¡Ave… María!

Ave María, llena eres de canto, la música está contigo y bendita tú eres entre todas las sopranos. Amén.

Se sabe que el “Estado de Gracia” no es para todos los comunes, sino alcanzado por unos cuantos y, aun entre éstos, parece ser que no todos lo poseen permanentemente, sino sólo por momentos. Este es el caso de María Alejandres (antes Katzarava), quien sin duda escala a las supremas alturas cuando, sobre un escenario, da muestras reales del arte del canto, dimensión no comprendida, desafortunadamente, por la gran mayoría de intérpretes en el mundo.

Esa diferencia es lo que hace a los artistas de excepción y, consecuentemente, a la joven Alejandres excepcional. Así lo demostró en los dos conciertos únicos que en un lapso de siete días ofreció en nuestro país (en el ínterin voló a Europa, cantó, triunfó y regresó): el 6 de diciembre como el punto culminante de las celebraciones de aniversario del Centro Nacional de las Artes (Cenart), y el 13 del mismo mes en la sala grande de Bellas Artes. En ambos conciertos estuvo acompañada al piano por Ángel Rodríguez, con quien ha establecido de unos cuantos años para acá una especie de productiva complicidad artística.

No fue, en ópera, un repertorio “de cajón” el escogido por la Alejandres aunque, en el Cenart, estrenó en México su versión de Ah forse lui… Sempre libera, de La Traviata de Verdi, ópera que estrenará completa el año próximo en Ginebra, Suiza, y posteriormente cantará en la Florida Grand Opera. Aquí quizás tengamos la fortuna de escuchársela en, digamos, unos cinco años. El resto de la primera parte de su Gala la constituyeron Vittoria, mio core!, de Giacomo Carissimi; O del mio dolce ardor, de Christoph Gluck; Ouvre tes yeux bleus, de Massenet, y Ne poy, krasavitsa, pri mne, de Rachmaninov. Algo que no se escucha en todas las galas que por aquí se acostumbran. La segunda parte la destinó a la zarzuela y a la canción fina mexicana, manejadas ambas especialidades con enorme maestría y desparpajo, dejando bien claro el porqué del reconocimiento a su versatilidad.

Pocas pero importantes variaciones hubo en el concierto de Bellas Artes, en el cual abordó un repertorio aún más difícil y terminó con un alarde de facultades realmente extraordinario, ofreciendo como segundo encore nada menos que Sempre libera, aria que, simplemente, no cualquier soprano se atreve a abordar y solamente una suicida o sumamente temeraria confiada en sus capacidades se atrevería a enfrentar despus de ese tour de force que fue todo el concierto. Sin embargo, la Alejandres la despachó con un desparpajo y facilidad que dejó a todos asombrados.

Antes, en la primera parte del programa, había cantado: Intorno all’idol mio, de Antonio Cesti; dos canciones de Rachmaninov; algo de Thais y de Ariane, ambas de Massenet; Dieu, quel frisson…Amour ranime mon courage de Romeo y Julieta, de Charles Gounod, personaje del que ha hecho toda una creación de acuerdo a la crítica mundial, y por si lo anterior fuera poco y nada agotador, remató con Qui la voce de Los Puritanos, de Bellini. Es decir, un paseo por un repertorio sumamente delicado, amplio, diverso y belcantista.

En la segunda parte del programa, la soprano volvió a la zarzuela, una pieza de Piazolla y finas canciones mexicanas.

Factor importantísimo en el buen resultado de ambos conciertos fue la participación de Ángel Rodríguez, quien manejo muy bien los tiempos, tanto de él como de la cantante.