Los últimos días de Emilio

La persona que está a punto de separarse del primer cargo público de Jalisco bien podría cantar, como parte de su propio himno de despedida, aquella canción de José Alfredo Jiménez que, entre otras cosas, dice: “Tómate esta botella conmigo/ y en el último trago nos vamos”, o “Nada me han enseñado los años,/ siempre caigo en los mismos errores”, así como otras expresiones que le vienen como anillo al dedo a un gobernador que, lejos de aprender de sus yerros, perseveró en ellos hasta el final, al extremo cínico de haberlos querido presentar como aciertos.

Y es que, enfermo de arrogancia y refractario a cualquier crítica u opinión que no le fuera favorable, el gobierno de Emilio González Márquez se encerró en sí mismo, recurriendo siempre al autoelogio como carta personal de presentación.

El mejor ejemplo de este divorcio de la realidad es el que se ha vivido en las semanas recientes, con una autocelebratoria campaña de propaganda en los medios (“Jalisco está mejor”), justo unos días después de que el Congreso local diera su aprobación para que el gobierno emilista contratara un nuevo crédito bancario que dejó endeudadísimas las finanzas estatales para los próximos 20 años. Y dicha campaña propagandística surgió, asimismo, cuando sólo restaban unos cuantos días para el fin de la etapa panista en Jalisco. En otras palabras, cuando peor iban las cosas, a González Márquez se le ocurrió salir con su domingo siete, repitiendo como slogan de su último informe de gobierno que nuestra entidad nunca ha estado mejor. Esto último a través de spots en la radio y la televisión, así como en desplegados en la prensa escrita.

En la historia política de Jalisco, nunca se había dado el caso de un gobierno que presumiera como hazaña el haber endeudado como nunca antes a la entidad. Sin ningún sonrojo, esto fue lo que hizo González Márquez, con quien la deuda pública estatal pasó de 4 mil 100 millones de pesos a cerca de 20 mil millones. Es decir, en seis años triplicó los pasivos del estado, que deberá ser pagado por los contribuyentes de Jalisco en las dos décadas por venir.

Para colmo, resulta que ese dinero pedido en préstamo ni siquiera fue utilizado por el gobierno saliente para resolver rezagos esenciales o para atender necesidades sociales apremiantes, sino para cuestiones periféricas o de coyuntura como los Juegos Panamericano que, lejos de ser una suerte para Jalisco y su capital, terminaron por ser una distinción maldita. Sin embargo la organización de ese certamen atlético estuvo lejos de ser la única pifia costosa de la administración de González Márquez.

Una buena parte del mismo presupuesto estatal  fue a parar a frivolidades como patrocinar telenovelas y otros programas de televisión, a proyectos privados como el pretendido Palacio de la Cultura y las Telecomunicaciones que construye la Rato (Radiodifusoras y Televisoras de Occidente).

El dinero de los jaliscienses también ha ido a dar a un torneo femenino de golf, de escala internacional, que tiene como anfitriona a Lorena Ochoa, aun cuando la mencionada ya no sea golfista en activo; para patrocinar, con los impuestos de los jaliscienses, a otros deportistas como el corredor de autos de la Fórmula 1, Sergio Pérez, y hasta para financiar  un pretendido estudio sobre el problema del narcotráfico en México, motivo por el cual se le acabó pagando al director de la revista Nexos, Héctor Aguilar Camín, 2 millones de pesos.

El dinero de los jaliscienses también ha sido utilizado por el gobierno de González Márquez para ocurrencias tan absurdas como costosas. Tal es el caso del fementido salvamento del puente de Arcediano, en el fondo de la barranca de Huentitán, en el que se gastaron, según datos oficiales, 37.5 millones de pesos. Este proyecto insensato, por no decir demencial, implicó la destrucción de un inmueble histórico, que databa de fines del siglo XIX, con el argumento balín de que de todas formas iba a ser inundado por la fallida presa de Arcediano.

Y aun cuando  había indicios claros de que dicha represa no se concretaría, como en efecto sucedió –lo que, entre otras cosas, representó el desperdicio de menos de 800 millones de pesos–, aun así  fue demolido un puente con valor patrimonial  para posteriormente construir, medio kilómetro río abajo, una réplica chafa del inmueble original, con el aval cómplice de la delegación del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

En este caso, la pérdida acabó siendo por partida múltiple: se perdió para siempre una edificación patrimonial y única en su clase en el país, a la que luego se le quiso suplir con un mal pastiche que ni siquiera guarda parecido con  la obra anterior, y todavía se tiraron 37.5 millones de pesos del erario al caño, a ese caño mayúsculo en que sigue convertido el río Santiago.

Para colmo de males, el pasado jueves 7 de febrero se dio a conocer la noticia de que los materiales originales del antiguo puente de Arcediano ni siquiera fueron utilizados, como se había dicho en un principio, en la edificación del nuevo puente, ya que las empresas constructoras, quién sabe con el permiso de quién, cargaron con las piezas originales de mampostería a León, Guanajuato.

Otro ejemplo multimillonario de dinero tirado a la basura fue la construcción de Talicoyunque, un pueblo hechizo que el gobierno de González Márquez edificó con el propósito de trasladar ahí a los habitantes de Temacapulín, no obstante que éstos, desde un principio, se han opuesto  ha ser reubicados y, sobre todo, a que su pueblo quede bajo las aguas de la proyectada presa de El Zapotillo.

A decir verdad, ésta ha sido la tónica de un gobierno frívolo y muy poco responsable, que se ha afanado exitosamente en decepcionar a propios y extraños, y que todavía ha tenido el descaro de no parar con la cantilena de que “Jalisco está mejor”.

Durante el ya agonizante sexenio de Emilio González Márquez creció la pobreza extrema en Jalisco; no se mejoró la movilidad urbana en la zona metropolitana de Guadalajara; no se pudo concretar la cacareada fuente alterna de agua potable para la capital tapatía y tampoco se ha podido concluir la planta de tratamiento de Agua Prieta, por lo que la mayor parte de las aguas residuales de la ciudad siguen sin sanear. Tampoco se puede asegurar que, en términos generales, los índices de inseguridad hayan bajado significativamente respecto a los que prevalecían con los gobiernos anteriores.

En resumidas cuentas, y por más que la propaganda oficial asegure lo contrario, González Márquez va a entregar, el viernes 1 de marzo, un estado que, en muchos sentidos, acusa  rezagos mayores a los que había cuando llegó al cargo en 2007. Y ante ello, decir que “Jalisco está mejor” es un acto de fanfarronería o, peor aún, es querer halagar a los habitantes de esta parte del mundo faltándoles al respeto.

Así transcurren los últimos días de un gobierno fatuo, especialista en pifias, encabezado de principio a fin por un personaje al que, como en la ya aludida canción de José Alfredo Jiménez, nada le han enseñado los años.