Saldos de la FIL

Cada vez que termina una edición de la Feria Internacional del Libro (FIL), de inmediato viene la avalancha de informes y balances. Como de costumbre, el saldo más optimista corre por cuenta de los organizadores del encuentro, quienes convocan a rueda de prensa pero no para presentar un informe maquillado, con cuentas alegres, que la mayoría de los medios de comunicación publica sin reparo.

Hasta ahora ninguno de esos medios ha puesto en duda el “reporte” del exrector Raúl Padilla –el Fidel Velázquez de la FIL–, según el cual este año acudieron a las instalaciones de Expo Guadalajara más de 700 mil personas. Esto es algo más que una cifra inflada o una exageración de los organizadores de la feria. ¿Por qué exageración? Porque si, de acuerdo con el Inegi, los ocho municipios que conforman la zona metropolitana de Guadalajara –incluidos los más distantes como El Salto, Tlajomulco, Juanacatlán e Ixtlahuacán de los Membrillos– tienen en conjunto una población de 3.2 millones de personas, eso significaría que este año hizo acto de presencia en la FIL uno de cada cuatro tapatíos, tlaquepaquenses, zapopanos, tonaltecas, saltenses, etcétera; ¡incluidas las criaturas de brazos!

Por otra parte, debe tenerse en cuenta que un alto porcentaje de los asistentes a la FIL entran en varias ocasiones a las instalaciones de Expo Guadalajara, y no por este hecho su presencia se deberían contar todas las veces que entran al recinto ferial. Pero si a pesar de ello se insistiera en el “total de 701 mil 857 personas que ingresaron al encuentro librero durante nueve días” (Mural, 3 de diciembre), entonces habría que ver esta desmesurada multitud no sólo desde un punto de vista demográfico, sino también económico.

En términos comparativos, más de 700 mil personas equivalen a 18 veces el aforo total del estadio Jalisco. ¿Hubo cada día, durante los nueve que duró la FIL, el equivalente a dos llenos completos del estadio Jalisco? Por supuesto que no. Pero si se quisiera insistir en lo contrario, entonces habría que decir que si la inmensa mayoría de esos más de 700 mil asistentes a la FIL se retrató en las taquillas, comprando boletos a un promedio de 15 pesos por persona, entonces esa próspera empresa parauniversitaria habría tenido este año un ingreso superior a los 10 millones de pesos por concepto de venta de entradas, algo que, desde luego, no se reporta en el informe oficial del evento.

Cabe decir que dicho informe se limita, como de costumbre, a decir escuetamente que por la venta de espacios a las casas editoriales, por la renta de salones a quienes decidieron presentar sus novedades editoriales, por patrocinios oficiales y privados, entre otros rubros, incluida la venta de boletos, los ingresos de la FIL 2012 fueron de 71 millones de pesos, contra 68 millones de pesos de egresos, lo que, al decir de ese mismo informe habría reportado a los organizadores un saldo favorable de 3 millones de pesos.

Estos y otros números de la FIL sólo podrían ser aceptados como válidos si periódicamente fueran sometidos a una auditoría seria y no a las cómodas autoauditorías a modo que suelen aplicarse no sólo a esa empresa parauniversitaria, sino a la misma Universidad de Guadalajara, la institución organizadora de la feria.

Pero dejando de lado las siempre previsibles y dudosas cuentas alegres de los organizadores de la FIL, ¿cuáles son los saldos positivos de la zafra recién concluida? ¿Qué cosas podrían ser consideradas como los momentos estelares o como los hechos memorables de la FIL 2012? ¿Acaso la dizque ópera basada en la novela Noticias del Imperio, de Fernando del Paso, un espectáculo más bien de bostezo? ¿Las no menos somnolientas mesas de elogios al fallecido Carlos Fuentes, donde ninguno de los sesudos participantes fue capaz de tocar ni al personaje ni a su obra siquiera con el pétalo de una duda? ¿La calculada ausencia del famoso plagiario Alfredo Bryce Echenique, ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de este año, y a quien anticipadamente se le entregó a domicilio una bolsa de 150 mil dólares, con el fin de que no viniera a perturbar la “fiesta de los libros” ni a ser homenajeado por quienes habían discurrido premiarlo.

¿O habría que considerar como memorable el alcohólico pancho que corrió por cuenta del fotógrafo Rogelio Cuéllar, quien en esta ocasión fue elegido (sigue siendo un misterio quiénes son tales electores) para recibir el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, cuyo premio fue suspendido este año por la supuesta escasez y baja calidad de los trabajos periodísticos enviados a dicho certamen?

¿O es que en los anales de la FIL habría que destacar el choque violento, a las fueras de Expo Guadalajara, entre agentes de la policía de Guadalajara y un grupo de manifestantes que, en la víspera de la clausura de la feria, protestaba contra la llegada de Enrique Peña Nieto a la Presidencia de la República, quien, por cierto, el año pasado fue precisamente la mayor de las luminarias equívocas de la FIL, al demostrar que el libro que mejor conoce es el del menudo?

Ahora que, para saldos (libros que no salen, aunque se los ponga en rebaja), los trajeron muchas de las editoriales instaladas en las parcelas de Expo Guadalajara. Y de esta quema no se salvan ni siquiera editoriales serias, como el Fondo de Cultura Económica, la UNAM o el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA), que subestimaron al público tapatío no sólo dándole preferencia en sus anaqueles a los lugares comunes y a la “mulada” editorial, omitiendo traer publicaciones de su sello de interés para los jaliscienses. Por ejemplo, el CNCA no trajo a “la feria más importante de habla hispánica” la edición conmemorativa por el centenario del nacimiento del compositor tapatío José Pablo Moncayo, edición patrocinada y hecha por esa misma institución. Y ni a esta ni a la UNAM ni a la editorial Océano se les ocurrió traer el catálogo de la muestra artística de otro tapatío: Dr. Atl, obras maestras, con motivo de la exposición que, con el mismo título, se exhibió hasta hace algunos meses en el Museo Colección Blaisten, de la Ciudad de México, y posteriormente en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey.

Pareciera que, según el criterio de las mencionadas casas editoriales y de los organizadores de “la segunda feria del libro más importante del planeta”, ni  Moncayo ni el Dr. Atl ni otros jaliscienses de excepción son o pueden ser profetas en su tierra.

Por último, no debiera soslayarse tampoco el caso de ciertos escritores con un crecido talento para la adulación y que, ya sea por convicción o por conveniencia personal, no sólo le queman incienso a los funcionarios de la FIL, sino que participan regularmente como ponentes o presentadores en el programa de la feria, fungen como jurados (y cobran por ello) en algunos de los premios asociados con la misma, y todavía se dan tiempo y tienen la suficiente caradura para aparecer en la prensa y otros espacios de opinión como articulistas “enterados” e “imparciales”, aunque en realidad asumen el oficio de oficioso y el muy poco envidiable papel de guaruras intelectuales.

Estos son algunos de los saldos de la zafra de la FIL.  l

Saldos de la FIL

 

Juan José Doñán

 

Cada vez que termina una edición de la Feria Internacional del Libro (FIL), de inmediato viene la avalancha de informes y balances. Como de costumbre, el saldo más optimista corre por cuenta de los organizadores del encuentro, quienes convocan a rueda de prensa pero no para presentar un informe maquillado, con cuentas alegres, que la mayoría de los medios de comunicación publica sin reparo.

Hasta ahora ninguno de esos medios ha puesto en duda el “reporte” del exrector Raúl Padilla –el Fidel Velázquez de la FIL–, según el cual este año acudieron a las instalaciones de Expo Guadalajara más de 700 mil personas. Esto es algo más que una cifra inflada o una exageración de los organizadores de la feria. ¿Por qué exageración? Porque si, de acuerdo con el Inegi, los ocho municipios que conforman la zona metropolitana de Guadalajara –incluidos los más distantes como El Salto, Tlajomulco, Juanacatlán e Ixtlahuacán de los Membrillos– tienen en conjunto una población de 3.2 millones de personas, eso significaría que este año hizo acto de presencia en la FIL uno de cada cuatro tapatíos, tlaquepaquenses, zapopanos, tonaltecas, saltenses, etcétera; ¡incluidas las criaturas de brazos!

Por otra parte, debe tenerse en cuenta que un alto porcentaje de los asistentes a la FIL entran en varias ocasiones a las instalaciones de Expo Guadalajara, y no por este hecho su presencia se deberían contar todas las veces que entran al recinto ferial. Pero si a pesar de ello se insistiera en el “total de 701 mil 857 personas que ingresaron al encuentro librero durante nueve días” (Mural, 3 de diciembre), entonces habría que ver esta desmesurada multitud no sólo desde un punto de vista demográfico, sino también económico.

En términos comparativos, más de 700 mil personas equivalen a 18 veces el aforo total del estadio Jalisco. ¿Hubo cada día, durante los nueve que duró la FIL, el equivalente a dos llenos completos del estadio Jalisco? Por supuesto que no. Pero si se quisiera insistir en lo contrario, entonces habría que decir que si la inmensa mayoría de esos más de 700 mil asistentes a la FIL se retrató en las taquillas, comprando boletos a un promedio de 15 pesos por persona, entonces esa próspera empresa parauniversitaria habría tenido este año un ingreso superior a los 10 millones de pesos por concepto de venta de entradas, algo que, desde luego, no se reporta en el informe oficial del evento.

Cabe decir que dicho informe se limita, como de costumbre, a decir escuetamente que por la venta de espacios a las casas editoriales, por la renta de salones a quienes decidieron presentar sus novedades editoriales, por patrocinios oficiales y privados, entre otros rubros, incluida la venta de boletos, los ingresos de la FIL 2012 fueron de 71 millones de pesos, contra 68 millones de pesos de egresos, lo que, al decir de ese mismo informe habría reportado a los organizadores un saldo favorable de 3 millones de pesos.

Estos y otros números de la FIL sólo podrían ser aceptados como válidos si periódicamente fueran sometidos a una auditoría seria y no a las cómodas autoauditorías a modo que suelen aplicarse no sólo a esa empresa parauniversitaria, sino a la misma Universidad de Guadalajara, la institución organizadora de la feria.

Pero dejando de lado las siempre previsibles y dudosas cuentas alegres de los organizadores de la FIL, ¿cuáles son los saldos positivos de la zafra recién concluida? ¿Qué cosas podrían ser consideradas como los momentos estelares o como los hechos memorables de la FIL 2012? ¿Acaso la dizque ópera basada en la novela Noticias del Imperio, de Fernando del Paso, un espectáculo más bien de bostezo? ¿Las no menos somnolientas mesas de elogios al fallecido Carlos Fuentes, donde ninguno de los sesudos participantes fue capaz de tocar ni al personaje ni a su obra siquiera con el pétalo de una duda? ¿La calculada ausencia del famoso plagiario Alfredo Bryce Echenique, ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de este año, y a quien anticipadamente se le entregó a domicilio una bolsa de 150 mil dólares, con el fin de que no viniera a perturbar la “fiesta de los libros” ni a ser homenajeado por quienes habían discurrido premiarlo.

¿O habría que considerar como memorable el alcohólico pancho que corrió por cuenta del fotógrafo Rogelio Cuéllar, quien en esta ocasión fue elegido (sigue siendo un misterio quiénes son tales electores) para recibir el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, cuyo premio fue suspendido este año por la supuesta escasez y baja calidad de los trabajos periodísticos enviados a dicho certamen?

¿O es que en los anales de la FIL habría que destacar el choque violento, a las fueras de Expo Guadalajara, entre agentes de la policía de Guadalajara y un grupo de manifestantes que, en la víspera de la clausura de la feria, protestaba contra la llegada de Enrique Peña Nieto a la Presidencia de la República, quien, por cierto, el año pasado fue precisamente la mayor de las luminarias equívocas de la FIL, al demostrar que el libro que mejor conoce es el del menudo?

Ahora que, para saldos (libros que no salen, aunque se los ponga en rebaja), los trajeron muchas de las editoriales instaladas en las parcelas de Expo Guadalajara. Y de esta quema no se salvan ni siquiera editoriales serias, como el Fondo de Cultura Económica, la UNAM o el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA), que subestimaron al público tapatío no sólo dándole preferencia en sus anaqueles a los lugares comunes y a la “mulada” editorial, omitiendo traer publicaciones de su sello de interés para los jaliscienses. Por ejemplo, el CNCA no trajo a “la feria más importante de habla hispánica” la edición conmemorativa por el centenario del nacimiento del compositor tapatío José Pablo Moncayo, edición patrocinada y hecha por esa misma institución. Y ni a esta ni a la UNAM ni a la editorial Océano se les ocurrió traer el catálogo de la muestra artística de otro tapatío: Dr. Atl, obras maestras, con motivo de la exposición que, con el mismo título, se exhibió hasta hace algunos meses en el Museo Colección Blaisten, de la Ciudad de México, y posteriormente en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey.

Pareciera que, según el criterio de las mencionadas casas editoriales y de los organizadores de “la segunda feria del libro más importante del planeta”, ni  Moncayo ni el Dr. Atl ni otros jaliscienses de excepción son o pueden ser profetas en su tierra.

Por último, no debiera soslayarse tampoco el caso de ciertos escritores con un crecido talento para la adulación y que, ya sea por convicción o por conveniencia personal, no sólo le queman incienso a los funcionarios de la FIL, sino que participan regularmente como ponentes o presentadores en el programa de la feria, fungen como jurados (y cobran por ello) en algunos de los premios asociados con la misma, y todavía se dan tiempo y tienen la suficiente caradura para aparecer en la prensa y otros espacios de opinión como articulistas “enterados” e “imparciales”, aunque en realidad asumen el oficio de oficioso y el muy poco envidiable papel de guaruras intelectuales.

Estos son algunos de los saldos de la zafra de la FIL.