La museificación del vandalismo

Con una muestra convencional que ingenuamente se define como irrespetuosa, el Museo de Arte Carrillo Gil evidencia no sólo la desesperada necesidad de aceptación institucional que tienen los artistas jóvenes a nivel global, sino también la severa crisis de sentido artístico en la que se encuentran los museos del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

Diseñada por el venezolano Carlos Palacios –curador en jefe del Carrillo Gil–, la exposición Los irrespetuosos, The Disrespectful, Die Respektlosen congrega el resultado de prácticas performáticas, tecnológicas, pictóricas y tridimensionales de 18 creadores latinoamericanos y europeos, nacidos en su mayoría durante las décadas de los setenta y ochenta. Interpretadas por Palacios como “gestos de irrespeto”, las piezas, lejos de cuestionar al mundo del arte o desacralizar los espacios museísticos –como señala el curador–, delatan una gran reverencia hacia la institucionalidad. Centradas en el exhibicionismo banal y/o vandálico, las obras no logran rebasar propuestas tan provocadoras y comprometidamente irrespetuosas como las de los primeros graffiteros o el británico Banksy.

En su conjunto, lo primero que confirma este proyecto es la desintegración de la identidad del arte. Convertido por las estéticas posconceptuales en imágenes y expresiones sin norma y distinción, el arte puede ser cualquier cosa, acción, material o composición. Desde esta perspectiva, las numerosas mamparas o muros compuestos con deshechos museísticos de Pablo Rasgado no transgreden ni “desairan” al museo o a la visualidad pictórica: simplemente repiten lo institucionalmente correcto del mainstream.

Alarmante por la transformación de la falsa crítica en una denuncia no deseada, la acción del colectivo Metapong confirma el fracaso de las actividades didácticas de los museos mexicanos, al captar el aburrimiento de niños y niñas cautivos durante varias horas en el museo. La envidia por el éxito ajeno es exaltada por Diego Piñeros en un video que, como una loa al fracaso, divierte por los rítmicos movimientos dancísticos del colombiano.

Y por último, lo más cuestionable del proyecto museístico: la legitimación del vandalismo. Además de la conversión de cédulas robadas por Anwander en una instalación artística, la exhibición del esténcil que utilizó Uriel Landeros en junio de 2012 para repintar (en las salas de la prestigiada Colección Menil de Houston, la tela realizada por Picasso Mujer en sillón rojo de 1929) es una decisión que debe justificar el INBA. Acusado y prófugo hasta que se entregó a las autoridades en diciembre pasado, Uriel Landeros se suma a la tendencia de dañar obras de creadores emblemáticos, como una estrategia para evidenciar la construcción de valor simbólico en el arte: en octubre pasado el artista ruso Vladimir Umanets dañó en el Museo Tate Modern de Londres un mural de Rothko pintado en 1958.

Oscuro, carente de visitantes y sin su espléndida colección permanente de arte moderno mexicano en exhibición, el Museo de Arte Carrillo Gil se ha convertido en una ruina sin orientación ni propuesta.