La historia de Marita Diez años de calvario

Marita Verón fue secuestrada por una red de proxenetas en la ciudad argentina de Tucumán en abril de 2002. Su madre, Susana Trimarco, lleva más de 10 años tratando de localizarla. En su búsqueda consiguió colocar el drama de la explotación sexual en la agenda de los medios de comunicación, ayudó a liberar a decenas de jóvenes confinadas en prostíbulos e impulsó la aprobación de una nueva ley en Argentina en contra de la trata de personas. El proceso judicial en torno a Marita revela un entramado de complicidades en el que participan policías, funcionarios judiciales y políticos. El fallo contra los 13 imputados se conocerá este mes.

BUENOS AIRES.- “A mi hija la quiero buscar yo”. Así le respondió Susana Trimarco al comisario Julio Díaz, subsecretario de Seguridad de la provincia de Tucumán, cuando éste le propuso incluir en la búsqueda de la joven a la empresa de taxis Cinco Estrellas, la más importante de esa ciudad.

“Tienen convenios con nosotros. Poseen 3 mil 500 autos y más armas que nosotros”, sostuvo el funcionario, según la mujer.

María de los Ángeles Verón, de 23 años, había desaparecido dos días antes, el 3 de abril de 2002. Marita –como todos la llamaban– salió esa mañana para una consulta con el médico y no se supo más de ella.

Vivía con David Catalán y la hija de ambos, Micaela, de tres años. Tenía una relación muy estrecha con sus padres y algunas amigas. Nadie había tenido noticias de ella. Tampoco se reportó su ingreso en ninguno de los hospitales de la ciudad.

“Durante la mañana sentí algo feo, un presentimiento, una desesperación, una cosa en mi corazón”, contó Susana Trimarco en el juicio que se sigue en Tucumán contra 13 personas acusadas del secuestro de la joven, así como de instigarla a la prostitución.

Trimarco y su marido, Daniel Verón, estaban seguros de que a su hija le había pasado algo. Verón era asistente del legislador José Gallo Gutiérrez. Por mediación de éste consiguió la entrevista con Julio Díaz, responsable de Seguridad de la provincia, 48 horas después de la desaparición de Marita.

“Como estúpida iba a la Casa de Gobierno. Digo estúpida porque la mafia estaba ahí. Ellos me mandaron a hablar con los Ale”, expresó Susana Trimarco en el juicio más importante contra una red de trata de personas que se haya realizado en Argentina.

Al principio la mujer se opuso a que los taxis Cinco Estrellas participaran de la búsqueda de su hija. En Tucumán se vinculaba a esa empresa con la mala fama de uno de sus dueños: Rubén La Chancha Ale. Así se lo hizo saber Trimarco al subsecretario de Seguridad en 2002.

“El gobierno les paga, ellos van a buscar a Marita”, respondió el funcionario.

Rubén La Chancha Ale es un oscuro personaje de la ciudad. Es conocido por haber sido presidente y jefe de la barra brava del Club San Martín de Tucumán. Tiene antecedentes penales vinculados al juego ilegal, las mesas de dinero y los prostíbulos. En abril de 2002 era uno de los dueños de Cinco Estrellas. La otra propietaria, María Jesús Rivero, era su pareja en ese entonces. La mujer es una de los 13 imputados en este juicio de carácter emblemático. Se le acusa de ser la autora intelectual del secuestro de Marita. La fiscalía pidió para ella una pena de 25 años de prisión.

Trimarco accedió finalmente a acompañar a su marido hasta la central de Cinco Estrellas. Allí La Chancha Ale y María Jesús Rivero se pusieron a las órdenes de los padres de Marita. Se comprometieron a pegar un cartel con su cara en todas las unidades. A la reunión también asistió el comisario mayor Víctor Hugo Lisandro, pese a ser el jefe de una Brigada de Investigaciones ajena a la jurisdicción en que desapareció la joven. Meses más tarde este funcionario policial ordenó una búsqueda ostentosa e inútil que se prolongó durante tres días, con 150 efectivos, en medio de unos cañaverales. Trimarco lo considera hoy como una pieza más del engranaje de encubrimiento, pistas falsas, difamación, hostigamiento y amenazas que la familia recibió desde el primer día en que desapareció Marita.

José D’Antona, uno de los abogados que representa a Trimarco, ha reclamado un segundo juicio en el que se investigue a personas que habrían intentado desviar la pesquisa o dar falsos testimonios. Entre éstas destacan Julio Miranda, gobernador de la provincia de Tucumán entre 1999 y 2003; su subsecretario de Seguridad, Julio Díaz; el exsecretario judicial, Ernesto Baaclini; quien encabezaba la Brigada de Investigaciones de la policía local; Víctor Hugo Lisandro, y el entonces dueño de Cinco Estrellas, Rubén La Chancha Ale.

 

Cinco Estrellas

 

El negocio de la trata de personas en Argentina tiene actores primarios y secundarios. Los “reclutadores” son hombres o mujeres cuya función es captar a las mujeres para los prostíbulos a través del engaño (trata blanda) o el secuestro (trata dura). “En Argentina la mayoría de las chicas son captadas a través de engaños, de falsas promesas laborales: se les promete trabajo de mucama, de niñera o en restaurantes como meseras”, explica a Proceso Andrea Romero Rendón, directora de proyectos de la Fundación María de los Ángeles, creada por Susana Trimarco para luchar contra la trata y brindar asistencia integral a las víctimas.

Los “reclutadores” trabajan con “marcadores”, que “suelen ser taxistas, peluqueras o vendedores ambulantes”, señala un reportaje que publicó el diario La Nación el 6 de enero de 2008. “El circuito se completa con los proxenetas –‘maridos’ o ‘madames’–, que obtienen sus ganancias mediante la explotación sexual de una o más mujeres, y los regentes de los prostíbulos, que son los dueños o administradores de los locales, aunque estos últimos también pueden ser proxenetas. Los tratantes secundarios, no menos importantes, son los que aportan la protección necesaria para que todo el engranaje funcione.

Trimarco cree saber quién fue la persona que entregó a su hija. A comienzos de 2002, Marita había decidido ponerse un dispositivo intrauterino. Una enfermera que vivía en su barrio, Patricia Soria, le recomendó acudir a la clínica Maternidad de Tucumán. Soria trabajaba allí y podía agilizarle el trámite. El precio era más accesible que en cualquier otro lado. La enfermera se mostró muy interesada en saber el día exacto en que Marita iría a la clínica. Le recordaba no olvidar el documento de identidad, sosteniendo –de manera errónea o intencional– que en la clínica debía ser sellado. Horas después de que Marita desapareció, la enfermera se mostró nerviosa y hosca frente al padre de la joven. “¿Cuánto te pagaron por entregar a Marita?”, le preguntó Trimarco a Soria en un careo que se realizó durante el juicio.

En la comisaria, la policía local puso innumerables trabas antes de dejar asentada la denuncia. Faltaba papel para redactarla –dijeron– y combustible para que una camioneta se pusiera en movimiento. La única investigación efectiva fue realizada por Trimarco. Tan es así que prácticamente todo el material probatorio del juicio que se sigue en Tucumán ha sido aportado por la parte querellante y no por la fiscalía.

Al tercer o cuarto día de la desaparición de la joven, sus padres recibieron una llamada anónima. Un hombre dijo haber pasado en bicicleta en el momento en que Marita era subida a golpes por dos hombres en un taxi de Cinco Estrellas. A Trimarco le llegaron rumores de una vecina que había visto lo ocurrido. Ésta ratificó frente a la madre de Marita lo dicho por el testigo anónimo. No obstante, se negó rotundamente a declarar. Tenía miedo: “Todos sabemos quiénes son esos de Cinco Estrellas”, citó Trimarco sus palabras durante el juicio.

Ante esos testimonios coincidentes, la madre denunció a la compañía de taxis ante los medios. Días más tarde, su marido fue citado a la central de Cinco Estrellas. Le dijeron que debía callar a su mujer. A la casa comenzaron a llegar pistas falsas y amenazas por teléfono. Cobró peso una campaña de calumnias contra la víctima y sus familiares directos. Sin embargo, Trimarco siguió adelante.

“Una mujer que trabaja en la noche nos dice que sabía lo que le pasó a Marita. Nos dio datos de dónde la tuvieron cautiva, y que la secuestraron para la explotación sexual en La Rioja”, declaró Trimarco durante el juicio. La mujer les dijo que Marita había sido vendida por 2 mil 500 pesos. “Me resistía a creerlo”, afirmó Trimarco.

Los padres de Marita dieron esa información a las autoridades. Pero tan pronto como surgió esa pista en la provincia vecina de La Rioja, hubo nuevos indicios que condujeron la investigación a la provincia de Salta. El fiscal Ernesto Baaclini quería que Trimarco acusara a David, pareja de Marita, de haberla asesinado, denunció la madre. Ella se negó.

 

Reconstrucción

 

“Las llevan a un hotel o casa, un centro de ‘entrenamiento’. Ahí las someten a las primeras violaciones para prostituirlas. Las que menos resistencia oponen, por miedo, por las amenazas, son trasladadas hacia las grandes ciudades. Las que más se resisten, la mayoría, van a los burdeles que están a los costados de las rutas. Se aprovechan de la falta de contención de las chicas, a las que convencen con promesas de tapas de revistas o castings.”

Así describió Zaida Gatti, asesora del programa Las Víctimas Contra Las Violencias, del Ministerio de Interior de la Nación, el primer tramo de sometimiento que ejercen los proxenetas con las ‘mujeres niñas’, según el citado reportaje de La Nación.

“Las tienen marcadas, no eligen a cualquiera. Les pegan tanto…”, dijo Trimarco en esa publicación. “Les ponen el revólver en la cola, en la boca; las queman con cigarrillos, las violan, y de esa forma las van sometiendo”.

Marita habría sido secuestrada cerca de la clínica Maternidad de Tucumán. A Víctor Ángel Rivero, hermano de la imputada María Jesús Rivero, se le acusa de haberle pegado con la culata de una pistola 9 mm en la cabeza para introducirla en el vehículo de Cinco Estrellas. La fiscalía pide 25 años de prisión para este sujeto.

Marita habría sido llevada a una casa de la ciudad de Tucumán, donde vivían dos de los acusados: Daniela Milhein y su pareja Andrés Alejandro González. Marita estuvo cautiva allí dos días. Así lo declaró Fátima Mansilla, quien compartió con ella la misma habitación. “La chica estaba realmente mal. Tenía muchas ojeras, como moradas. Se veía que estaba perdida, con los ojos desorbitados”, contó Mansilla en el juicio. “Esta chica balbuceaba, como si no hubiera tenido la fuerza suficiente para hablar, y en un momento ha llegado a babear”.

Al tercer día de su desaparición, Marita fue vista a unos 30 kilómetros de Tucumán. Iba tambaleante, como drogada, con tacones altos. “Los policías que levantaron a Marita en la localidad de La Ramada dicen que la subieron a un ómnibus que volvía a Tucumán, pero su relato hace agua”, sostuvo el diario Clarín en una nota fechada el 19 de mayo de 2005. “Todo indica que la chica había llegado hasta ahí escapando de una fiesta sexual, su primer destino de explotación”. Y que la devolvieron a sus captores, tal como les ha ocurrido a otras chicas, a las que Trimarco ayudó a liberar de la esclavitud en los prostíbulos.

Otra de las jóvenes que testificó en el juicio, Andrea R., asegura que fueron los Ale quienes organizaron el traslado de Marita a los burdeles de La Rioja, según informó el pasado 17 de febrero el diario Página 12. En los dos años siguientes, numerosos testimonios confirman la presencia de Marita en los burdeles de Lidia Irma Medina. Al menos cinco mujeres, secuestradas y obligadas a prostituirse, le refirieron a Trimarco las charlas que tuvieron con su hija.

Lidia Irma Medina, de 47 años, es la principal proxeneta de La Rioja. Es madre de los hermanos José Fernando Gómez, alias Chenga, de 30 años, y Gonzalo José Gómez, de 23 años. “Ellos eran los dueños, son los que regenteaban y golpeaban a las mujeres”, denunció el abogado José D’Antona.

El negocio mundial de la trata de personas se ubica en el tercer lugar detrás de la venta de armas y el comercio de drogas. “Cuando la víctima es una menor, una niña, según la Organización Internacional del Trabajo, puede generar, ella sola, una ganancia de 130 mil dólares al año”, dice el informe citado por el reportaje de La Nación.

Andrea Romero Rendón, de la Fundación María de los Ángeles, es renuente a estimar la cantidad de dinero que mueve ese negocio. “Si a una chica se le sacan 50 pesos (10 dólares) por pase, y hace 10 pases en el día, que no son muchos, y que la exploten solamente 20 días en el mes, que siempre es más, ya estamos hablando de que una sola chica le está dando rédito al explotador de 10 mil pesos (2 mil dólares) por mes”, explica. Pase significa que la mujer atiende al cliente y el “marido” le cobra.

Chenga Gómez habría sido el “comprador” de Marita Verón, y su “marido”, como se llama en este ambiente a la persona que se queda con lo que recauda la joven obligada a ejercer la prostitución. Está acusado de haberla violado y obligado a dar a luz en cautiverio. A su hermano, Gonzalo José Gómez, se le acusa de regentear los prostíbulos en La Rioja y haber tenido “a cargo” a Marita. La fiscalía pide 25 años de prisión tanto para Lidia Medina como para sus dos hijos.

 

Calvario

 

De los diferentes testimonios de las chicas liberadas puede inferirse una imagen aproximada del calvario que se vive en esos prostíbulos. Las chicas hacían pases: es decir, ellas atendían a los clientes, pero cobraba Chenga Gómez. La comida era basura. Les daban cocaína para que trabajaran más. Por sus cuerpos pasaban hasta 40 hombres cada día.

Los dueños les exigían trabajar hasta que “devolvieran” lo que habían pagado por ellas. Luego les ponían multas por cualquier motivo, con lo cual la “deuda” nunca se saldaba. Les exigían una cuota diaria. De lo contrario había golpes. Las hacían adictas y las obligaban a venderle drogas al cliente.

“Cada vez que escuchaba el testimonio de esas chicas y me imaginaba que mi hija estaba en esa situación, tomaba más impulso y me decidía a no callarme”, dice Trimarco. “Todos tienen que saber lo que hacen estas lacras humanas en esta situación”.

A Marita le tiñeron el pelo de rubio y le pusieron lentes de contacto azules. “Una puñalada en la espalda, siete puntos detrás de la oreja, el pelo teñido, los ojos de color artificial; un niño en brazos y un saber tallado con violencia para poder sobrevivir. Así describen a Marita las jóvenes que la vieron en los prostíbulos de La Rioja”, publicó Página 12 en su edición del pasado 17 de febrero.

Se le veía triste. Soportaba el calvario con estoicismo y rezos. Su nombre artístico era Lore o Loli, según cuenta Andrea R., una joven rescatada por Trimarco. Marita no tenía permitido hablar con las otras chicas. En las pocas oportunidades que esto ocurrió, los testimonios son coincidentes: solía decir “Yo no soy del ambiente”. Marita le dijo a otra de las chicas (Blanca V.) que “Chenga la había violado para obligarla a cumplir con los pases y que él la había embarazado y por eso tenía un hijo con él. Era una ‘Doña’”. El proxeneta llama así a la cautiva que elige como su “mujer”. “Pese a tenerla cautiva, le ordena que viva con él como su pareja, durmiendo juntos, accediendo a algunos lugares que el resto de las mujeres tienen vedados. Pese a estos supuestos ‘privilegios’, también son explotadas en los salones de prostitución”, explica el diario La Voz en su edición del pasado 21 de febrero.

Del hijo de Marita, nacido en cautiverio, no se tienen noticias.

Lorena T., quien compartió el calvario con Marita, recordó que “en vísperas de un allanamiento policial del que los encargados del local recibieron previo aviso, unos hombres se llevaron a Marita en un Fiat Duna blanco y no la vio más”, publicó Clarín el pasado 11 de octubre.

En los prostíbulos de Lidia Irma Medina los avisos previos provenían de un agente de la policía riojana. Esta protección desalentaba cualquier intento de fuga de las jóvenes. En este ambiente la fuga se paga con la vida. “Lo que hay que entender es que la muerte es el final del camino para la gran mayoría de esas niñas, no hay cuerpito que aguante”, según dice Claudia Lascano, de la coalición Alto a la Trata, en el artículo de La Nación ya citado.

Durante estos años de búsqueda de su hija, Trimarco ha participado de numerosos allanamientos y ayudado a liberar, hasta el momento, a 129 chicas. “Yo lo viví, lo palpé, me vestí (de prostituta) y estuve a punto de que me violara un tipo del burdel donde buscaba datos”, sostuvo durante el juicio.

Afirma que los “capos” de este negocio en el país no son más de siete u ocho, y que tienen vínculos con redes de otros países, principalmente México, España, Italia, Colombia, Cuba, Chile y Bolivia.

En 2008, gracias al debate que suscitó el caso de Marita, fue aprobada la Ley 26.364 que convirtió la trata de personas en delito federal. La fiscalía de la provincia de Tucumán pide penas de entre 12.5 y 25 años de prisión para los siete hombres y las seis mujeres acusados de secuestro y lenocinio.

José D’Antona, uno de los abogados querellantes, ve más allá del fallo. Critica el machismo dentro de la sociedad argentina. “El cliente es partícipe de la explotación”, resume Andrea Romero Rendón.

Los abogados defensores han pedido la absolución de los 13 imputados. Su estrategia consiste en sostener que Lidia Irma Medina y sus hijos alquilaban los locales a terceros. Que no se trataba de prostíbulos, sino de “whiskerías”. Que algunas chicas se prostituían por su propia voluntad y que entraban y salían cuando querían. Que sus defendidos nunca vieron a Marita. Al mismo tiempo han intentado socavar el buen nombre de la joven. “Se fue por su propia voluntad a hacerse un aborto”, dijo el abogado Carlos Posse durante el juicio. Medios de prensa vinculados a servicios de inteligencia sostuvieron que Marita ejercía la prostitución desde antes de su desaparición.

La guerra psicológica contra los familiares de la víctima comenzó temprano. “Puta, mentirosa, tu hija está en los prostíbulos”, solían gritarle a Trimarco dos de las acusadas que hoy se sientan en el banquillo –María Jesús Rivero y Daniela Milhein– cada vez que la madre de Marita acudía a los tribunales con testigos o nuevos datos. “Puta, estamos disfrutando con tu hija, con la plata que nos da vamos a pagar la justicia”, le decían a través de correos electrónicos y mensajes de texto, según cuenta Trimarco. Amenazaban con secuestrar a su nieta. O con contarle la cabeza y tirarla al río.

“Cuando Carlos Posse (uno de los abogados defensores) dijo que mi hija se fue de casa porque mi marido la violó, a él le dio un accidente cardiovascular”, dice Trimarco. El marido de ésta, Daniel Verón, murió en 2010. “Yo no quiero morirme como murió Daniel, llorando”, dice la madre de Marita.

“Desgraciadamente me convertí en especialista de este delito porque lo palpé, lo viví”, dijo Trimarco el 16 de febrero a La Gaceta de Tucumán. “Y busco a mi hija –sostuvo–. Jamás la voy a dejar de buscar, caiga quien caiga. Mi misión es mi hija. No quiero cerrar los ojos hasta antes saber de ella.”