La idea de conmemorar los cien años de la contrarrevolución surgió en la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), desde mediados del año pasado, sin tenerse la certeza de quiénes llegarían al gobierno federal. La historiadora Rebeca Monroy Nasr coordinó la exposición fotográfica y coloquio académico La imagen cruenta: Centenario de la Decena Trágica. Aproximadamente 80 fotógrafos, entre profesionales y aficionados, capturaron las imágenes de los sucesos. Algunas de ellas fueron entregadas a Proceso para la Edición Especial Memoria gráfica. La Decena Trágica, que empieza a circular.
Desde las primeras crónicas del cuartelazo con el cual los generales Félix Díaz, Aureliano Blanquet, Victoriano Huerta y Bernardo Reyes derrocaron al presidente Francisco I. Madero, fue acuñándose el nombre con el que se conoce hasta hoy ese breve pero terrible episodio de la historia nacional: La Decena Trágica, ocurrido del 9 al 18 de febrero en la Ciudad de México.
Lo explica así la historiadora Rebeca Monroy Nasr, investigadora de la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), quien junto con el antropólogo Samuel Villela y el historiador Daniel Escorza organizó la exposición fotográfica y coloquio académico La imagen cruenta: Centenario de la Decena Trágica.
Villela, dice, es quien encontró que en el diario Novedades comenzaron a llamarle “los eventos trágicos”. Ella misma encontró en un libro de marzo de 1913 que se hablaba de la “Decena Roja”, y posteriormente se le nombró ya la “Decena Trágica”.
A decir de la también fotógrafa, quien ha identificado a varios de los fotoperiodistas que capturaron ese periodo, fue verdaderamente terrible. Desde tiempo atrás, cuando la prensa comienza a criticar el gobierno de Madero, hasta el fin de sus días, es posible ver en los medios de entonces cómo “el periodismo puede erigir o dilapidar a un personaje.
“Que si era espiritista, chaparro, que el hermano era ‘El ojo parado’, le decían así por ser tuerto. ¡Cómo lo desprestigian! Incluso la muerte de su hermano Gustavo es terrible, porque cuando lo matan en el monumento a Morelos, le quitan el ojo bueno y lo castran, le cortan los testículos. Hay una saña, un odio y un rencor ilimitados, es personal, no era nada más quitarlos del poder y llevarlos a Cuba, fue muy cruel. Por eso es La imagen cruenta.”
La idea de conmemorar el centenario de esta contrarrevolución surgió desde mediados del año pasado, en los días previos a las elecciones. Los coordinadores no tenían certeza de quiénes llegarían al gobierno federal y si estarían interesados en recordar los hechos, pero convencidos de que el INAH mantendría sus actividades al margen de eso, decidieron avanzar con el proyecto que combinaría la historia, la fotohistoria y la historia gráfica.
Según los investigadores hubo aproximadamente 80 fotógrafos, entre profesionales y aficionados, que tomaron imágenes de la Decena. Villela afirma que fue el suceso revolucionario con mayor cobertura por parte de fotógrafos mexicanos, salvo el alemán Hugo Brehme. La Toma de Ciudad Juárez también fue muy documentada pero mayoritariamente por fotógrafos estadunidenses.
Autora de un libro que reúne el trabajo de uno de ellos, Ezequiel Carrasco. Entre los nitratos de plata y las balas de bronce, Monroy dice en entrevista con Proceso que el cúmulo de imágenes de la Decena es inigualable. Tan sólo en el INAH hay 800, pero calcula un número similar en el Archivo General de la Nación. Hay además fondos institucionales y particulares.
Pero muchas imágenes se perdieron. Por ejemplo, del periódico maderista Nueva Era, que fue incendiado. Hay un fotógrafo poco estudiado, de apellido Santamaría; sus negativos se perdieron y quedan sólo sus imágenes publicadas. Habría que contar, dice, con un gran equipo para escanear todos los acervos y comparar si hay imágenes repetidas, porque hasta hoy no se tiene el dato duro de cuántas fotografías existen.
El fotoperiodismo
Si bien refiere que la fotografía existe desde 1839, se privilegiaba su uso en el retrato de estudio. Es hasta 1897, cuando Porfirio Díaz es objeto de un atentado, que Rafael Reyes Spíndola, director de El Mundo Ilustrado, busca una maquinaria especializada para poder plasmar fotografías en el periódico. Eran entonces fotos del porfiriato en inauguraciones, los personajes salían posando, casi siempre de frente.
Y es en la revuelta armada y el nuevo siglo –continúa– cuando las condiciones sociales imponen un cambio, pues los fotógrafos no pudieron quedarse inertes ante hechos como el levantamiento maderista, la Revolución y la Decena.
La labor de investigadores como ella ha sido discernir quiénes son los autores de ese trabajo que marcó la diferencia en el modo de hacer fotografía y en qué medios trabajaron: Eduardo Melhado en Novedades, Samuel Tinoco para La Semana Ilustrada, Abraham Lupercio en El Imparcial, Carrasco en Revista de Revistas, Manuel Ramos para El mundo, Antonio Garduño para El Diario, y Gerónimo Hernández en Nueva Era.
Están las imágenes de Miguel Casasola, hermano de Víctor, herido durante una de las refriegas. También hubo pillaje, cuenta, había quienes compraban las fotos y luego las vendían con su nombre. F. Miret “hacía colecciones y no daba el crédito original, no se estilaba, pero luego los fotógrafos comienzan a darse cuentan y empiezan a firmar”.
Además estaba Sabino Osuna, que Monroy ubica como editor. Sus fotos aparecen con la abreviatura prop.; por ello, dice, “quiero entender que no era el autor, es propietario y respetaba… Él tiene un álbum de la Decena Trágica maravilloso, con una foto de un caballo a galope entrando al Zócalo con los soldados federales arriba, era el caballo de Reyes, es una maravilla, y se llamaba así: La Decena Trágica. Son documentos visuales muy valiosos”.
Recuerda también a Hugo Brehme y cita a Mayra Mendoza, quien investigó que tenía su estudio en el centro de la ciudad, pero la revuelta inició el domingo en la mañana por lo cual salió sin su cámara. Cuando se encuentra con la trifulca busca refugio pero los comercios estaban cerrando y nadie le permite entrar hasta que le dan albergue en una casa. “Salva el pellejo” pero no toma imágenes de esos primeros momentos, regresa días después y registra cómo quedó el hotel Casa Colorada y otros espacios.
La exposición, inaugurada la mañana del pasado jueves 7 en la DEH, en el centro de Tlalpan (en donde estará sólo hasta el 15 de marzo), es “una selección pequeñita”, 22 fotografías en tamaño 5 X 7, que era el de la época, con sus tonos sepia originales. Se buscó reunir algunas imágenes muy difundidas con otras poco publicadas. Provienen de los fondos del INAH, entre ellos el Casasola y el Felipe Teixidor. Se incluyen cuatro fotos de la familia de Filomeno Mata, una de El Diario del Hogar y las otras tres de su vida cotidiana y otras más prestadas por la familia Müller.
El objetivo, subraya Monroy, fue mostrar “cuatro o cinco icónicas, las conocidas de siempre, y otras muy modernistas, que tengan el rasgo en el cual hemos insistido: Que la fotografía de la Revolución trastocó la gramática visual de la fotografía mexicana, y no sólo de la mexicana porque muchas de estas fotos se exportaron al extranjero en revistas. Marion Gautreau hizo el análisis en Londres, en París y en Nueva York, se conocieron en Estados Unidos y en Europa antes de su primera gran guerra.
“Entonces hay una nutriente visual mexicana hacia el exterior antes de que allá implementen su fotografía instantánea, que se inicia en los años veinte en Europa con Erich Salomón, y de alguna manera esto permite que México esté a la vanguardia de un modernismo visual. Es lo que queríamos mostrar, entonces tenemos, por ejemplo, dos bombas en el cielo en el momento en que estallan, porque la dificultad de esos momentos es la instantaneidad.
“El fotógrafo tenía que estar a las vivas. Hay imágenes donde los personajes están muy movidos, pero el fotógrafo tenía que tomarlas porque no podían esperar a que posaran, entonces ya fuera sobrerrevelando, con los químicos más calientes o sobrexponiendo, lograban captar esa instantaneidad. Es muy interesante porque la técnica todavía es muy convencional y los fotógrafos ya están buscando el siguiente paso.”
A la pregunta de si las fotografías previas al cuartelazo y las caricaturas que se burlaban de Madero contribuyeron a su derrocamiento, la historiadora responde que sí, que sin duda imágenes como las de José Guadalupe Posada, Multicolor o Ernesto García Cabral hicieron mella en el imaginario popular de una población mayoritariamente analfabeta.
En su participación en el coloquio académico, la investigadora abordó las imágenes del dictador Victoriano Huerta. Se cuestiona por qué la sociedad mexicana de 1913 aceptó al tirano que militarizó la vida del país desde la educación primaria y hasta la universidad. Le parece impactante que hasta una institución como la Escuela de Artes y Oficios pidiera su inclusión al ejército. Las actrices de la época, como Teresita Calvo, posaban en los estudios fotográficos vestidas de militar, y los uniformes, diseñados por el propio Huerta a partir de un modelo italiano, se vendían en el Palacio de Hierro.
Concluye al explicar por qué recordar estos hechos a 100 años:
“Es uno de los momentos democráticos de este país, que es derrumbado con un golpe de Estado. Es la democracia golpeada, sin un encuentro con la negociación, con el discurso, con el diálogo… Más ahora que ha cambiado el panorama, que regresó el PRI: Qué está haciendo por limpiar su imagen, qué hizo el PAN para salir del poder de esta manera, dónde estamos parados, qué buscamos, qué queremos… Nosotros como ciudadanía qué hacemos, ¿esperamos nada más el huertismo, viendo nada más cómo nos uniforman o buscamos un discurso alterno? Ahí es donde tenemos que incidir los historiadores.”








