Al menos en los avatares políticos no habría que retobar el olvido. Salvo los acomodaticios priistas –locales y nacionales–, los demás ciudadanos deploramos el retorno del partidazo al poder y la forma como lo hicieron. Es la nota del año. Tras tantos desaciertos panistas, su salida parece un alivio a la asfixia en la que éstos nos sumieron. Pero no es para tocar a rebato. Los priistas no son ninguna perita en dulce. Ya lo constataremos.
A nivel local, el que paró el dedo fue el Poder Legislativo, lo cual no es decir poco, pues arrebatarle el cirial al monaguillo Emilio debe inscribirse en nuestros anales como una verdadera hazaña. Ya se habló mucho de ello, pero todavía aguanta que le demos una leve revisión, con la ilusión de que no nos vuelvan a chamaquear. ¿Quién se hubiera imaginado la aberración de un Congreso local quebrado, de un gobierno, o una parte de él, sin dinero?
Los excesos de nuestros legisladores les empedraron el camino para convertir la casona de Hidalgo en lo peor de nuestro averno político. Podemos soltar a volar todos nuestros adjetivos y colgárselos. La causa fue su voracidad y su ambición desenfrenada. Se vieron torpes, tortuosos, rateros, usureros, atrabancados, insaciables, miopes… justo lo contrario al cúmulo de virtudes que imagina todo ciudadano para un elegido a ocupar las curules. Fue un espectáculo deprimente el suyo, por decir lo menos.
Resulta tentador aplicarles también el adjetivo de anodinos. Pero no les casa. Basta recordar que intercambiaron honras con el acólito Emilio, disfrazado de gobernador. El dinero con que él les dotó en abundancia fue en permuta por encubrirle sus malos manejos. Dinero a cambio de complicidad. Eso no habla de inocuidad o de novatez, sino de perfidia refinada. Entonces habría que buscarles adjetivos propios del bajo mundo, de la prostitución, que no suele ser ajena a los malos políticos. Emilio, o nuestro dinero, los convirtió en diputados del contentillo. Se perfilaron como meretrices de la grilla.
En los medios ya manoseamos mucho el tipo de administración que se dieron, donde descubrimos las fuentes de su quiebra. Los responsables no dan la cara ni presentan una buena defensa para justificar su imbecilidad. No supieron o no quisieron enderezar el barco. Les heredaron a los diputados actuales un poder en pleno naufragio, una barca inundada y a punto de hundirse en picada. Sin embargo, la amenaza de clavarse hasta el fondo no parece calentar a los nuevos diputados para sacar a cadalso a los responsables.
Así pinta su mundo. Dicen tener muy complicado el cuadro. Los espectadores alcanzamos a ver que podrían aplicar estrategias sencillas para poner orden. Deberían empezar con el retorno a su viabilidad financiera. No tienen dinero. De acuerdo. Que se ciñan a esa realidad y administren lo que tengan a la mano. Hasta una sencilla ama de casa lo recomendaría. Va entonces la sugerencia de algunas breves medidas, fáciles de entender, para que funcionen como debe ser.
Primera propuesta: En entregas anteriores se elaboró aquí el análisis de que cada diputado nos cuesta mensualmente unos 700 mil pesos. Al año erogamos para cada uno de ellos 8.4 millones. ¿No es excesiva tal cantidad? Por supuesto. Bien podrían poner un tope a esta erogación anual que no rebasara el millón de pesos. Ahora gastan los 39 diputados una bolsa anual de 340 millones de pesos. Si se pusieran en realidad austeros gastarían cuando mucho 40 o 50 millones al año entre todos. ¿Tan complicado les resultaría someterse a este rasero?
Lo curioso de esto no es sólo que podrían ahorrarse con esta simple medida hasta 300 millones de pesos, sino que de golpe y porrazo se les acabarían sus penalidades. Su cartera no sufriría quebranto, pues no se les reduciría su ingreso considerado en la dieta, sino que sólo respetaría el tope real que tiene asignado. Ciento once mil pesos mensuales es un ingreso más que suficiente para un legislador, aunque no haga nada. O sea que la propuesta consiste en que dejen de simular lo que realmente ingresa a su cartera, que es mucho, muchísimo más de lo declarado como dieta. Con que supriman las demás partidas con que se refaccionan por debajo de la mesa verían el mundo con realismo, como hace todo hijo de vecino. Dobletean, tripletean y más. Y no lo reconocen. Éste es el problema. Para poner orden en casa, la receta consiste entonces en una mínima dosis de honestidad. Nada más.
Segunda: En sentido republicano, podrían compartir sus casas de enlace (si es que las mantienen como necesarias) con senadores, con diputados federales y con los regidores de municipios grandes. Concentrarían este gasto dispendioso en uno solo para todas las esferas de gobierno. Los ciudadanos les agradeceríamos infinitamente que desinflaran al menos este globo de su burocracia. En cosas de gastos de la Legislatura local reducirían costos hasta en 70%. De 120 millones que ahora erogan, soltarían cuando mucho 40.
Tercera: Podrían homologar salarios y prestaciones del personal que trabaja en el Congreso con el de los gobiernos municipales, como el tapatío o el de Zapopan. El capítulo presupuestal 1000 (servicios personales) en la Legislatura es de 734 millones al año. Con esta homologación se reduciría a 255 millones. De seguro que no se paralizarían. Si las administraciones municipales funcionan bien con tales montos, ¿por qué no podría hacerlo el Congreso?
Cuarta: Es evidente en el Congreso la duplicidad de funciones. Los diputados tienen asignada una comisión de administración que mete su nariz en el funcionamiento de la casona, del personal y de ellos mismos. Eso les distrae de los asuntos técnicos propios, que sólo son los legislativos. Zapatero a tus zapatos. Bastaría con una sola unidad administrativa, responsable de la logística y del funcionamiento general de las necesidades del Poder Legislativo. Así los diputados se aplicarían sólo a su talacha propia, que consiste en la revisión de decretos, reglamentos, leyes y demás tareas para lo que fueron elegidos en las urnas. De hacerlo así, no sólo reducirían costos, sino que se tornarían en un equipo eficaz y solvente. Se lavarían su cara de hereje, que la traen demasiado percudida. Es cosa hasta de salud electoral.
Quinta: Para ya no aburrir al amable lector, que quiere irse a festejar la llegada del Año Nuevo, no estaría mal sugerirles que cojan en serio el capítulo de los nuevos basificados, de los aviadores, que le metan la tijera a la ley orgánica y a los reglamentos y que se limpien de tan bochornoso paquete. Que no les tiemble la mano. Todo mundo ve que se trata de una carga de arrimados y vividores. Nadie se molestará porque se sacudan a los gorrones y los pongan a ganarse el pan honradamente. Los diputados tienen la palabra. Y que el año venidero nos trate mejor que el 2012, al que haremos bien en olvidar pronto.








