Generaciones disímbolas, la misma lucha

El dramaturgo Juan Francisco Kuykendall Leal llegó el primer día de diciembre a las afueras del cerco de San Lázaro. Quería hacer sentir su repudio ante la toma de posesión de Enrique Peña Nieto. Pero el artista itinerante no logró manifestarse: un artefacto estalló sobre su cabeza, y el dolor fue indescriptible.

La sangre derramada en su frente y la exposición de masa cerebral fueron los primeros cuadros que se difundieron en las redes sociales. De hecho, el Movimiento #YoSoy132 señaló en su sitio en internet que el también director de teatro había muerto, aunque poco después los estudiantes desmintieron la versión.

Antes del mediodía del 1de diciembre, Kuykendall Leal salió de su casa para unirse a las protestas en contra del nuevo presidente priista. Se trataba de una manifestación más en sus 67 años de vida, la mayoría de ellos dedicados a las tareas de luchador social y de impulsor de la cultura en las zonas con mayor marginación de la Ciudad de México.

María Fernanda Kuykendall, hija de Juan Francisco, relata a Proceso que su padre “ha sido una persona que ha tenido una preocupación de que el teatro se difunda a nivel social, que llegue a las comunidades más marginadas. Para él, el teatro es una manera de dejar una semilla a los niños y a las personas. Esa ha sido su pasión”.

Entrevistada en el patio principal de la Cruz Roja en Polanco, donde hasta el cierre de esta edición Juan Francisco se halla en terapia intensiva y en coma inducido desde el sábado 1, cuando fue intervenido mediante una neurocirugía, Fernanda habla sobre su padre:

“Es un ser muy humanista; nos ha dado valores de amor, respeto y tolerancia hacia los demás, incluso de ser personas abiertas para conocer diferentes culturas y nacionalidades. Es una persona amorosa, y espiritualmente es una persona que predica amor.”

Como director de teatro, Juan Francisco Kuykendall ha llevado numerosas historias a diferentes delegaciones del Distrito Federal y a zonas conurbadas del Estado de México, como Nezahualcóyotl, Ecatepec y Chalco, entre otros municipios y entidades.

En esos lugares, donde las calles son polvo, las construcciones son grises y la pobreza es el pan de cada día, la compañía de teatro independiente Mitote –fundada por Juan Francisco a principios de los años setenta– se ha encargado de ofrecer una ventana a otras realidades, lejos de la miseria, en el arte popular plasmado en obras teatrales como Sonata del alba, Las aventuras de Perurima, El último Dodo y Esperando al Zurdo.

Antes de recibir el impacto en su cabeza, Juan Francisco caminaba por las calles cercanas a la Cámara de Diputados acompañado por su amigo Teodulfo Torres, quien además de oír los enfrentamientos, escuchaba los planes del dramaturgo para las próximas semanas.

Juan Francisco Kuykendall, quien es originario de Nuevo Laredo, Tamaulipas, tenía pensado realizar un par de pastorelas en este mes, y a principios del próximo año, una parodia sobre Peña Nieto.

Con tristeza, su hija reflexiona: “Una manera de expresar lo que sientes es yendo a una manifestación, como tantas que hay en el mundo, donde uno puede manifestar aquello con lo que no estás de acuerdo. La intención era esa, pero ni siquiera llegó a la manifestación. Lamentablemente pasó este hecho”.

Fernanda Kuykendall respira profundo, hace un silencio, mira al cielo y continúa:

“Yo creo que él ha apoyado a mucha gente en situaciones difíciles… Es un hombre de 67 años. Ya trae una historia de vida y ha pasado por muchas etapas. Ha sido una persona muy activa. Los resultados son toda esa gente que lo aprecia, que al pasar de los años nos volvemos a reencontrar.”

En 1968 Juan Francisco egresó del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) como licenciado en artes dramáticas, fue militante del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), formó parte de la Declaración de la Selva Lacandona en 2005 y estuvo presente en las demás declaraciones del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

El artista fue profesor de cine en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, y en 2006 también apoyó al Frente de Pueblos por la Defensa de la Tierra en Atenco, ante la represión que dispuso justamente el entonces gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto.

 

La culpa, del presidente

 

La actriz Eva Leticia Palma, esposa de Juan Francisco, vive desde el 1 de diciembre dentro de su camioneta color vino (un modelo antiguo), la cual se halla estacionada frente al nosocomio.

Sólo la acompaña a ratos un amigo del dramaturgo. Eva Leticia culpa al nuevo presidente de la situación en la que se encuentra su esposo.

La calle Juan Luis Vives se ve sola. No hay más gente. La hija del activista, María Fernanda, está a punto de llegar, dice el amigo del artista.

Se le pregunta a Eva Leticia si las autoridades del gobierno federal o de la Ciudad de México la han apoyado. Dice que no.

–¿Y la comunidad cultural o teatral?

–Tampoco…

El vehículo tiene una alfombra del mismo color vino. Ahí, ella se encuentra sentada en un banco. Enfrente tiene una veladora prendida. A su lado hay una bolsa de plástico con mandarinas. El único sillón grande de atrás es ocupado con ropa.

Cuenta que su esposo se encuentra estable. Pero ella, de tantas entrevistas que ha dado, de repente sufre una tos muy fuerte que la hace salir a la banqueta para recuperarse. Con dificultad dice:

“Casi me ahogo.”

En ese instante llega Juan de Dios Hernández Mongue, abogado de presos de Atenco. Le ofrece sus servicios:

“Señora, vengo a ofrecerle mi apoyo incondicionalmente, a título personal. Esto no debe quedar impune.”

Le pregunta cómo se encuentra Kuykendall, y ella le responde con palabras entrecortadas por la tos:

“Está estable. Le ha bajado la inflamación. Dice el doctor que los dos coágulos que le encontraron, el mismo cuerpo los irá desechando. Me conformo con que nos reconozca, no importa si le cambio el pañal. Estamos con esperanzas hasta el último momento.

“Le hemos cantado y hablado…”

De nuevo interviene Hernández Mongue:

“Eso le va a ayudar mucho. Pero esperaba ver aquí mucho movimiento, más gente, del Movimiento #YoSoy132, no sé… Estoy a sus órdenes… El gobierno ha minimizado el caso de su esposo…”

La actriz, a quien se ve cansada y baja de peso, dice que no han querido interponer una denuncia legal hasta ver qué ocurre con su esposo. Pero pide su correo y teléfono al abogado.

Llega al lugar una amiga del matrimonio. Una bailarina de flamenco, Zinnia. Señala que el profesor siempre ha sido independiente y ha sabido vivir de su teatro:

“Se presenta en las delegaciones, en la Feria del Hongo… de ahí saca su dinerito. Vive con poco. ¿Cómo pudo ser esto? Los dos, su esposa y el dramaturgo, andaban juntos para arriba y para abajo. Pensé encontrar a Eva devastada, pero está entera. ¡Admirable! Ojalá y esto no quede sin castigo.”

Hace dos semanas, Kuykendall presentó en el Monumento a la Revolución la obra Es hora de hacernos agua, sobre la resistencia indígena zapatista en Chiapas.

“Juan Francisco ha dedicado su carrera a la producción de teatro popular de calle como una expresión de denuncia social. Se ha presentado en puntos estratégicos de la capital mexicana, y también durante el plantón en contra de la supervía realizada por Marcelo Ebrard”, finaliza su esposa.

 

“Un ojo no es nada”

 

Juan Uriel Sandoval Díaz sale del Hospital General sin el ojo derecho, en una silla de ruedas, con unos lentes oscuros, la barba crecida y la voz quebrada y llena de coraje, reclamando justicia:

“Pido la liberación de los compañeros que injustamente fueron presos. Esta lucha no terminará hasta que la miseria termine. Un ojo no es nada. Muchos seres humanos no tienen qué comer todos los días. Los obreros tienen que ir a las fábricas agachando la cabeza para dar de comer a sus hijos. Los campesinos pierden sus tierras y nadie hace nada.”

Es la mañana del 6 de diciembre. El sol brilla intensamente y más de 100 estudiantes de diferentes universidades escuchan a Uriel Sandoval Díaz, estudiante de licenciatura en medio ambiente y cambio climático en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Uriel alza la voz y agrega ante las grabadoras y micrófonos de los medios de comunicación: “Pido justicia para todos los compañeros que han sido asesinados en el movimiento social. Pido justicia, libertad para los presos políticos, porque la libre manifestación de las ideas es un derecho que todos tenemos y que el Estado no nos puede arrebatar”.

La abogada del joven, Abigail Escalante Tirado, se abre paso entre pancartas que rezan: “El Estado que violenta… el Estado criminal. Apoyo total a Uriel”; “Estado criminal, deja a nuestro compañero Uriel en paz”; “… se ha roto el cerco, ahora somos una valla”; “Los estudiantes no son delincuentes, su único delito es ser consecuentes”.

Mientras avanza, Abigail informa que “Uriel fue constantemente acosado por elementos de la Policía Federal, que incluso se presentaron en la madrugada del 2 de diciembre con el objetivo de trasladarlo del hospital, pero ante la presión de las organizaciones, no pudieron llevar a cabo su propósito”.

Refiere que él participaba en la manifestación en la Cámara de Diputados y que cuando la Policía Federal comenzó a lanzar bombas de gas lacrimógeno y a disparar balas de goma corrió sin rumbo fijo para ponerse a salvo, pero de pronto sintió un fuerte golpe en el ojo que lo hizo caer al piso, bañado en sangre.

Uriel Sandoval anuncia al salir del nosocomio, enclavado en la colonia Doctores, que ya interpuso una denuncia ante la Procuraduría General de la República (PGR) en contra de quien o quienes resulten responsables de la agresión que sufrió durante los disturbios de 1 de diciembre, por los presuntos delitos de tentativa de homicidio y abuso de poder. (Con información de Columba Vértiz de la Fuente.)