larga huelga a la fábrica de llantas Euzkadi; Manuel Villagómez, empecinado ecologista local, y Óscar González Garí, especialista en la cuestión de los derechos humanos; el doctor en economía por la universidad de Moscú Salvador Peniche Camps; también fue invitado a integrar el jurado quien esto escribe y decidió aceptar.

Es normal que la conformación de un jurado de esta naturaleza sea versátil. Pero Emilio, el indiciado, va a sufrir serios problemas de identificación. Ahora tendrá que desvestirse del roquete, la esclavina y la sotana, entregarle las vinajeras, el incensario y los ciriales al arzobispo, y salir a trotar a la acera común como todos los mortales. Pero el arzobispo al que coleaba y rendía pleitesía era Juan Sandoval Íñiguez. El nuevo, Francisco Robles Ortega, tal vez no esté dispuesto a aceptarlo públicamente como turiferario, disfrazado de gobernador.

Quién sabe si este nuevo arzobispo lo desconozca  como vasallo incómodo. Los hombres de iglesia tienen muchas tablas. Acomodan las formalidades para que les salgan las cosas en montajes a su gusto. Son muy refinados para la polaca. Pero con Emilio fueron avaros. No le enseñaron más que el cobre. Tal vez a eso se deba que la pasó éste dando bandazos.

Un capítulo complejo para el jurado será precisamente este nudo gordiano de sus relaciones vergonzantes con la curia local. Nuestras normas establecen que el gobierno civil debe ser laico. Entre el llamado poder temporal y el poder espiritual debe observarse una sana distancia, por lo menos. La tarea administrativa debe ejercerse a tono con intereses profanos, mundanos pues. El gobierno civil ventila asuntos pecuniarios, cosas del erario, intereses mercantiles, asuntos políticos, bajo la batuta de lo material, de la crematística, de la oferta y la demanda.

Se supone que esta declarada separación entre la Iglesia y el Estado significó un avance en la constitución de nuestra entidad. Se supone que dimos un paso adelante al diferenciar los asuntos civiles de los eclesiásticos. La esfera íntima, la de las convicciones, la de las creencias religiosas, la del interactuar de los individuos con la divinidad, quedó entonces a buen resguardo. De manera que cuando los panistas incluyeron en la agenda pública misas, rosarios y comuniones, jaculatorias, horas santas y retiros espirituales, nuestros ojos no daban crédito.

Hay más flancos de revisión que apuntan deficiencias. Por ejemplo, el asunto del dinero destinado a la UdeG. El capo de la universidad, Raúl Padilla, sacó a la calle a estudiantes, empleados y maestros a gritarle sandez y media a Emilio, que porque les debía o les detenía jugosas partidas. En la jornada, la ciudadanía vivió demasiados dolores de cabeza.

Al final se quedó sin entender bien a bien lo que se debatía y la solución final. Prevalece en la memoria, como estigma, la difusión de la nota en la que el gobernador acudió borracho a la casa del capo. ¿Qué negociaron, qué arreglaron? Ninguno de los dos ha informado en serio sobre el fondo de este asunto. La gran marcha se realizó y el dinero exigido por los universitarios nunca les llegó.

Hay más hechos particulares, penosos y para olvidar. ¿Cómo no incluir en este listado la tan citada mentada de madre que propinó el acólito mayor del estado, en pleno uso de sus facultades etílicas, al manso rebaño de sus gobernados, con la venia, ¡claro está!, de su prelado favorito, Juan Sandoval Íñiguez, del que no se separaba ni a sol ni a sombra? El inventario de sus tropelías puede consultarse en el número especial que le dedicó Proceso Jalisco, Seis años de pesadilla, aparecido la semana anterior.

No deberá ser empero la secuencia de actos aislados, procaces o perversos, la que dé el tono a la revisión de su conducta en el gobierno. Los inquisidores populares deberán esforzarse por encontrar el hilo de fondo, la dinámica esencial a que se atuvo su gobierno. Al hurgar en la intencionalidad y en los cañamazos de fondo tendrán que aparecer las tramas que hilan los partidos y sus complacencias. El modosito panismo de Jalisco, tan arrogante de honestidad y buenas maneras, deberá ser puesto también a remojo.

Un juicio popular de esta naturaleza debe implicar una toma de conciencia pública de tantas omisiones y desvaríos que cometemos como comuna, agachona y desidiosa. Los gobernantes se exceden en sus atribuciones, es cierto. Pero lo hacen porque los dejamos, porque no los llamamos a cuentas, porque no fiscalizamos sus actos dolosos, sino que hasta se los celebramos. Somos sus cómplices tácitos.

Los señores del poder hacen cera y pabilo de las leyes, cierto. Pero no inauguraron los panistas estas violaciones. Desde “endenantes” han estado actuado así, e impunemente, todos los que llegan al poder. Antaño, sólo llegaban los del PRI y se despachaban con la cuchara grande. Hogaño llegan los del PRI, los del PAN, los verdes, los panales y más bichos raros. Siguen leyendo los mismos libretos y cantando en las mismas partituras, corrupción y malas mañas. Bienvenido entonces el esfuerzo de integrar jurados populares, como inicio de un viraje serio en nuestra conducta colectiva apática e indolente.