Con la publicación de los Relatos escogidos de Francisco Rojas González y de la Poesía y prosa de Amado Nervo por la Secretaría de Cultura de Jalisco no sólo vuelven a circular estos clásicos de la literatura mexicana originarios del estado, sino que en el caso de Nervo se refuerza su valoración, que tanto decayó en el siglo pasado.
Entre las más recientes ediciones de libros que hizo la Secretaría de Cultura (SC) en su colección Letras Inmortales de Jalisco durante el sexenio que concluye, destacan los Relatos escogidos de Francisco Rojas González y Poesía y prosa de Amado Nervo, los dos jaliscienses; el primero, valorado con justeza y el segundo ninguneado ahora por la intelectualidad nacional, aunque reconocido en el extranjero.
De Rojas González (Guadalajara, 1903-1951) se publica una veintena de cuentos y relatos, entre ellos El diosero. Además se incluyen dos de diez textos que no han sido incluidos en ninguna de sus antologías y que tratan sobre la prisión porfiriana de San Juan de Ulúa: “La galera número 1” y “Las víctimas del infierno”.
Ambos libros fueron diseñados por Avelino Sordo Vilchis. Relatos escogidos ofrece una imagen completa del autor, que se dedicó a la antropología igual que a la literatura. Juan José Doñán escribió el prólogo e hizo la selección.
No obstante, la publicación mejor editada es Poesía y prosa, que cuenta con un ensayo, más que prólogo, de María Palomar y el propio Doñán, quienes investigaron sobre Nervo en numerosos archivos.
En su texto muestran cómo Amado Nervo ha sido marginado por literatos e intelectuales mexicanos, tanto sus contemporáneos como posteriores, excepto autores de la talla de Ramón López Velarde, Alfonso Reyes, Alfonso Méndez Plancarte y José Luis Martínez. Este último dijo a mediados del siglo pasado, cuando se cumplían 30 años de la muerte del poeta: “Mientras que en los círculos intelectuales más influyentes en nuestro país se veía con desdén y en algunos casos hasta con desprecio la obra del autor de La amada inmóvil, sus pares del resto de Hispanoamérica lo seguían teniendo como uno de los grandes poetas de la lengua española”.
Más adelante Palomar y Doñán identifican la misma paradoja durante la segunda mitad del siglo XX, cuando la obra Nervo no se consideró parte de la llamada “tradición de la ruptura” que exaltaba Octavio Paz, pero en España le dieron trato de clásico atemporal.
En 1952, la editorial Aguilar publicó las Obras completas de Nervo, compiladas por el vate michoacano Alfonso Méndez Plancarte (la poesía) y el jalisciense Francisco González Guerrero (su prosa). Varias ediciones de esta obra se agotaron.
En su tiempo, Nervo tuvo entre sus admiradores a varios de los escritores más célebres de nuestro idioma, como el español Miguel de Unamuno (1864-1936) y el argentino Leopoldo Lugones (1874-1938). Y de las postrimerías del siglo antepasado hasta ya muy avanzado el XX, lo elogiaron la poeta y Premio Nobel chilena Gabriela Mistral (1889-1979) y el argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), entre otros.
Cuentan Palomar y Doñán: “En París fue amigo íntimo de Rubén Darío, y de su mutua admiración hay innumerables pruebas. También en la Ciudad Luz conoció a Catulle Mendès, Jean Moréas, Guillermo Valencia, Leopoldo Lugones y Oscar Wilde. En Madrid trataría a Benito Pérez Galdós, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno y Manuel Machado”.
A la muerte de Nervo, en 1919, Alfonso Reyes y Ramón López Velarde lo calificaron como “un clásico precoz de la lengua española”. Los prologuistas citan que “si bien el segundo hace algunos reparos sobre escritos de la última etapa del poeta, al confesarse ‘reacio a sus prosas y a sus versos catequísticos’, no por ello deja de ser ‘el poeta máximo nuestro’.”
En tanto, añaden los compiladores, casi 60 años después, José Joaquín Blanco considera a Nervo un autor “muy inferior Guillermo Aguirre Fierro (‘El brindis del bohemio’)”. Pero opinan que el desdén de la élite literaria hacia la obra de Nervo “parece haber comenzado con la generación de Contemporáneos” y Jorge Cuesta lo incluyó en su Antología de la poesía mexicana moderna de 1928 “como una concesión”, en tanto que Xavier Villaurrutia “apenas si lo menciona en su Introducción a la poesía mexicana”.
Como quiera que haya sucedido, Palomar y Doñán califican a Nervo –que se decía “jalisciense nacido en Tepic” (el 27 de agosto de 1870), porque Nayarit aún era el séptimo cantón de Jalisco– como el poeta más popular de México, al grado de que algunos de sus poemas fueron convertidos en canciones por el argentino Ernesto Drangosch. El caso más célebre es la paráfrasis que hicieron Carlos Gardel y Alfredo Le Pera de El día que me quieras, para convertirlo en uno de los tangos más afamados.
El autor de “Cobardía”, “En paz”, “Gratia plena” y “La amada inmóvil” fue ministro plenipotenciario de México en Argentina, Uruguay y Paraguay, donde también se hizo tan famoso que, en 1919, recibió honras fúnebres en varios de los puertos por donde pasaban sus restos de regreso a la patria.
En fin, la obra de Amado Nervo ahora seleccionada en más de 320 páginas incluye poesía, aforismos cuentos y crónicas, muchas de ellas publicadas en distintos diarios de la época.
En esta misma colección la Secretaría de Cultura publicó, antes de estas dos obras, 18 títulos de escritores jaliscienses como Alfredo R. Plascencia, Juan José Arreola, José Luis Martínez, Benjamín Sánchez (Fray Asinello), Mariano Azuela Agustín Yáñez y Elías Nandino, con tirajes de mil ejemplares. Sólo las obras de Juan Rulfo (Pedro Páramo, El Llano en llamas y El gallo de oro) salieron con 2 mil ejemplares. Todo, con permisos de los propietarios de los derechos de autor, aclara la directora de Publicaciones, Patria Gutiérrez.
Además, en la colección Clásicos Vivos de Jalisco han editado entre otros a los poetas Carmen Villoro, Jorge Esquinca, Raúl Bañuelos y Ricardo Yáñez.








