Luneta 2 es el título del cuaderno sobre la situación actual de la ópera en México, escrito por José Noé Mercado y publicado recientemente por El Financiero. En él nos cuenta el crítico y escritor:
“Al escribir este cuaderno nada está más lejos de mi intención que hacer de este un Libro de las Lamentaciones, ni yo de hacerme pasar como un posmoderno y quejumbroso Jeremías, aunque puede experimentarse una leve pero creciente mezcla de desilusión y vacío al analizar la medianía del espectáculo lírico que se nos ofrece habitualmente en Bellas Artes, y que no corresponde del todo a ese arte generoso y climático de la cultura occidental que es la ópera y del cual soy seguidor desde la adolescencia.”
En rigor Bellas Artes es nuestro máximo escenario artístico y las expectativas deberían ser altas, no complacientes. En él debe aspirarse a la gracia de grandes artistas, no de advenedizos que han trepado al amparo de una comunidad timorata, que no dice nada por miedo de ser marginada, como si de alguna manera no lo estuviera ya.
El autor comenta a Proceso:
“Este hecho me hizo entender lo difícil que es analizar el quehacer operístico de nuestro país, sin que algunos se sientan heridos y lo tomen personal. De todos modos, escribí el libro porque el tema es de relevancia pública.”
Uno de los problemas de la ópera en México es que no se programa con anticipación, no sabemos bien a bien qué se montará este año, cuando en Brasil, por ejemplo, invitaron a Germán Olvera a cantar en una Carmen en abril de 2014. Comenta Mercado:
“Es que tenemos un gobierno al que la ópera le importa muy poco, ante sus múltiples problemas y compromisos de Estado, y una comunidad lírica cada día más muda, indiferente o apática. Y los cantantes consagrados en el extranjero, sin obligación ni solidaridad, tampoco hacen nada por cambiar la situación que los obligó a emigrar, pero sí vienen aquí a foguear partituras y a cobrar jugosos cachés, perpetuando así el estado del sistema.”
En su libro, Mercado afirma que por datos proporcionados por el IFAI se sabe que Francisco Araiza cobró 539 mil pesos por tres funciones de Fidelio en 2010, en la que Niksa Bareza obtuvo un pago de 553 mil pesos por dirigir las cuatro funciones; el mismo director croata, de pocos méritos, por igual número de funciones en Nabucco en 2012 recibió 560 mil pesos y viene a México hasta dos o tres veces al año, cuando aquí hay quien puede dirigir esas obras y se les paga muchísimo menos. O Ramón Vargas, que cantó aquí La condenación de Fausto en 2010 (más tarde interpretada por él en el Met de NY) y cobró 483 mil pesos por dos funciones en forma de concierto.
Hay quienes reciben en nuestro país lo que ya no se les puede pagar en muchos lugares del extranjero, en los cuales la crisis económica mundial ha exigido un replanteamiento de los presupuestos estatales, no sólo para que sean transparentes y optimizados, sino para que igualmente se den en un marco moral y socialmente comprensible.
Un libro, en fin, que plantea muchos interrogantes y desnuda los vicios y costumbres de un sistema operativo que hace que la ópera en México sea, como dice José Noé Mercado, “un cadáver que camina”.








