Romance y culpa en la Muestra

“Siempre he vivido encolerizado, contra Japón y contra todo el universo; la cólera es mi fuerza motriz para hacer cine”, proclama Sono Sion en una entrevista sobre El romance y la culpa (Koi no tsumi; Japón, 2012), última parte de la trilogía del odio (Love Exposure y Pez mortal). Basta un breve vistazo al trabajo de este poeta urbano y terrorista del arte para captar que el conjunto de su obra es pura ojeriza contra las convenciones sociales; la única liga verdadera de estas tres cintas es que están inspiradas en hechos reales.

La cuestión es que cuando Sono Sion recurre a elementos de realidad, los retuerce a la manera del asesino serial que aparece en El romance y la culpa; descuartiza mujeres y compone esculturas combinadas con partes de maniquíes, diseña su propia escritura de luz y color, exigiendo que el espectador desentrañe las composiciones del autor. Arte manierista el de este iconoclasta que aspira a crear nuevos íconos y que por comodidad unos califican de barroco y otros de surrealista.

En El romance y la culpa tres mujeres componen principalmente una especie de Golem femenino que destroza los valores machistas de la sociedad japonesa y abre un espacio de liberación femenina. Una detective casada que mantiene una relación misteriosa con su amante; una ama de casa, Izumi (Megumi Kagurazaka), muñeca de trapo casada con un exitoso escritor de novelas eróticas con cero erotismo en la relación; otra, una maestra universitaria de día, Makoto Togashi, prostituta sadomasoquista de noche que se convierte en mentora de Izumi; la primera lección es que todo sexo sin placer debe ser pagado.

La pregunta básica en este trabajo de Sono Sion es si un misántropo confeso, como él, tiene derecho a defender la causa femenina con la excusa de que la mujer lo amedrenta tanto como lo fascina; el riesgo sería complacerse en torturar mujeres en la pantalla con el pretexto de dar lecciones de etiqueta a los hombres, como ocurre con el cine de Gaspar Noé (Irreversible). La respuesta es que este realizador japonés conquista su derecho. Primero, porque sus personajes femeninos ejercen el poder y aprenden a castigar a sus opresores, como ocurre con Izumi y su maestra; el arco femenino de poder en la obra de Sion abarca todas la edades. Segundo, porque por muy fetichizado que se halle el elemento femenino en sus composiciones plásticas, éste es siempre agente de transformación, las estructuras sociales se dislocan y nace la poesía.

El título se inspira de la novela de Sade, Crímenes de amor (Les crimes de l’amour), pero el término tsumi, que se tradujo como culpa, tiene resonancias profundas en la tradición sintoísta; además del tema del incesto, que abunda en la cinta, tsumi connota un daño a la sobrevivencia de la comunidad.

El romance y la culpa juega con el contraste entre el lado aséptico de la vida de una ama de casa, un marido que exige que sus pantuflas queden siempre en el mismo ángulo, contra el ambiente nocturno de neones y laberintos de los Love Hotels de barrios como Shibuya o Shinjuku. Todo esto existe, Sono Sion lo lleva al nivel de la abstracción, a la aspiración de Ryuchi Tamura, el poeta de la poesía imposible; en boca de la profesora: vivir en un mundo donde el significado no importa, un mundo sin palabras. Choque para el imperio de los signos.